You are currently browsing the category archive for the 'Capítulo 18' category.

... ellos nos rodean...
…Y al séptimo día paró. Si Dios tardó seis días en crear el mundo le bastaron otros seis para destruir el nuestro. El sol volvió a brillar completamente ajeno al caos reinante y lo hizo con más fuerza que nunca. Había disfrutado de unas rejuvenecedoras vacaciones y ahora nos brindaba toda su fuerza para secar tanta lluvia. Todos suspiramos aliviados por el final del aislamiento, especialmente porque no quedaba ya mucho que comer y acabábamos de entrar en una peligrosa fase de racionamiento. Si lo pensaba detenidamente, de la falta de comida hubiesen sido más preocupantes las consecuencias psicológicas que las físicas, ya que comer se había transformado en la principal fuente de distracción y casi un hobby entre empleados y clientes. La segunda fuente de distracción en aquel encierro sospechaba que sería la causa de un ligero aumento en la tasa de natalidad de la isla en poco menos de nueve meses. Pero esa era otra historia.
Estaba impaciente por salir del centro, moverme un poco y sobre todo, estaba desesperada por comprar más pinturas. Me calcé mis zapatillas de deporte, metí unas cuantas cosas en mi mochila y me escabullí de las tareas de reconstrucción comprometiéndome a trabajar por la tarde. Según salía por la puerta principal algo que recordé me hizo regresar a mi cabaña para coger una gorra y unas gafas de sol. No es que me quisiera proteger del sol. Lo que había recordado era el pequeño incidente de striptease que protagonicé aquella aciaga noche y dado que no había pisado el pueblo desde entonces prefería intentar camuflarme por si acaso hubiese corrido el rumor. Pero quién sabe. Quizás estaba sacando las cosas de quicio.
Nada más llegar, paseé un rato de incógnito, tranquila al comprobar que nadie me señalaba con el dedo al pasar. Entonces me metí en la tienda del pueblo. Una especie de bazar tutti-frutti donde se podía comprar desde bicicletas hasta ropa interior de marca. ¡Tenían literalmente de todo! En cuanto entré en la tienda noté cómo un pequeño grupo de señoras, que hablaban con la dueña, bajaban el tono de voz. Saludé y me entretuve curioseando entre las pilas de objetos que se amontonaban sin ninguna lógica en las estanterías. No obtuve ninguna reacción a mi saludo y pensé que podía deberse a que estaban demasiado ocupadas resolviendo temas de vital importancia para la vida social de la zona. O pudiera ser también que el saludo no fuese un arte que se estilase por aquel pueblo. Tanto la dueña del bazar como sus tertulianas no paraban de echarme miraditas de reojo. Me estaban empezando a poner nerviosa.
El grupito al fin decidió terminar su “simposio del cotilleo” y noté que daban el rodeo más extraño posible para salir de la tienda. ¿Eran imaginaciones mías o lo hacían para evitar acercárseme? Sea como fuere, nada en esa isla era muy normal, yo incluida, así que me volví a centrar en lo que había venido a hacer que era comprar toneladas de pinturas y blocs donde dibujar.
Entonces, cuando estaba a punto de abrir la boca para hacer mi pedido, la señora al otro lado del mostrador se dio la vuelta y desapareció detrás de una cortina. Ingenua de mí, pensé que había ido a buscar algún género que se le había terminado al almacén y me quedé mirando fijamente la cortina, esperando la reaparición estelar de la tendera. Y esperé. Y esperé. Y nadie apareció. Como no llevaba reloj no podía estar segura de cuánto tiempo había pasado, pero al notar que mis pies perdían sensibilidad por estar demasiado rato en la misma postura, decidí que ya era suficiente. La espera se acababa en ese mismo instante. Un “clic” se produjo en mi cabeza, quizás fruto de años de acumular similares abusos y falta de educación de gente sin respeto hacia el prójimo. Hasta donde podía recordar siempre ofrecía la otra mejilla o me daba la vuelta resignada sin hacer nada al respecto. Así que de una manera madura y civilizada, cogí mi pintalabios de la mochila (aún no entiendo qué me hizo incluirlo entre los enseres que cogí aquella mañana) y escribí con letras grandes en el mostrador:
“¡El tiempo es un bien precioso que no hay que hacerle perder a la gente!
”PD: Por cierto, iba a comprar la bicicleta.”
Me fui de allí con la cabeza bien alta y cierta emoción interna por mi osadía. Acababa también de confirmar que no eran sólo paranoias mías: el pueblo ya me había juzgado y condenado. ¡Y todo por un inacabado strip tease del que ni siquiera me acordaba!
Me senté en el banco de un pequeño parque a las afueras, indignada y triste por tanto prejuicio. No habían pasado aún ni dos minutos cuando un hombre que parecía más antiguo que el mismo pueblo se sentó a mi lado. Se apoyaba en un bastón de madera pulida, un gran sombrero de paja le cubría la cabeza y poseía la colección de arrugas más extraordinaria que había visto.
–¡Buenos días, señorita!
Su voz cavernosa aspiró mis sombríos pensamientos. Al menos alguien en este pueblo se dignaba saludarme.
–Buenos días–, respondí insegura.
–Creo tener la solución a su problema–, dijo mirando fijamente al horizonte.
–¿Sí?
No tenía ni idea de lo que estaba diciendo y en un principio pensé que sufría un episodio de senilidad fruto de su avanzada edad.
–No se preocupe por lo que la gente piense. Todo tiene solución–, volvió a decir el oráculo del bastón casi sin pestañear.
Pero esta vez era todo oídos. Había conectado rápidamente su “no se preocupe por lo que piense la gente” con mi “noche de alcoholizado descoque”. Quizás el buen hombre tuviese realmente alguna idea de cómo volver a ser aceptada en tan retrógrado pueblo.
–El tiempo en esta isla no ayuda. Tiene que utilizar una ayuda externa.
“Ayuda”. Estaba embobada oyéndole hablar.
–Sé exactamente cuál es la que necesita. Y no es difícil de conseguir, si le interesa intentarlo. Pero debe ser paciente.
Yo le oía sin ser capaz de intervenir por miedo a perderle el hilo a tan carismático gurú.
–… claro que si a usted le gusta que siga así, es una decisión personal.
–No. Por supuesto que no… –, me apresuré a decir.
–Bien, entonces creo que debería probar primero con Keráztase.
–Ke-ráz-ta-se– repetí, con la absoluta convicción que encerraba la solución a todos mis problemas. Quizás se tratara del nombre de otro sabio con el que debía hablar.
–Lo mejor es que no espere. Cuanto antes mejor.
Lo decía con tal seriedad que no pude hacer otra cosa que asentir con solemnidad.
–Y si no se le soluciona el problema, lo último que le queda es irse a Garnié…
De qué me sonaba mí eso… ¿El nombre de un sitio? ¿Otra isla? El caso es que me sonaba una campanita en la cabeza intentando avisarme de algo pero no podía llegar a la respuesta.
–Es que hay unas señoras de lo más racistas por este pueblo y con el peinado que llevaba la otra noche me da que alguna se ha creído lo que no es.
¿Racismo? ¿Peinado? Seguro que le habría patinado alguna neurona en medio de su iluminada predicación
–… pero con el producto adecuado su pelo logrará vencer esta tremenda humedad ambiental y volver a su forma original. Cómo decía antes: el tiempo no ayuda nada al pelo en esta isla. Es que paso mucho tiempo en la peluquería del pueblo, sabe. No hay muchos entretenimientos por aquí y …
No daba crédito. Por lo visto había estado refiriéndose todo el rato al peinado afro que lucí la noche de mi cita con Jean. Look involuntariamente creado al secárseme el pelo en el trayecto en moto. ¡Y yo pensando que había encontrado a una fuente de sabiduría viviente! ¡En todo caso se trataba del gurú del pelo! Además, si era cierto lo que me acababa de contar, no era un exceso de puritanismo lo que habría causado el incidente de la tienda sino un absurdo brote de racismo de algunas señoras (por llamarlas de alguna manera) del pueblo. ¡Un peinado les había hecho creer que no era de su misma raza y por ello indeseable! Era un hecho que los últimos meses de sol me habían provisto de un saludable bronceado pero todo aquello rayaba el surrealismo más rancio que hubiese conocido. En fin, que la intolerancia y la estrechez mental también estaban de moda en ese perdido rincón del mundo.
Me despedí de él agradeciéndole sinceramente sus consejos y me alejé sonriendo por dentro aunque un poco triste por haber perdido a mi gurú y mi interesante condición de casquivana repudiada. Según emprendía el camino de vuelta decidí que ya le pediría a algún compañero que se acercase al pueblo esa tarde y me comprara las pinturas. No estaba de humor para enfrentarme a un grupo de señoras racistas, además de miopes.
Cuando volví, toda la comunidad trabajaba a un ritmo delirante tratando de rescatar lo poquito que nos había dejado el temporal. Como miembro del equipo de jardinería me esperaba un trabajo monumental y cuanto antes me pusiera manos a la obra mejor. Esta vez prescindí de mi atuendo de “la casa de la pradera” y me puse una camiseta y un pantalón viejo. Lo que sí usé de mi anterior atuendo fueron las botas de goma, dado que me era casi imposible caminar por el jardín sin ellas. Lo más curioso fue recordar cómo mi primera tarea había sido la de regar y siete días más tarde lo que se me encomendaba era achicar el agua que inundaba todo el jardín.
Sólo después de un par de semanas de duro trabajo empezamos a ver los resultados. El paisaje a mi alrededor poco tenía que ver con aquel jardín paradisíaco que recordaba de mi llegada, pero con un poco de esfuerzo y una ayudita extra de la naturaleza confiaba en que borraríamos pronto todas las señales de devastación causadas por las lluvias. De hecho ya había una clara mejoría: ahora en vez de lagos y charcos estábamos rodeados de lodo y barro. Quizás llamarlo mejoría era un poco exagerado.
Y en ese trabajo de reconstrucción estaba yo, de rodillas e intentando rescatar de los últimos charcos a nuestras moribundas coliflores, cuando Karen se me acercó para decirme que había una carta certificada para mí en la cocina.
La carretera de acceso seguía cortada para los coches pero el cartero, en un acto de gran generosidad, se acercaba una vez a la semana en bicicleta para traernos el correo que se le iba amontonando en la oficina. Llegué corriendo a la cocina para no hacerle esperar pero cuando entré me lo encontré comiéndose un gran trozo de tarta de chocolate y flirteando descaradamente con una de las cocineras. Ya me daba yo cuenta de donde salía tanta generosidad. Firmé el resguardo y me entregó un sobre cubierto de huellas de cacao. Estaba segura de que sería de alguno de mis amigos sin e-mail aunque me extrañaba que viniese certificada. Miré el remitente y vi que era de Nueva York. No conocía a nadie en Nueva York. Es más, que yo supiese, no conocía a nadie en los Estados Unidos.
Abrí muy despacio el sobre, con más miedo que curiosidad. El remitente se presentaba diciendo que representaba a una conocida galería de arte de Manhatan. Que le complacía informarme que era una de los tres finalistas en el concurso de jóvenes promesas de ese año. Que me contactarían en breve para darme las fechas de la entrega de premios. Y no decía mucho más. Miré a un lado y al otro buscando al gracioso de turno. Seguíamos sin electricidad así que no podía ser la televisión, grabando un programa de cámara oculta. ¿Y algún compañero compinchado con el cartero? Miré hacia el hombrecillo que seguía hinchándose a tarta de chocolate y me pareció improbable que tuviese relación con tan retorcida broma. Karen me miró preocupada.
–¿Estás bien, Tara? ¿Malas noticias?–, dijo mientras retomaba sus tareas en la cocina.
–No, al revés. Aunque no estoy segura del todo. Después te cuento.
Si de verdad había una cámara grabándome no iba a darles la satisfacción de que se divirtieran a mi costa. Decidí guardarme la carta en el bolsillo del pantalón y volver al trabajo. Mi corazón latía muy fuerte. ¿Y si era cierto lo que acababa de leer? ¿Pero cómo era posible? En mi vida me había presentado a un concurso de nada así que la carta no tenía ningún sentido. A no ser que…
Mejor sería que terminase primero mi trabajo en el jardín, antes de desempolvar la pipa de Sherlock Holmes.

Últimos comentarios