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Dicen que las salamanquesas traen suertes
Cuando era pequeña solía buscar gnomos en el bosque. Sospechaba que estaban allí aunque no fuesen visibles para mis ojos. Y tras semanas de levantar piedras, explorar arbustos y trepar árboles, dejé de necesitar una prueba de su existencia; simplemente buscaba el árbol adecuado y a sus pies les dejaba pequeños regalos o paquetitos de comida. Ahí debió de ser cuando la fe hizo aparición en mi vida por primera vez, muchos años antes de que la madurez se encargara de aniquilarla por completo. En esa época llegué a creer en su existencia más allá de toda prueba o lógica y era feliz sólo haciéndoles saber por medio de pequeñas ofrendas que era su amiga y me importaban. Me pregunto en que momento dejé de creer en la existencia de los gnomos. ¿Fue al mismo tiempo que dejé de creer en los milagros?
Para mí sólo había tres explicaciones a la carta que había recibido el día anterior: un error, una broma o un milagro. Y cómo mi nivel de fe andaba algo bajo desde comienzos de mi adolescencia, me había convencido de que no merecía la pena mostrar ni un gramo de esperanza al respecto. Por supuesto, tenía la intención de investigar el origen de la misma pero había otra razón de peso por la que no me había atrevido a volver a sacarla del bolsillo de mi pantalón. De ser verdad lo que había leído podía estar segura de que el rumbo de mi vida iba a dar un giro de ciento ochenta grados.
Oí de fondo la campana que anunciaba la hora de la comida y dejé de achicar agua. No tenía mucho apetito pero me vendría bien parar y dejar de darle vueltas a la cabeza. Cogí un poco de ensalada y me dirigí a una mesa donde estaba Alma comiendo sola.
–Hola corazón!, ¿cómo estas?–, y le lancé una mirada cómplice que ponía énfasis en el “cómo estás”.
–Mucho mejor. Debe ser este sol que está cicatrizando de nuevo las heridas abiertas. Por cierto, gracias de nuevo por acogerme la otra noche. Fuiste la primera persona que se me pasó por la cabeza cuando me vine abajo.
–Sabes que no tienes que darme las gracias. Me siento muy honrada al saber que pensaste en mí en un momento así. Y ya sabes que puedes contar conmigo si el diluvio interior se desata de nuevo.
–¡Dios quiera que no se repita! Ni el interior ni el exterior. De todas formas ahora sé que debo hacer algo para solucionar esta necesidad de amor y acabar con esta soledad interna que llevo negando desde hace tanto tiempo. Lo que no tengo muy claro es por donde empezar…
–Creo que ya has empezado–, y le guiñé un ojo.
Ambas nos dedicamos en silencio a nuestras respectivas ensaladas y entonces me acordé de la investigación pendiente.
–¿Alma…?
No sabía por donde empezar pero como Alma era la única, que yo supiese, que había visto mis pinturas, toda mi indagación se reducía básicamente a ella. Podía guardar la pipa.
–Dime–, contestó mientras revolvía su ensalada como si fuera sopa.
Daba la impresión de que ella tampoco tenía mucho hambre.
–Ayer me llegó esta carta. Échale un vistazo y dime que te parece–, dije mientras sacaba una carta que ya tenía la forma de mis posaderas y se la daba.
Alma la leyó muy despacio y lanzó un chillido sordo. Seguro que había toda una enrevesada explicación detrás de ese chillido. “Te dije que lo resolvería, Watson”, pensé mientras miraba a mi única y principal sospechosa.
–¡No me lo puedo creer! ¡Felicidades, Tara! Ya sabía yo que tus pinturas eran especiales… ¡Aunque esto ha sobrepasado mis mejores expectativas!–, y volvió a leerla.
–Felicidades? Que yo sepa tú eres la única que has visto mis dibujos y cuadros.
Seguía sin entender muy bien lo que estaba pasando. Alma, levemente ruborizada, parecía buscar dentro de ella las palabras adecuadas.
–Verás… ¿Te acuerdas de esas pinturas que me llevé hace unas semanas de tu cabaña? Pues las envié a un buen amigo de Helsinki que tiene una galería de arte para que me diese su opinión. Lo que no entiendo es cómo han llegado a Nueva York..
¡Esas pinturas! Las había olvidado completamente. Así que de verdad era una de las finalistas de un prestigioso concurso en Nueva York. Sentí que me mareaba. Entonces empecé a temblar sin poder controlarme.
–¿Tara? ¿Qué te pasa? Espero que no estés enfadada conmigo.
–¿Enfadada? Creo que te voy a estar agradecida lo que me queda de vida. No sé si me hubiese atrevido a mandar mi trabajo a ningún sitio o al menos tan pronto. Pero tú has creído en mis posibilidades más de lo que yo nunca lo he hecho y parece que estabas en lo cierto. No te preocupes, estoy bien. Sólo un poco mareada.
Seguía temblando a pesar del majestuoso sol que nos calentaba así que Alma, preocupada, me llevó hasta la cocina para darme uno de sus misteriosos tés de hierbas.
–¿Te acuerdas de cuáles enviaste?–, pregunté mientras mi cuerpo empezaba a salir del shock..
–Pues si no recuerdo mal mandé dos. Uno de un increíble y extraño paisaje y… ah, sí: uno de los retratos desnudos de ese misterioso hombre al que no paras de pintar.
Tragué saliva imaginando la cantidad de veces que iba a ser preguntada acerca de Eric a partir de ese momento. Alma siguió hablando, mientras yo hacía todo lo posible por terminarme aquel abominable té.
–… pero sigo sin entender porqué Finn no te ha contactado personalmente o al menos respondido a mi carta. Déjame que le llame esta tarde y averigüe lo que ha pasado.
Yo asentía todo el rato como un ser lobotomizado. Pese al té y al entusiasmo de Alma, no lograba reaccionar al hecho de que al otro lado del planeta algunos de los críticos de arte de más renombre hubiesen decidido que mis pinturas merecían estar clasificadas entre las de todo un batallón de artistas noveles. Ni siquiera podía decir que era un sueño hecho realidad porque, pese a mi prolífica imaginación, ese sueño rebasaba mis mediocres expectativas vitales. Me entraron unas ganas inmensas de chillar. Era como si la felicidad se estuviera despertando y subiese desde muy adentro hasta mi garganta, necesitando explotar. Le di un fuerte abrazo a Alma y le dije que la vería luego. Corrí hasta mi cabaña, cerré la puerta tras de mí y grité como si me hubiese tocado la lotería. Que de hecho era lo que me acababa de pasar. Cuando dejé de gritar vi una nota en el suelo que alguien había deslizado por debajo de la puerta.
La abrí sabiendo de antemano de quién era.
“Es sábado otra vez, y si ‘jazz y vino’ no son de tu agrado se me han ocurrido otras posibilidades:
- Country y whisky
- Bossanova y caipiriñas
- Música de cámara y té
- Rock & Roll y coca-cola
- Rancheras y tequila
Hay más opciones, pero sea cual sea la que elijas te espero esta noche a las nueve en mi cabaña,
Jean”
Me tuve que reír. El pobre Jean estaba teniendo una paciencia prodigiosa conmigo. Y es que desde su primera nota pidiéndome una cita era yo la que lo evitaba. Cita, por cierto, de la que me escabullí vilmente poniendo la más vieja de las excusas: que no me sentía muy bien porque tenía el periodo. Le pregunté además si no le importaba posponerla una semana ya que prefería que se normalizasen un poco las cosas en la comunidad tras el diluvio. Cuándo llegó el siguiente sábado no le podía volver a poner la misma excusa ya que la menstruación femenina no es eterna pero, ¡oh, ironías de la vida!, esta vez era verdad. Entonces utilicé la segunda excusa más utilizada por el género femenino en estos casos: el dolor de cabeza. Estaba dejando mi imagen de mujer fuerte y saludable por los suelos pero lo que más me dolía era tener que mentirle por no tener el coraje de tomar una decisión. Y no era que lo evitase en esas dos semanas como lo hicimos al conocernos. Todo lo contrario. Comíamos de vez en cuando juntos, otras veces nos encontrábamos en la cocina para tomar café e incluso se pasaba por el jardín para charlar un rato. De hecho además de con Alma, él era la persona con la que más hablaba y poco a poco nos estábamos convirtiendo en amigos íntimos. Cuando digo que lo evitaba me refiero a cosas del tipo:
- No ir nunca a su cabaña. Si no me quedaba otro remedio que ir a buscarlo por razones de fuerza mayor, entonces me mantenía a una distancia de unos diez metros, gritando su nombre hasta que saliese.
- De venir él a mi cabaña, nunca lo dejaba entrar. Los pretextos podían ir desde el clásico “está hecha un desastre” hasta el más sofisticado “hay unos gatitos durmiendo dentro y no quiero molestarlos”.
- No citarme nunca en sitios solitarios. Si cuando estábamos en el jardín descubría que no había un alma en cincuenta metros a la redonda, entonces interrumpía la conversación diciendo que estaba muy ocupada y que ya continuaríamos luego.
- Las citas fuera del centro estaban fuera de lugar.
En resumidas cuentas, evitaba tener cualquier tipo de intimidad que dejase espacio para un contacto romántico. Pero este sábado no pensaba poner mas excusas. Pasase lo que pasase iría a esa cita y sería sincera con él y más importante, conmigo misma. Así que le escribí una nota y fui a llevársela a su cabaña sabiendo que a esas horas no se encontraría allí.
Mi nota decía así:
“Lo que tú decidas como música y bebida me parecerá bien. Doy mi veto a ‘Polkas y cervezas’. He consultado con mi cuerpo y me ha dicho que se encuentra en perfecto estado de salud y que está deseando que sean las nueve.
Tara”

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