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Viviendo entre fruta tropical
Me fui acercando con cautela a la cabaña de Jean como haría un perro que rodea a su presa. Sólo que en este caso la presa era yo y me estaba lanzando directamente a las fauces de mi depredador. Me sentía igual que una adolescente que sabe que va a perder la virginidad. ¿Quién entiende al género humano? No hacía ni dos meses me quejaba precisamente de cuánto echaba de menos el contacto masculino y ahora que me lo servían en bandeja lo rechazaba cual niña malcriada. Según me aproximaba pude oír con más claridad una cautivadora melodía. Llamé a la puerta y escuché un: “¡Adelante!”. Jean tocaba la guitarra, reclinado sobre una multitud de cojines esparcidos por el suelo. Me hizo señas con la cabeza para que me sentase y empezó a interpretar una antigua canción de Elvis Presley. La habitación olía a sándalo y unas lámparas de aceite de color anaranjado le daban una calidez especial. Estaba perdida. No llevaba ni cinco minutos allí y todos mis sentidos se habían rendido ante aquel carismático hombre que me cantaba canciones de amor.
–Bienvenida a mi humilde morada. El programa para esta noche es música de guitarra y champán–, dijo al terminar la canción y sonrió acercándome una copa.
Su sonrisa iluminaba la habitación más que las mismas lámparas. Ya sabía que había ganado.
–No me cabía ninguna duda de que elegirías el programa perfecto–. Y le lancé una mirada de adolescente en celo.
Bebimos mirándonos a los ojos y él reanudó el repertorio romántico. Mientras tuviese las manos ocupadas con la guitarra estaba a salvo. O no, porque con cada canción mis menguadas defensas iban cayendo. Cuando dejó la guitarra, pasó lo inevitable. Me besó. Mi primer beso con un hombre real en muchos meses y el primero, por fin, con Jean. Creo que ambos llevábamos meses esperando ese beso que llegó, me puedo imaginar, ni más ni menos que cuando tenía que llegar. Siempre me había peguntado qué es lo que sentiría y ahora que lo sabía no sabía muy bien que hacer con esa información. Cuando nuestros labios se despegaron, nos miramos durante unos minutos a los ojos y entonces nos empezamos a reír de forma descontrolada. Era obvio que ambos habíamos sentido lo mismo, o sea, nada. Había sido como besar a mi hermano. Era sorprendente que tanta tensión sexual se pudiera disolver en sólo unos segundos. Y a pesar de la innegable desilusión por haber perdido ese tipo de conexión entre nosotros, sentía un alivio interno al saber que la vida se había encargado de poner las cosas en su lugar. Obviamente pensaba en Eric y Alma. Además ese beso me explicaba claramente cuáles habían sido mis sentimientos reales por Jean desde que lo había conocido. Por otro lado mi compañero de velada no dejaba de mirarme sin terminar de comprender qué era lo que acababa de pasar. Entonces me pidió repetir el beso para confirmar nuestra primera reacción. Me encogí de hombros y le dejé hacer. Nada de nada. Al tercer beso se convenció de que el amor entre nosotros era de otra naturaleza y se dio por vencido.
Nos tumbamos en el suelo abrazados y estuvimos hablando de lo divino y lo humano durante horas. Hacía siglos que no me sentía tan a gusto con un amigo y quizás por eso me quedé dormida en sus brazos.
Cuando abrí los ojos estaba rodeada por un paisaje de montañas nevadas que se movían. Iba en coche y un hombre me cogía de la mano mientras con la otra conducía. Era Eric. Lo miré con ternura y él sonrió. De repente el coche se fue hacia un lado de la carretera deteniéndose por completo. Él me atrajo hacia sí y me beso apasionadamente.
–Lo siento pero no podía seguir si no te besaba.
Y volvió a tomarme entre sus brazos besándome esta vez más despacio. Todo mi cuerpo estaba de verbena. Bailando, saltado, cantando. Borracho de felicidad. Entonces me desperté y sentí la fuerte respiración de Jean que dormía todavía abrazándome desde detrás. Lo que ya no me esperaba a esas alturas de la noche era vivir de esa manera el primer “menage a trois” de mi vida.
Desperté a la mañana siguiente pensando que estaba en mi cabaña, pero unos ojillos curiosos que me miraban fijamente me devolvieron rápidamente a la realidad.
–He preparado café y he comprado unos croissants en el pueblo. ¡Venga perezosa, al jardín a desayunar!
Fue una mañana genial. Hablamos durante horas y comimos toneladas de croissants y frutas tropicales que Jean había recolectado antes de que me despertara. Por fin me atreví a hablarle de Eric y de mis sueños. Él abrió los ojos sorprendido al oír mi historia.
–Sabes, cuando te conocí me sentí atraído por ti porque llevaba un tiempo soñando con una misteriosa dama y pensé que eras tú–, y soltó una carcajada. –¡Vaya dos nos hemos juntado!–. Hice ademán de no saber de que me hablaba.
También le conté lo del concurso de pintura.
–Vaya, vaya, Tara Munt. ¡Está usted resultando ser toda una caja de sorpresas! …Ahora que lo pienso nunca me has enseñado nada de tu trabajo. ¡De hecho creo que nunca he estado en tu cabaña! Y me miró divertido y serio a la vez.
Tenía todo el derecho a reprenderme. A ver cómo le explicaba ahora que esto se debía a mi miedo por estar a solas con él.
–¡Venga, vamos! Ya es hora de que conozcas mi secreta pasión y de paso mi madriguera.
Y le cogí de la mano tomando rumbo hacia la otra punta de nuestro micro-mundo.
Cuando llegamos y abrí la puerta, caí en la cuenta del desorden en el que llevaba viviendo las últimas semanas. Pilas de lienzos, blocs y cartulinas. Vasos con mezclas de colores esparcidos por todos lados. Una pirámide de ropa que desafiaba los límites de la gravedad. Y es que no es fácil convertir tan limitado espacio en estudio de pintura y vivienda al mismo tiempo.
–Empiezo a comprender porque no me invitabas nunca a tu cabaña–, dijo Jean mientras me guiñaba un ojo.
–No suele estar así siempre. Sólo el noventa por ciento del tiempo–, mentí. –Recuérdame que te invite cuando llegue el diez por ciento bueno–. Y le devolví el guiño.
En ese momento vio unos dibujos en una de las pilas cercanas y comenzó a ojearlos. Cuando terminó con la primera pila pasó a la segunda y así estuvo aproximadamente una media hora. Yo, a su lado, esperaba ansiosa el veredicto.
Terminó y se quedó pensativo.
–¿¿¿Y??? –, realmente me importaba lo que pensase.
–¡Guau!
–¿Entonces te han gustado?
Necesitaba que matizase su ladrido.
–¿Gustarme? ¿Estás loca? Sólo dime dónde hay que apuntarse para ser de tu club de fans–, y me dio un beso en la mejilla.
–Creo que tienes que hablar con Alma. Ella es la miembro fundadora. Y la única, la verdad.
–No me extraña que te hayan seleccionado. Estos dibujos son impresionantes. Sólo los colores me parecen de una originalidad portentosa. ¡Si es que parece que has creado una nueva gama! ¿Cómo lo haces?
Estaba abrumada por tanto cumplido.
–Si te digo la verdad, Jean, no tengo ni idea. Yo no creo con ningún plan o idea preconcebida. Ni siquiera uso una técnica en concreto. Simplemente me siento enfrente de un lienzo vació y entonces siento como si una fuerza externa me guiase. Otras veces, cuando miro un lienzo en blanco, me viene a la cabeza una fotografía clarísima de lo que voy a pintar. Hay días en los que siento que caigo en trance y otros es como estar meditando.
Jean me miraba fascinado y a la vez confundido.
–Entonces… ¿que pasa con él?– Me señaló a Eric. –Parece una imagen recurrente. ¿Es quién creo que es?
Asentí con la cabeza, completamente ruborizada.
Estuvimos charlando un rato más hasta que sonó la campana para comer. Todavía estaba repleta de croissants y fruta así que le dije que me quedaría poniendo orden en la cueva y que se fuera sin mí. Me llevó más de dos horas adecentar la cabaña. Logré hacer lo imposible: dividirla en dos partes dejando una de ellas como dormitorio y otra como atelier de pintura. Esperaba así que todo el caos que creaba se quedara sólo de un lado. Según terminaba de dar los últimos toques decorativos poniendo un vaso con flores en mi única mesa, alguien llamó a la puerta. Era Beth, la jefa de cocina y me alegré mucho de que llegase justo cuando mi cabaña parecía un espacio habitable y no el antro de hacía unas horas. Lo que me recordaba que debía invitar de nuevo a Jean para que comprobase que me había enmendado.
Beth se sentó en el borde de mi cama y admiró mi impecable orden. “Si ella supiese”, pensé reprimiendo la risa. Estuvimos hablando un rato de generalidades pero estaba claro que su visita no se debía a un acto social. Sólo era cuestión de minutos que saliese a la luz el motivo de su presencia allí.
–Te preguntarás a qué he venido. No me voy a ir con rodeos: ayer la dirección decidió reunirse debido a las numerosas peticiones de muchos empleados para que vuelvas a encargarte del pan y en las votaciones ha salido un “sí” aplastante a la propuesta de que seas la nueva encargada de desayunos. Parece que has puesto el listón muy alto en los pocos días que estuviste horneando y ahora nadie se conforma con el aburrido pan del pueblo. Lo que te proponemos es que cambies la jardinería por la cocina. Trabajarías de lunes a sábado pero sólo cuatro horas al día. Eso sí, tendrías que madrugar mucho.
Y dicho esto, se me quedó mirando fijamente.
–¿Y que pasaría con el domingo?
De todas las preguntas posibles que podía haberle hecho había elegido sin duda la más tonta.
–Pues que les tocará comer pan del pueblo. Al menos hasta que entrenes a alguien que te iguale. Tara, la decisión es tuya. Si prefieres seguir de jardinera lo entenderemos, pero recuerda que si lo haces defraudarás a un montón de compañeros que esperan con ansia tus panes cada mañana. ¡Además, sobre todo a Karen y a mí nos encantaría tenerte en el equipo!
Todo aquello me cogía tan de improviso que mi cerebro tenía problemas para procesarlo. Mi mente automáticamente retrocedió en el tiempo situándose en la lavandería. Me costó bastante comprender el funcionamiento de temporizadores y mezclas de tejidos y cuando por fin lo hice, me trasladaron al jardín. Ahora que empezaba a adaptarme y cogerle el punto a ese nuevo oficio me ofrecían un nuevo cambio. Y no era el cambio en sí mismo lo que me preocupaba ya que esa era la tónica habitual en mi vida. Pero me sentía como una especie de comodín que movían sin parar por un tablero imaginario y lo único que me tranquilizaba es que iban quedando pocos departamentos a los que cambiarme.
Por otro lado no puedo negar que mi ego se acababa de inflar como un pavo real. Ya podía añadir una cosa más a mi currículum imaginario de talentos: soñadora, pintora y panadera. Toda una curiosa combinación.
Cuando iba a abrir la boca para hacer otra de mis sagaces preguntas, volvieron a llamar a la puerta. Esta vez era Alma.

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