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La vida es un circulo
Era finales de agosto y estaba sentada en un banco de piedra de una solitaria estación de tren de un pueblo por la región de Segovia. Observaba la luna esperando el último tren del día que habría de llevarme a Madrid. Se trataba de la misma estación en la que había estado exactamente un año atrás.
Un año en el que me había pasado de todo y que clausuraba tras un verano cargado de exposiciones y viajes. Estaba agotada pero satisfecha del resultado. Había pasado por ocho ciudades en menos de tres meses y ahora necesitaba pararme a reflexionar sobre lo que me acababa de ocurrir.
Me acordaba como si fuera ayer de la última vez que me senté en ese banco y me impresionaba lo diferente que era todo en mi vida. No era la misma Tara que volvió a España para echar raíces y mucho menos la Tara que huyó a una isla en las Canarias para refugiarse del mundo. Sólo había algo que seguía teniendo en común con la vieja Tara: continuaba siendo, en cierta manera, una nómada del viento. O quizás no del todo. Ya no era el viento el que guiaba mis pasos, sino yo misma que sabía muy bien lo que quería y además había comprendido que podía ser feliz en cualquier parte.
Había también otra diferencia sustancial. Antes no tenía los medios para elegir cómo quería vivir y ahora mis nuevos ingresos me permitirían hacer todo lo que siempre había deseado. Había descubierto que no quería dejar de ser un espíritu errante. Eso era parte de mi naturaleza. Pero sentía que necesitaba un sitio en el mundo al que pudiera volver de tanto en tanto y tal vez, llamar hogar. Ya tendría ocasión de echar raíces. Por el momento sería feliz poseyendo unas plantas echasen esas raíces por mi y a las que poder cuidar. ¡Las plantas son un lujo que los nómadas rara vez nos podemos permitir!
Como le había contado a Alma, pretendía gastarme el dinero del premio en comprarme una casa en la sierra de Madrid, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Y aunque debido a mis nuevos compromisos laborales no pudiera pasar mucho tiempo en ella, la seguridad de tenerla ya me bastaba. En fin, que era una nómada muy peculiar porqué iba a tener la oportunidad de apearme de la noria y ser sedentaria por temporadas. Y además, seguía teniendo mis sueños. Mi muy particular refugio del mundo.
La noche era muy cálida y sólo se oían los ruidos de los grillos. Miré de nuevo hacia arriba. Y entonces la luna me recordó a Eric.
“Te marchaste sin despedirte”, pensé suspirando.
Me preguntaba cómo era posible que algo que había aparecido con tanta fuerza en mi vida hubiese desaparecido así, tan de repente. Todavía algunas noches me despertaba con una presión en el pecho, buscándolo en la oscuridad. Pero la pintura estaba siendo una gran aliada para rellenar ese vacío interno. Y ahora hasta su olor empezaba a borrarse de mis recuerdos tan vívidos.
Oí el tren a lo lejos, aproximándose. Sonó un pitido y me puse de pie. Pudiera ser que esa fuese la señal que anunciaba el comienzo de un nuevo periodo en mi vida. Una etapa con nuevas historias y quizás más cambios. Según se iba acercando el tren me percaté que había otra persona esperando al final del andén. Se giró y pude verle la cara. En ese momento mi sonrisa se volvió tan luminosa que se hizo de día en la pequeña estación. Y entendí un montón de cosas. Como si acabase de encontrar la última pieza de un puzzle que le daba sentido al resto.
Allí, en esa perdida estación y a solo veinte metros de mí, estaba él. Desapareció de mis sueños pero sólo porque había llegado el momento de aparecer en mi vida.
Sonó el pitido del tren anunciando su salida y subí rápidamente. Este tren no lo iba a perder por nada del mundo.
Me senté y miré por la ventanilla. Era muy tarde pero la luna era tan grande y brillaba tanto que costaba asegurar con total certitud si era de día o de noche. Los árboles que descansaban a los lados de las vías tenían las copas del color plateado de la luna. El silencio afuera era tan profundo que ni siquiera el traqueteo del tren lo perturbaba.
Me sentía en paz por dentro y sonreía de verdad. Sentía una plácida conexión con el mundo. Como si la batalla hubiese terminado, al fin. No tenía ninguna preocupación en mi cabeza y tan sólo disfrutaba del viaje. Y esperaba.
Noté que alguien se sentaba a mi lado y que empezaba a mirarme. Dejé de esperar. No tuve el impulso inmediato girarme para verle. Podía sentir su aroma a madera y enebro mezclándose con mis pensamientos, y eso me aturdía.
–Perdona, ¿sabes cuánto tardaremos en llegar a Atocha?
¿FIN? (sigue en el capitulo 7…)

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