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Manteniéndonos firmes en el temporal
Ya llevábamos cuatro días incomunicados. Ni el teléfono ni internet funcionaban y seguíamos sin poder salir del minúsculo rincón del valle en donde se encontraba el centro. De hecho, prácticamente no podíamos salir de nuestras cabañas o habitaciones. Sólo íbamos a comer, al baño o a observar cómo la carretera que nos conectaba con el mundo se desintegraba cada vez más. Y algunos jugábamos a las cartas durante horas en la cocina donde básicamente nos aburríamos soberanamente en grupo, que la verdad, siempre es más agradecido que hacerlo solos.
El sonido de la lluvia se había instalado en nuestros tímpanos, constante y monótono, rellenando el silencio. Como nuevo miembro del departamento de jardinería no tenía nada que hacer. Regar, obviamente, no hacía falta. Plantar era absurdo teniendo en cuenta que ya casi no quedaba tierra en donde hacerlo. Y para recolectar habría que irse varias millas mar adentro que era donde probablemente estuviera el producto de nuestra huerta. Todo lo que quedaba era una sucesión de pequeños lagos donde lo único posible era plantar anémonas. Los que sí trabajaban eran los del departamento técnico y la cocina. Unos creando desagües al mar que impidiesen que las aguas nos cubriesen y los otros dando de comer a más de cuarenta seres humanos sin nada mejor que hacer que tener siempre algo en la boca.
Los del departamento de jardinería nos dividimos en dos grupos para ayudar con la comida y la fabricación de canales. Mi misión consistía en hacer pan por las mañanas, ya que no podíamos acercarnos al pueblo a comprarlo como solíamos. Me había ofrecido voluntaria al ser una de las muchas cosas que había aprendido en mi precaria vida noreuropea. Sin contar las innumerables ventajas que tenía el trabajo de la cocina frente al de los “cavadores de zanjas” a la intemperie. El único inconveniente era el carácter madrugador del oficio de panadero. Me empecé a despertar tres horas antes de lo que mi cuerpo estaba acostumbrado: las cinco y media de la mañana. Me pareció un margen prudente para empezar a trabajar ya que de no hacerlo así nunca tendría listos los panes para la hora del desayuno. No me importó demasiado, ya que la quietud de esas primeras horas del día me parecía muy seductora. Todos dormían, ajenos al desastre de su alrededor y yo desde la cocina reinaba en silencio, mientras una familia de gatos pasados por agua me observaba con interés.
Mi primera mañana de panadera no fue todo lo fácil que hubiese deseado pero al menos logré hornear algo comestible. Al ofrecerme no pensé en la enorme diferencia que había entre hacer pan para seis personas y tener que hacerlo para más de cuarenta. El primer día hice siete insuficientes ejemplares de algo que podría describir como “pan ladrillo”. Y sudé mucho. La siguiente mañana fui mejorando a un ritmo sorprendente y en mi tercera logré hacer pan para alimentar a más estómagos de los que podíamos contar. Además mi creatividad no tenía límites y comencé a inventarme nuevas formas y sabores. Un pan con forma de hoja y sabor a flores. Un pan con forma de nube relleno de frutos secos y queso. Puntiagudos panecillos de colores. Me entusiasmaba inventar modelos que sorprendiesen a los aburridos prisioneros de aquella particular arca de Noé.
Además de hornear pasaba horas jugando a las cartas con compañeros o clientes. La cocina empezaba a parecerse a una gran sala de juego y se rumoreaba (aunque ninguno de mis amigos más cercanos pudo atestiguarlo) que pasada la media noche los inocentes cinquillos se transformaban en strip póquer. Después de comer y tomarme un té con Alma o Karen, generalmente me refugiaba en mi pequeño hogar para pintar hasta la hora de la cena. Ese día, el cuarto desde que empezaran las lluvias, cuando abrí la puerta de mi cabaña -,a las dieciséis y veinticinco minutos exactamente,- dos cosas me sumieron en la más profunda de las ansiedades. La primera era una invitación de Jean para encontrarnos al día siguiente. La nota decía así:
“Sábado por la noche:
¿Se te ocurre algo mejor que oír jazz acompañada por la suave luz de las velas, una copa de Chianti y yo?
Te espero en mi cabaña a partir de las nueve,
Jean”
¡Madre mía! ¿Cómo es que había pasado de evitarme a dejarme una nota cómo esa? Aunque he de confesar que no me pillaba absolutamente desprevenida. Desde nuestra desastrosa primera cita la barrera entre nosotros se había desintegrado y se podía decir que pese a que seguía existiendo cierta timidez por ambos lados, nos comportábamos como buenos amigos. Además, era innegable que seguía abierto entre nosotros un “yonosequé”. Me había percatado de cómo ahora era él quien estaba intentando un acercamiento de otro tipo y esa nota era la constatación impresa de su recobrado valor. Finalmente había matado a su adolescente pero, ironías de la vida, el mío había reaparecido por sorpresa. Y he de confesar que no sabía como mandarlo de una patada a donde debía volver, que no era ni más ni menos que al reino de nunca jamás. La razón de mi repentina aprensión a un contacto más íntimo con Jean era la reaparición de Eric. Sentía un genuino amor por el misterioso hombre del tren y eso me hacía dudar sobre si mis sentimientos hacia Jean eran reales. ¿No podía ser que esa clara atracción física hacia Jean no fuese otra cosa que un instinto primario insatisfecho?
Mi mente había llegado a una serie de enmarañadas conclusiones: si yo osaba introducir un hombre de carne y hueso en mi cama, en este caso Jean, Eric desaparecería de mis sueños. Mi sentido común me decía que eso era precisamente lo que debía hacer para reinstaurar una pizca de la normalidad perdida en mi vida. Tener al palomo en mano y dejar a los otros cien volar. Pero todavía no estaba preparada para arriesgar una historia tan especial y mágica. Pudiera ser que se me hubiese soltado una tuerca del cerebro pero no sabía como solucionar la situación.
Volviendo a mi ataque de ansiedad, la segunda razón responsable del mismo fue el constatar que se me había acabado una gran parte de los colores que usaba. ¿Cómo era posible que no me hubiese dado cuenta de eso la noche anterior? Hice un ejercicio de memoria sobre lo que había sido mi última sesión con los pinceles. Sólo me acordaba de que había estado pintando hasta muy tarde, alcanzando uno de mis habituales trances. Y a juzgar por las salpicaduras de las paredes parecía que el trance se había tornado delirio. Me iba a costar sangre, sudor y lágrimas devolver a las paredes su color original. También recuerdo que cuando desperté por la mañana estaba dormida encima de uno de mis recién pintados cuadros y lo mucho que me costó despegármelo de la cara. Contemplé de nuevo los colores que quedaban. Sólo tres: azul, negro y blanco. A no ser que me diese por pintar pitufos no iba a llegar muy lejos en mis creaciones. E ir al pueblo a comprar más estaba indiscutiblemente fuera de lugar. Así que me quedé sentada alrededor de dos horas con cara enfurruñada y maldiciendo mi suerte. Entonces alguna luz debió encenderse en mi interior porque recordé que esa actitud era más propia de mi antiguo yo y que además no me llevaba a ninguna parte. Así que respiré hondo, cerré los ojos y reflexioné sobre las posibles soluciones. Al cabo de unos minutos había dado con una. Cogí una bolsa de plástico y salí a la lluvia como presa de un ataque de locura, riendo y recogiendo cosas de entre los matorrales. Después me dirigí a la cocina y llevé a cabo un pequeño saqueo tratando de pasar todo lo más desapercibida que le era posible a alguien empapado que sigue riendo a carcajada limpia sin motivo aparente. Volví a mi cabaña y tras secarme un poco, vacié el contenido de la bolsa en el suelo. Delante de mí tenía todos los ingredientes que a mi modo de ver precisaba para crear los colores que me hacían falta. Primero alineé los pequeños bols que acababa de coger de la cocina para poner en cada uno de ellos los nuevos colores. Con ayuda del mortero, unas hojas de un arbusto cercano y un poquito de agua creé un vivo color verde. Con un barro muy fino que encontré en una de las pocas áreas sin anegar obtuve el color marrón. Gracias a unas bayas machacadas conseguí un brillante color rojo. Con un poco de azafrán diluido conseguí un amarillo anaranjado. Estaba de lo más contenta haciendo mis mezclas cuando alguien llamó a la puerta. Nada más abrir un huracán con brazos se me tiró al cuello. Por la forma de entrar sólo podía ser Alma. Me abrazó muy fuerte y dio un gemido combinado con palabras que no logré entender. Cuando logré despegarla de mi hombro pude comprobar cómo su cara estaba surcada por dos líneas negras que le caían desde los ojos. Estaba llorando.
–¡Tara, creo que sufro de un ataque de desamor!–, dijo entre sollozos.
–¿…Perdona?–, no estaba segura de haber oído bien.
–¡Me siento sooola…!
Y las lágrimas regresaron como un torrente.
Mientras la cogía entre mis brazos para tratar de consolarla empecé a entender lo que pasaba: esa lluvia que llevaba ya cuatro días cayendo sin parar estaba removiendo en nosotros algo más que la tierra en donde pisábamos. Nos estaba dando tiempo para pensar. Quizás más del que necesitábamos o estábamos acostumbrados. Y en el caso de Alma ese tiempo había traído de vuelta miedos y carencias sepultadas por la rutina diaria.
De momento no se me ocurría nada que pudiera hacer más que abrazarla y demostrarle que no estaba sola, que tenía a alguien con quién compartir también su pena. Así que la dejé llorar sin intentar interrumpir unas lágrimas necesarias. Incluso lloré con ella, acompañándola en una profunda tristeza tan lícita como la felicidad. Y meciéndola suavemente, mientras su cabeza descansaba en mi regazo, se fue quedando dormida. No quise despertarla, así que me dediqué a observar la lluvia a través de la ventana y a tatarear antiguas canciones que recordaba de mi niñez. Cerré los ojos y el resto de mis sentidos se intensificaron. Sentía el repiqueteo armonioso de las gotas golpeando la tierra, la respiración entrecortada de Alma suavizándose poco a poco y mi canción de cuna que se fundía con todos los ruidos de alrededor. Sentí entonces algo más. Un olor que me envolvía como un viento cálido. Un olor a bosque en verano, tan acogedor que un cosquilleo se acomodó en mi nuca. Era enebro y madera. Era Eric. En esa noche oscura de soledad, él estaba a mi lado.

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