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Amor

La belleza de las cosas

 

Dicen que cuando estás a punto de morir ves pasar delante de ti toda tu vida como si se tratase de una película. Pues esa noche y a pesar de que mi corazón seguía palpitando y muy rápido, vi en un instante los momentos más importantes de la mía. Acababa de descubrir que vivir algo extraordinariamente positivo era como morir y subir al cielo. Sólo lo rocé porque una lluvia de sonoros aplausos me hizo volver a la tierra. No tenía ni idea de qué hacer: ¿Debía quedarme sentada, ponerme de pie o ir al escenario? Por suerte una mano anónima me empujó suavemente en la dirección correcta.

Después de todo, el ataque de timidez que estaba sufriendo no era tan malo. Me estaba evitando caer en el shock que supondría darme cuenta de la repercusión que ese premio iba a tener en mi vida. Subí muy despacio las escaleras y otra oleada de flashes me atacó. Lo veía todo borroso y una voz a mi espalda me pidió que dijese unas palabras. Era Delia que me sonreía afectuosamente.

Si tuviera que hacer una lista con las diez situaciones más estresantes por las que he pasado, esta se situaría definitivamente en el puesto número uno. Empecé a padecer los típicos síntomas en estos casos: sequedad en la boca, sudoración excesiva en las manos, piernas temblorosas y la mente completamente en blanco. Levanté mis ojos de la expectante audiencia y volví a contemplar el retrato de Eric. Al mirarle me acordé de unas palabras que subliminalmente me habían acompañado casi desde el principio de esa aventura. Las palabras que habían sembrado en mí meses atrás la semilla del cambio. O más bien se podría decir que habían sido el abono para una semilla que hibernaba desde siempre en mi interior. Con ese pensamiento rondando mi mente, mis nervios se desvanecieron en una sonrisa y empecé a hablar.

–Estoy muy agradecida por este premio–, y miré hacia Delia con mucho más que gratitud. –Elegí pintar porque así es como mejor puedo expresar mi mundo interior. Si pudiera pintar ahora un cuadro de cómo me siento sabría exactamente qué colores utilizar, pero cuando se trata de elegir las palabras adecuadas ya no es tan fácil. No os miento si digo que nunca creí que fuese a ganar. De hecho ni siquiera fui yo quien mandó estas pinturas al concurso. Pero sí puedo decir que me alegro de que lo hicieran porque gracias a ello estoy aquí esta noche. Me vais a permitir que esta noche no utilice mis palabras para explicaros como me siento y recurra a las de un buen compañero de viaje que además tiene una parte de la responsabilidad sobre el hecho de que volviese a pintar:

 

.. la belleza no es una necesidad, sino un éxtasis. No es una sedienta boca, ni una vacía mano extendida. Sino, más bien, un corazón ardiente y un alma encantada. No es la imagen que veis ni la canción que oís. Sino, más bien, una imagen que veis cerrando los ojos y una canción que oís tapándoos los oídos.

 La belleza es la vida, cuando la vida descubre su sagrado rostro. Pero vosotros sois la vida y vosotros sois el velo. La belleza es la eternidad que se contempla a sí misma en un espejo. Pero vosotros sois la eternidad y vosotros sois el espejo.

 

A partir de ese momento no recuerdo mucho más de la velada. Todo iba tan rápido que no me daba tiempo a retenerlo en mi memoria. Pero recuerdo que cuando la limusina volvió para recogerme y llevarme al hotel, seguía teniendo las palabras de Khalil Gibrán en mi mente. En los primeros días de soledad en la isla debí leer tantas veces aquel poema que se me quedó impreso a fuego en mi recuerdo. No me había percatado de la profunda influencia que había tenido en mí hasta esa misma noche y ahora no me lo podía quitar de la cabeza.

Me metí en la cama pero ya sabía que era inútil intentar dormir, así que encendí la televisión. Hacía tanto que no la veía que hasta el programa de tele-tienda me resultaba apasionante. Así estuve toda la noche, viendo programas basura, probablemente para no tener que pensar en el futuro. La realidad era que estaba muerta de miedo por tener que salir fuera de la segura concha que me había creado en la isla. Allí estaba a salvo. Pero después de ganar ese premio ya no podía ponerme más excusas. Debía salir al mundo, aclararme sobre lo que quería de él y si al final de ese excitante viaje no encontraba nada que me gustase entonces quizás podría volver a perderme en algún lugar remoto del planeta.

Cuando sonó el teléfono avisándome desde recepción que un coche había venido a recogerme, suspiré resignada. No había dormido ni dos minutos y tenía una reunión con los de la Galería West a las diez de la mañana. Miré mi reloj y eran ¡las nueve y cuarenta y cinco! Apagué el televisor prometiéndome a mi misma no volver a encenderlo en mucho tiempo y me vestí a toda velocidad. Antes de salir me cubrí la cara con una buena capa de maquillaje que disimulase las ojeras y cogí el maletín con mis trabajos.

La reunión fue cuanto menos, curiosa. Me trataban continuamente cómo al hijo mimado al que hay que consentir en todo. Al no estar acostumbrada a tantas atenciones empecé a incomodarme y tuve que recordar las palabras de Alma para relajarme un poco en tan inusual situación: “Disfruta al máximo de todo que quizás nunca repitas un momento así en tu vida”. Cuando me pidieron mi número de cuenta para efectuarme el ingreso del dinero del premio, no pude evitar sonreír al imaginar cómo iba a reaccionar mi pequeña caja de ahorros al recibir medio millón de dólares. Llevaba años al borde de cerrar esa cuenta con sumas ridículas que iban de cincuenta céntimos a los trescientos euros si estaba en buena racha. Si entraba algo de dinero en ella, no tardaba mucho tiempo en salir. En pocas palabras: vivía al día. Y la palabra “ahorro” nunca formó parte de mi vocabulario. Y ahora, ironías de la vida, me estaba preocupando por qué hacer con una suma tan exagerada de dinero. Cuando me explicaron la segunda parte del premio, tuve la sensación de que no había oxígeno suficiente en esa habitación. Delia, presente también en la reunión, se rió al ver mi cara y pidió que me trajeran un café bien cargado.

–Me imagino que no habrás dormido mucho la noche pasada. A mí me pasó lo mismo hace veinte años cuando expuse mis cuadros por primera vez en el Metropolitan.

Así que por eso estaba tan interesada en mí. ¡Le recordaba a ella misma de joven!

Mientras me tomaba el café me explicaron que a comienzos de verano empezaría un tour de casi dos meses por algunas de las galerías de arte más importantes de Europa y Norteamérica donde se expondrían mis pinturas. En principio su intención no era venderlas si no darme a conocer. Para mí esa parte del premio era incluso mejor que el medio millón de dólares. Porque aunque mi propósito cuando comencé a pintar no hubiese sido el que mis cuadros fuesen vistos, de repente me sentía feliz al imaginarme a tanta gente viéndolos. Me intrigaba saber qué tipo de sensaciones despertarían y eso constituía un aliciente extra para seguir pintando.

Hacía el final de la reunión les mostré los otros trabajos que traía conmigo y pude notar inmediatamente en sus caras cuánto les gustaban. Tras verlos se miraron mutuamente con gestos de asentimiento. Me comunicaron entonces que además de pagarme todos los gastos de esos dos meses de viajes, pretendían comprarme todos los cuadros de la exposición por una suma de dinero tan desorbitada que tuve que pedir que me repitieran la cifra varias veces al no estar segura de haberla oído bien. ¡Me parecía de locos que quisiesen pagar tanto por cuadros que ni siquiera habían visto! Pero no iba a ser yo quién les llevase la contraria…

Les dejé los trabajos que más les gustaban para que los enmarcasen y comenzasen a incluirlos en los catálogos y les prometí que antes de finales de mayo les tendría listo el resto. Por lo visto necesitaban al menos siete cuadros grandes y cinco medianos y mandarían un servicio de mensajería para recogerlos en mi isla. Estaba ansiosa por terminar la reunión para llamar a Alma y Jean, y contarles las buenas nuevas.

 Me despedí de todos, dándoles las gracias una vez más y cuando salía por la puerta Delia se acercó para invitarme a cenar en su casa esa noche. Dijo que me quería mostrar sus cuadros y presentarme algunos amigos. Acepté y salí a la soleada calle con un sentimiento de liberación. Y parte de esa liberación me la acababa de otorgar el dinero y el éxito. Despedí a mi chofer diciendo que me apetecía caminar un poco y me fui en busca de una cabina de teléfonos. Probablemente en la isla fuese la hora de la siesta porque nadie contestó. Mejor me iba a dar una vuelta por la ciudad y ya les llamaría más tarde. Entonces decidí que era una buena ocasión para pasar por la otra galería dado que se encontraba a un par de calles de allí. Ya debían conocer la noticia porque en cuanto me vieron se sobresaltaron y corrieron hacia mí. Por lo visto mi foto había salido en todos los periódicos. Esta galería, aunque un poco más modesta que la otra, derrochaba lujo por las cuatro esquinas. No pararon de repetir hasta que me fui la fe ciega que tuvieron al ver mi trabajo y que estaban muy contentos de que hubiese ganado. La situación me hacía sentir un poco culpable porque era a ellos a quienes les debía mi éxito pero por desgracia tenía un compromiso para los próximos meses con la Galería West. Les enseñé el resto de mis trabajos y les prometí que para otoño estaría disponible para organizar una exposición con ellos. A partir de septiembre sería libre y podría exponer con tantas galerías como quisiese. Además, pensé para mí misma, tenía tantas cosas pintadas en mi cabaña que me sobraba material para organizar diez exposiciones consecutivas. Me dieron las gracias varias veces y quedamos en que me mandarían los detalles para organizar todo antes de que saliese de tour en verano. Tenía toda la pinta de que en los próximos meses mi vida iba a estar muy ocupada.  Justo antes de salir, abrí mi maletín, y les entregué una de mis pinturas con un extraño paisaje de la Isla. Era mi forma de darles las gracias, y por su cara de sorpresa, supe que el regalo les había hecho muy felices.

 

Mientras caminaba de vuelta al hotel miré por primera vez realmente la ciudad. Nueva York era impresionante. Como un monstruo con dos caras que te da un montón de energía y al mismo tiempo te la absorbe. Yo ya no podría vivir nunca más en un sitio así. Anhelaba la paz, la delicada armonía de lo salvaje, el verde de la naturaleza a mi alrededor. Pero precisamente, por no estar en mi ambiente, podía apreciarlo en toda su esencia. Y Nueva York me había conquistado.

Llegué al hotel y tenía unos doce recados de llamadas esperándome. La mayoría de Alma, Jean y Karen, un par de otros amigos y una llamada del departamento de policía de Harlem. Me dio un escalofrío al recordar mi noche en esa comisaría y les llamé con cierta aprehensión. Cuando el policía que me cogió el teléfono oyó mi nombre al otro lado de la línea, comenzó a gritar y a llamar a sus compañeros. Habían visto mi foto en los periódicos y querían pedirme disculpas de una manera especial por haberme tenido encerrada. Uno de ellos dijo que llevaban todo el día ensayando y de repente empezaron a cantarme una romántica canción a varias voces, que debo confesar me hizo saltar las lágrimas. También dijeron que habían mandado un pequeño regalo para felicitarme por mi triunfo que debía estar ya esperándome en la recepción del hotel. Nada más colgar el recepcionista me entregó una cajita adornada con un lazo rojo. Dentro había una llave con una inscripción: “Para la prostituta con más talento de todo Nueva York. El departamento de policía de Harlem te entrega la llave de su corazón”.

Cuando me repuse del ataque de risa, me dispuse a devolver el resto de llamadas. La excitación de rememorar todo lo que me acababa de pasar en el transcurso de esas llamadas volvió a quitarme el sueño. Durante el resto de mi semana en Nueva York tampoco pude dormir mucho. Tuve cenas, fiestas y celebraciones cada día. Delia estaba entusiasmada con presentarle a todos sus amigos la nueva atracción local, o sea, yo. Pero entre tanto personaje extravagante y superficial encontré a algunas personas fascinantes. Conocí a más artistas y gente famosa de lo que sería capaz de retener en mi muy saturada memoria. Y la verdad es que pese a mis reparos iniciales sólo en un par de días me movía ya en ese ambiente como pez en el agua. El problema es que cuando me empezaba a acostumbrar a los focos y la fama, llegó el momento de partir. Y me alegro de que llegase, porque no quería acostumbrarme a un mundo que no era el mío. Antes de irme recibí ofertas muy atractivas para quedarme a vivir allí. Pero yo necesitaba volver a mi isla, ver a mis amigos y alejarme un poco todo aquello antes de que se me subiera a la cabeza.

Le di las gracias a todo el mundo prometiéndoles que volvería pronto y volví a adelantar mi reloj. Era hora de pintar de nuevo. Era hora de soñar. Era hora de emprender el camino de vuelta.