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La vida es arte
No estoy muy segura de cual era la peor de entre todas mis habilidades. La cosa estaba muy reñida entre mi despiste crónico y mi nula memoria para los nombres.
Dos horas después de llegar a la comisaría, cuando estaba al borde de un ataque de ansiedad por haber sido confundida con una prostituta y encerrada en los calabozos, escuché una conversación entre dos policías. Uno de ellos comentó, mientras me miraba de reojo, que detestaba trabajar en domingos ya que le solían tocar los casos más raritos. ¿Domingo? ¡Se suponía que era lunes! Y entonces, tras confirmar con uno de ellos que en efecto era el día que acababa de nombrar, fui reconstruyendo poco a poco como había logrado crear magistralmente, el mayor despiste de mi vida.
Retrocediendo en el tiempo, el cúmulo de errores comenzó cuando no le quité a mi reloj las cinco horas de diferencia horaria que separaban Nueva York de mi continente. Lo que significaba que cuando pensé que era la una de la tarde al aterrizar tan sólo eran las ocho de la mañana. El que fuese hora punta ayudó en buena medida a tejer el enredo. Una hora más tarde me fui a dormir y cerré las persianas lo que me previno al despertarme para beber agua tras siete horas de sueño, de ver cómo todavía era de día. Y por eso al chequear mi reloj de pulsera y ver que eran las nueve de la noche decidí volverme a acostar dando el día por perdido cuando sólo eran las cuatro de la tarde. Pero hubo un pequeño detalle en este punto que cambiaría el rumbo de los acontecimientos: antes de volver una vez más a la cama, me quité el reloj de pulsera.
Y es por eso que al despertarme 3 horas más tarde el reloj que miré era el de la mesilla, que marcaba la hora real, o sea las siete de la tarde. Así que cuando pensé haber dormido casi treinta horas tan sólo había dormido diez, y más importante que eso: seguía siendo sábado.
El segundo culpable de mi cúmulo de desgracias había sido mi natural talento para recordar nombres. Nótese aquí la ironía. Cuando le dije al taxista que me llevase a Egson Street (Harlem) debí haberle dicho Edson Street (Manhattan). Eso arrojaba algo de luz al hecho de terminar en una de las zonas menos respetables de un barrio de por sí nada recomendable, especialmente de noche.
Ahora lo que me inquietaba era saber si había logrado convencer a esos obtusos policías de que no era una prostituta heroinómana sino una víctima del despiste y la delincuencia juvenil. Parece que alguno decidió hacerme caso porque llamaron al hotel donde estaba alojada para comprobar mi versión. Media hora más tarde estaba en un coche patrulla camino de Manhattan, comiéndome un sabroso sándwich de algo pastoso y con el propósito de darme la ducha más larga y caliente de los últimos años.
Otra vez estaba en mi habitación del hotel, pero esta vez rodeada de platos vacíos. Después de ducharme me había dado un atracón, terminando apoteósicamente por una tarta de fresas y nata. ¿Quién dice que los sueños no se hacen realidad? Y justo cuando estaba a punto de meterme en la cama sonó el teléfono. Era Alma y farfullaba algo al otro lado de la línea que no lograba entender. La tercera vez que lo repitió casi se me corta la respiración. ¡Jean le había pedido una cita! ¡Ya era hora, chicos! Eso sí que eran buenas noticias. Me dijo que ya me contaría los detalles cuando volviese y me deseó suerte con el concurso. Colgué el teléfono con una sonrisa y me metí entre las sábanas. Apagué la luz y en aquel momento el teléfono volvió a sonar. Esta vez era Jean.
–¿No te vas a creer lo que ha pasado?–, me dijo sin ni siquiera preguntar cómo había ido el viaje.
–Déjame adivinarlo… ¿le has pedido una cita a Alma?
–Chica, o te has vuelto bruja o un pajarito te ha contado algo. Un pajarito que de hecho acabo de ver salir del cuarto del teléfono hace unos minutos…
“Esa era una de las delicias de vivir en comunidad”, pensé.
–Pues sí. Alma me acaba de llamar. Me alegro un montón por vosotros… Aunque ya me contarás todo con calma cuando vuelva. ¿Y cómo es que te has decidido?
–Pues otro pajarito, que por cierto acaba de cruzar el océano, me llenó la cabeza con frases y sueños–, y se rió.
Hablamos un rato y le dije que ya les llamaría al día siguiente para contarles cómo había ido el concurso. Esta vez, antes de apagar la luz puse el despertador. Con mis últimas aventuras había llenado el cupo de sorpresas y por eso me quería asegurar de no perderme por segunda vez la fiesta. Me desperté con el sonido de la alarma. Era increíble que en los dos días que llevaba en Nueva York no hubiese hecho otra cosa que dormir. Y aunque adorase la cama de ese hotel, en algún momento debería salir a conocer a ciudad. Pero el turismo tendría que esperar al día siguiente porque me quedaban menos de dos horas para ponerme presentable.
En cuanto intenté meterme en mis ajustados vestidos de noche pude comprobar el efecto letal que había tenido el banquete de media mañana en mi figura. Hice un último esfuerzo por no respirar y me embutí en uno de ellos, me calcé otros zapatos de tacón dignos de la mejor cámara de tortura medieval y empecé a maquillarme muy despacio. ¿Qué estaba haciendo? Las heridas de los pies en conjunción con los zapatos de tacón me estaban causando un dolor sobrehumano; el vestido de noche al sentarme me permitía respirar el aire suficiente como para seguir viviendo; la bisutería que llevaba me hacía sentir ridícula y mi maquillaje se acercaba peligrosamente al de un payaso de circo. Esa no era yo. Y ningún vestido o zapatos me iban a dar una feminidad o seguridad que ya tenía. ¿Qué importaba el dinero que me hubiese gastado si al mirarme al espejo no me gustaba lo que veía? Me quité todo lo que llevaba y me lavé la cara. Empecemos de nuevo. Me puse unos pantalones negros ajustados, me calcé unas botas altas y completé con una chaquetita de terciopelo entallada. Me maquillé de forma discreta y me recogí el pelo en un moño. Me miré en el espejo y esta vez me gustó lo que vi: esa sí era yo. ¡Y además podía caminar! Cogí los zapatos de tacón y los tiré por la ventana. No había elegido la vida que tenía para seguir las reglas que marcasen las modas o la sociedad.
Pasé por recepción para pedir otro taxi pero me encontré con el conductor de la limusina que me esperaba leyendo una revista. Después de todo parecía que la generosidad de los organizadores del concurso no tenía límites. Cuando llegamos al coche, mi chofer miró al cielo y empezó a proferir gritos de indignación. Primero pensé que se había vuelto loco, pero cuando miré hacía la limusina comprendí su arrebato de furia. Encima del impecable capó estaban mis zapatos de tacón, que habían causado diversos arañazos y una visible abolladura. Si quería llegar a esa fiesta sana y salva mejor sería guardar silencio sobre la identidad del que los había lanzado.
En menos de quince minutos llegamos a la galería de arte, que estaba rodeada de fotógrafos y curiosos de todo tipo. Al bajar del coche un torrente de flashes me cegó. Seguro que no tenían ni idea de quién era pero asumirían por mi impresionante vehículo que debía ser alguien muy importante. Me recibió una elegante señora que se presentó como Delia West. Su nombre me resultaba familiar.
–¡Encantada de conocerte, Tara! Ya tenía ganas de tener delante a la más intrigante de nuestros artistas estrella. Ahí adentro hay un montón de gente que se muere por conocerte. Ven conmigo y te presentaré a los más interesantes. Por cierto, me encanta cómo vas vestida…–, esta última frase me la dijo al oído.
–Gracias, Delia. No sé que decir–, y realmente no sabía que decir.
La seguí hasta una sala repleta de gente que se giró cuando entré. Pero en ese instante el mundo desapareció a mí alrededor. Enfrente de mí estaba el retrato de Eric, mirándome con dulzura. Junto a él, el paisaje onírico y el resto de las pinturas que competían. Pero yo no podía despegar mis ojos de los suyos.
–Bueno, querida, nos tienes que contar quién es él–, sabía que la pregunta llegaría tarde o temprano.
–Se llama Eric y es un sueño que suelo tener–, esa era la respuesta más honesta que podía dar aunque sabía que nadie la entendería.
Delia alabó mi sentido del humor, claramente sin entender que no era una broma y se dedicó a presentarme a un montón de artistas, incluidos los dos que competían conmigo por el premio. Uno de ellos era más joven que yo, americano y se preciaba de utilizar un estilo que él denominaba post-Pop Art. El otro era un conocido pintor australiano de estilo inclasificable que se comportaba como si ya hubiese ganado.
La gente no dejaba de hacerme todo tipo de preguntas, en particular sobre el contenido de mis cuadros y cómo no había mucho que decir me tuve que inventar unas respuestas cargadas de florituras para complacer su insaciable curiosidad. Simplemente pintaba porque era algo que me llenaba por dentro y me apasionaba. Pintaba por impulsos y no lo programaba, así que tampoco podía explicarlo. Pero la gente a mi alrededor esperaba complicadas disertaciones que rozasen la pedantería. Y al no dárselas me empecé a ganar en menos de una hora la fama de persona reservada y misteriosa.
Delia no se separaba de mí y la verdad es que le estaba agradecida porque sin ella no hubiese sabido cómo comportarme con esa pandilla de intelectuales y excéntricos que no dejaban de acercarse y hacerme la pelota. Seguían haciéndome preguntas que en su mayoría me hacían sonreír, pero hubo alguna que me causó sorpresa, un par que directamente me indignaron y muchas que me parecieron tan sin sentido que ni me molesté en contestarlas. Como muestra, un botón:
- ¿Por qué utilizas tantos colores raros en tus pinturas? (define “raro”)
- ¿Qué te ha gustado más de Nueva York? (La cama del hotel)
- ¿Crees que las mujeres tenéis futuro en el mundo del arte? (¿¿¿Perdon???)
- ¿No tienes miedo que cataloguen tu trabajo de pornográfico? (NO)
- ¿De que marca son tus botas? (Se puede decir que de un mercadillo?)
- ¿Es verdad el rumor sobre que el hombre desnudo de tu cuadro es en reali dad un actor famoso? (Si, George Clooney)
En un punto de la noche decidí escaparme a los servicios para refugiarme del mundo y estar un momento en silencio. Fue como si alguien le diese un masaje a mis contaminados oídos. Volví justo a tiempo porque Delia estaba subida en el escenario con un micrófono en la mano.
–Bueno, ya sabéis que aunque empecé con esta galería hace ya muchos años y no me pierdo nunca esta noche tan especial, no suelo ser yo la que anuncia al ganador…
¡Dios santo! Delia era la dueña de una de las galerías más prestigiosas del mundo. Y yo que pensaba que era sólo unas de las asistentes de los organizadores del evento. Vaya ojo clínico que tenía para catalogar a las personas.
–… Pero en esta ocasión estaba personalmente interesada en uno de los artistas seleccionados. No voy a extenderme porque me imagino que todos estáis deseando saber quién es el ganador de este año del premio de pintores noveles que organiza la Galería West.
¡Claro!, West. Por eso me sonaba su nombre.
–Aquí tengo el sobre con la decisión de un jurado de doce reputados artistas y, por supuesto, yo misma.
Abrió el sobre y me miró directamente a los ojos. Contra todos mis pronósticos, era la ganadora del concurso.

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