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Eric a contraluz
En el momento en que Tara cruza el océano Atlántico de vuelta a casa, un hombre en viaje de trabajo pasa por delante de una de las galerías de arte más prestigiosas de Nueva York. Va con prisas porque tiene que dar una conferencia muy importante esa mañana.
Tara por el contrario sorbe con lentitud un té con limón que la azafata le acaba de traer. Está muy caliente así que aprovecha para calentarse las manos con él.
En Nueva York, las manos del hombre están doloridas por llevar desde hace rato un maletín cargado con gran cantidad de libros y documentos. Al darse cuenta de que un cordón de su zapato está suelto, se agacha para atarlo.
Tara, sin embargo, decide quitarse los zapatos al comprobar que todavía le quedan muchas horas de viaje.
El hombre del maletín, tras atarse el cordón, mira su reloj y calcula que sólo le quedan treinta minutos para llegar al acto.
Tara deja el té en la pequeña bandeja de su asiento. Abre un pequeño cuaderno, coge un lápiz y se pone a dibujar.
El hombre se incorpora y lo que ve en el escaparate provoca que el maletín de su mano derecha caiga estrepitosamente al suelo. Se abre y los papeles que contenía vuelan por el aire aterrizando por todas partes.
En el papel donde Tara está dibujando, un cuerpo empieza a distinguirse. No detiene en ningún momento el lápiz que se mueve con movimientos seguros.
Y justo cuando Tara está terminando su pequeño boceto, el hombre en viaje de trabajo en Nueva York ve su retrato desnudo en el escaparate de esa galería. Curiosamente, el retrato colgado en el escaparate de la prestigiosa galería en Nueva York es exactamente igual que el boceto que Tara acaba de dibujar a cuatro mil kilómetros de allí.

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