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El cielo de Nueva York
… Pudiera ser también que estuviéramos tan ligados a las vivencias de nuestra niñez, sin importar lo malas que hubieran sido, que durante el resto de nuestra vida intentamos reproducirlo una y otra vez movidos por una nostalgia casi patológica. Incluso pudiéramos llegar a sentirnos cómodos en desdichas y malos tratos, porque eso es lo que recibimos de niños y lo echamos de menos…
Cerré el libro.
¡Madre mía! Cómo es que escogí ese libro cuando pasé por nuestra biblioteca y no uno con un título del estilo de “Pecado de amor”. Ese viaje se estaba volviendo eterno y eso que sólo estaba en su ecuador, esperando para hacer la conexión en el aeropuerto de Londres. Fue ahí donde decidí sumergirme en la lectura de un libro titulado La familia. Ese oscuro laberinto creado para acabar con nuestras posibilidades de felicidad. El libro, pese a su apocalíptico título, me estaba resultando tremendamente revelador, aunque no fuese aquel el mejor momento para iniciar una terapia sobre mi infancia. Aún así me distrajo en ese eterno viaje llenándolo de reflexiones acerca de mi infancia y la de algunos de mis conocidos.
Mi llegada a Nueva York se pareció al desembarco de esos campesinos emigrantes de principios de siglo deslumbrados por las luces de la gran ciudad. Había pasado por mis dos anteriores aeropuertos a unas horas tan intempestivas que no tuve en ellos un contacto real con la civilización. Pero al llegar al de Nueva York sufrí un shock. Me sentía desorientada entre los ruidos y la gente. Teniendo en cuenta cómo estaba reaccionando, no cabía duda de que los meses que había pasado en mi ahora tan lejana isla me habían transformado en una autista.
Según salía por la puerta, distinguí a lo lejos un cartel enorme con mi nombre. No podía creerme que los organizadores del concurso se estuviesen tomando tantas molestias. ¿Tendrían miedo de que una de sus posibles inversiones se perdiese por el camino? No me importaba si sus atenciones eran debidas a la generosidad o al interés: estaba al borde de la extenuación y me alegraba de no tener que buscar un taxi. El hombre del cartel cogió mi equipaje y cuando vi el tamaño de sus músculos estuve a punto de pedirle que me llevara a su espalda también, pero me contuve por no perder los veinte minutos de glamour que me quedaban. Le seguí, sorteando la multitud que invadía los pasillos del aeropuerto, hasta que se paró delante de una kilométrica limusina que nos esperaba a la salida y entonces el resto de mi glamour se evaporó. Entre “¡Ohh!” y “¡Dios mío!” me puse a toquetear todos los botones que encontré adentro. Sin duda mi chofer estaba acostumbrado a gente tan “rústica” cómo yo porque con una paciencia infinita me fue explicando todas las opciones del coche. Hasta me ofreció una copa de champán que consiguió sacarme nuevos sonidos exclamativos. Para cuando llegamos al hotel estaba tan cansada que no me quedaba una gota de curiosidad para seguir inspeccionando la habitación. Sólo cerré las persianas, me deshice de la ropa y me metí en mi lujosa cama.
Dormí tan profundamente que únicamente me desperté para beber un vaso de agua. Miré mi reloj de pulsera que marcaba las nueve de la noche. Llevaba durmiendo ya siete horas seguidas y se podía decir que daba el día por perdido. Así que tras quitarme el reloj y realizar una visita corta al baño, me volví a meter entre las sábanas con la sana intención de seguir durmiendo hasta la mañana siguiente.
Cuando volví a abrir los ojos estaba completamente despejada y lista para salir a explorar la ciudad. Miré el reloj de mi mesilla y marcaba las siete PM. Algo no encajaba en esos números. ¿Cómo era posible que antes fueran las nueve de la noche y ahora las siete de la tarde? Por eso me encontraba tan despejada: ¡Había dormido casi treinta horas! Lo que significaba que ya era domingo… ¡y la fiesta iba a empezar en dos horas! Me metí en la ducha sin pensármelo dos veces, eso sí, protegiendo mi preciado peinado. Lo siguiente era enfundarme en uno de los ajustados vestidos de noche que traía en la maleta. Me preguntaba cómo no los vendían con ayuda de cámara incluida, por lo complicado que resultaba abrocharse la cremallera. Y tras calzarme los zapatos de tacón a juego, ya estaba lista para sufrir.
Los nervios tardaron en aparecer pero finalmente se presentaron invitándome a dar una vuelta en su conocida montaña rusa. Mejor sería prescindir de comer hasta que mi estómago dejase de girar. Bajé a la recepción y pregunté si habían venido a buscarme. Confiaba en que hubiesen enviado otra limusina para llevarme a la entrega de premios, pero parecía que su generosidad había tocado techo. Mejor sería no seguir esperando y pedir que me llamasen un taxi.
Cuando monté y el taxista me preguntó la dirección caí en la cuenta de que con las prisas me había dejado la invitación en el hotel, pero como iba un poco justa de tiempo decidí recurrir a mi memoria. La había leído tantas veces que casi la podía visualizar si cerraba los ojos.
–¡A la calle Egson, por favor!
Dudaba entre el número diecisiete o el setenta y uno, pero me imaginaba que la galería de arte sería fácilmente reconocible. Ya llevábamos treinta minutos de viaje y empecé a preocuparme. No tenía ni idea de que Manhattan fuese tan grande, y si no quería ser tachada de impuntual debía llegar en menos de quince minutos. Le pregunté al taxista si estábamos cerca, pero recibí la respuesta en un idioma que me figuré era indio por el aspecto de quien lo hablaba. Media hora más tarde el taxi por fin se detuvo. Al salir me llamó la atención lo desolado y sombrío de la calle pero lo atribuí al hecho de que los ambientes bohemios suelen tener ese curioso toque underground. Pero aquello superaba el encanto de lo trasgresor y se acercaba peligrosamente al lúgubre de los suburbios. En pocas palabras acababa de bajar al infierno en taxi por el módico precio de veinte dólares.
Tras caminarme la calle entera de arriba a abajo llegué a la conclusión de que el taxista se tenía que haber equivocado de dirección. Algo no del todo improbable si tenía en consideración que ni siquiera hablaba inglés. Me puse a buscar otro taxi pero por allí no pasaba ni un alma. Mis pies estaban hinchados, mi moral muy baja y el hambre me estaba perforando el estómago. En mitad de mi desesperación vi a un chico joven al otro lado de la calle y corrí hacia él con algo de mis esperanzas de salir de ahí recobradas. En cuanto lo tuve delante supe que me había precipitado, porque la forma en que me miró y la navaja en su mano.
Todo fue tan rápido que ni me dio tiempo a tener miedo. Se quedó con mi bolso (con cuarenta dólares, un pintalabios y unos caramelos de menta), mi reloj (de plástico), mi colgante (de imitación), ¡y hasta me pidió los zapatos! Estaba alucinada con su nivel de desesperación. Por cierto que yo sí que sabía ponerle las cosas fáciles a un ladrón. Me había lanzado directamente a sus brazos y sólo me había faltado pedirle a voz en grito que me robase. Menos mal que se apiadó de mí y no me pidió el vestido. Pero entre tanta desgracia había algo de lo que me alegraba: me había quitado por fin de encima esos odiosos zapatos de tacón.
Estuve deambulando un rato por aquellas deprimentes calles buscando un coche que me rescatase pero era obvio que a ningún conductor con dos dedos de frente se le ocurriría asomarse por ese barrio. Distinguí a lo lejos un grupo de hombres pero esta vez me dije a mi misma que lo mejor sería correr en dirección opuesta. No quería ser sorprendida una vez más por la desbordante amabilidad local.
Me preguntaba qué habría pasado con el concurso. Gracias a que todo mi ser estaba concentrado en sobrevivir no me amargaba tanto el hecho de perderme una de las noches más emocionantes de mi vida. Mi mayor triunfo en esta ocasión sería salir de todo aquello con vida. Y aunque suene absurdo, había una parte de mí que esperaba no haber ganado, ya que no estar presente en mi propia fiesta hubiese sido más doloroso que seguir caminando por esas calles sin zapatos.
Llegó el momento en que mis pies estaban tan magullados que no podían seguir sosteniendo mis cincuenta y pico kilos de peso. Me senté vencida por la realidad en un callejón oscuro y las palabras del libro que había leído en el aeropuerto de Londres me volvieron a la cabeza. No estaba segura de hasta que punto yo era responsable de lo que me estaba pasando, pero no estaba dispuesta a dejar que los acontecimientos me hundiesen. Esa Tara, fruto de una infancia difícil, que se sometía a los designios de una vida que no había elegido, podía certificar que había muerto. En esos momentos una nueva Tara, optimista y decidida, había cogido el control. Pero también era una Tara agotada y con los pies en carne viva, así que decidí que lo mejor sería descansar hasta la salida del sol. Era de lógica que a la luz del día las cosas no se verían tan negras. Con mis últimas energías busqué unos cartones entre la basura y me construí una cama con ellos. No podría emular a la de mi lujoso hotel pero todavía podía dar gracias por tener algo en lo que dormir. Y enroscada sobre cartones de comida para perro, me quedé dormida como un bebé. Incluso soñé, ¿o debería decir comí? Me pasé todo el sueño devorando variados y apetitosos platos, arriesgándome a sufrir una indigestión cuando despertara. Pero cuando estaba en la mejor parte, engullendo de forma incontrolada una tarta de fresas y nata me despertaron. Me estaban enfocando a la cara con una linterna y alguien comprobaba mi pulso. Me di la vuelta para seguir comiendo, digo durmiendo, pero entonces me levantaron entre dos personas y me metieron en un coche. Era la policía y estaba… ¿salvada?

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