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Una flor de nuestro jardín
Mi primer día en el jardín. Estaba tan contenta que me puse el atuendo completo sabiendo de antemano que iba a promover toda una serie de comentarios jocosos al respecto. Pero como dijo Red Buttler en uno de los momentos estelares del cine: “Francamente, querida, me importa un bledo”. Era curioso lo ligada que estaba mi vida a Lo que el viento se llevó, por cierto.
Pudiera ser que el ponerme un sombrero de paja a lo “alegre jardinera”, con flores incluidas, en uno de los pocos días sin sol desde mi llegada a esa isla, pecara de estrafalario. Pero es que además rematé el estilismo con un mono azul, botas, guantes de goma y un rastrillo que empuñaba como si fuera un bastón. Estaba para la portada de una revista de jardinería. El problema era que mi muy logrado uniforme no iba en proporción con algo tan anodino como regar las plantas, que era la única tarea que se me había encomendado para ese día.
La verdad es que estaba encantada con mi nuevo trabajo. Había fantaseado mucho acerca de ese cambio de rumbo profesional, con muchos más incentivos y posibilidades que el limitado mundo de la lavandería. No era ajena al hecho de que esa tampoco era mi “vocación” y que como todo lo que había comenzado en mi vida sin la ayuda de esta “esquiva dama” tenía fecha de caducidad. Pero los jardines y la huerta eran un universo lleno de incentivos para mi creatividad de pintora en ciernes. Colores, texturas, formas y composiciones. Pequeños bodegones vivientes en continua evolución. Cada vez más el pintar se convertía en algo tan fundamental para mí como la medicación diaria de un enfermo. Medicación contra la mediocridad, en mi caso. Y nutrir mi imaginación era fundamental para esta primera etapa. Observar la realidad desde todos los ángulos que fuese capaz para entonces voltearla y volverla a observar. Lo mejor de ese trabajo era cómo desde el jardín podría contemplar la pequeña y excéntrica realidad en la que vivía, desde una primera fila. Y no es que mi problema radicara en una falta de imaginación, pero sí que era necesario un cambio de temática porque… ¡existía un límite que yo había rebasado para pintar el retrato de una misma persona! Sobra decir qué persona. Último recuento: ciento cuarenta.
De todas formas mis comienzos en el maravilloso mundo de la jardinería no fueron de lo más halagüeños. Tardé algo más de cuarenta y cinco minutos sólo en desenredar la manguera. Sudaba por cada poro de mi anatomía pero muy digna no me quité ni los guantes de goma. Razón más que probable de porqué tardé cuarenta y cinco minutos en una tarea que cualquier persona con las neuronas en forma haría en diez. Cuando pude controlar levemente mis glándulas sudoríparas me dispuse a abrir el grifo para comenzar mi faena. La cosa más extraña me pasó al girar la llave de paso. El agua comenzó a caer desde arriba como si de una ducha se tratase. La cerré a toda velocidad pensando que era yo la causante del fenómeno. Pero seguía cayendo sin parar. Entonces a riesgo de perder un ojo, miré hacia arriba. No era ninguna manguera. Era el diluvio “parte II” que acababa de empezar en el mismito momento en el que me disponía a regar. ¡Ni que Dios se hubiese apiadado y quisiera ahorrarme el trabajo! Aunque se le estaba yendo un poco la mano, a mi modo de ver. En realidad ese repentino diluvio tenía toda la pinta de ser un serio arranque violento y admonitorio de una naturaleza temperamental. Algo así como unos maternales azotes en nuestro trasero de seres irresponsables y destructivos.
Para cuando vi las flores de mi sombrero salir flotando con la pequeña riada que comenzaba, reaccioné y empecé a correr. Me refugié en la primera puerta que pude distinguir entre la cortina de agua. Vaya por Dios. Parecía que alguien allá arriba gozaba de un muy particular sentido del humor. Mi primer día de jardinera me lo iba a pasar metida en la lavandería.
Mientras intentaba quitarme las dos barcas que llevaba por botas alguien me arrolló tirándome al suelo. Una perfectamente apilada columna de toallas se nos cayó encima sepultándonos bajo una agradable fragancia a lavanda y jabón. No pude evitar una sonrisita maliciosa pensando en la pequeña Cloe doblando al día siguiente el revoltijo de toallas. Como leyéndome la mente una carcajada amortiguada se escapó desde debajo de la montaña de algodón. Cuando hube quitado la última capa descubrí a una alma pasada por agua. Quiero decir que era Alma, la acupunturista, absolutamente empapada.
–¡Hola, Tara!–, dijo divertida. –Perdona por haberte empujado es que me ha sorprendido el chaparrón de camino a echarme un bañito en el mar. ¡Y mira tu por donde que al final ha sido ducha!–, y comenzó a reír de nuevo.
–Bueno, al menos ambas hemos encontrado un refugio seco y bien provisto–, dije mirando la gran cantidad de toallas a nuestro alrededor.
Nos construimos un mullido colchón con lo que teníamos a mano y nos sentamos a mirar el agua caer, ahora con más fuerza que nunca. A ninguna de las dos nos apetecía enfrentarnos con esa lluvia de puñales disfrazados de agua.
–Oye, Tara, ¿cómo va tu especial historia de amor?
–¿Cuál?–, dije con cierto nerviosismo.
–¡Anda! ¿Es que hay más de una?
–No, no–, me apresuré a decir. –En realidad no hay ninguna. Nada de nada.
–Pues has tapizado esa nada con unos retratos muy interesantes he de decir…–, y se rió de forma pícara.
–¡Ah, eso! Ojalá fuese algo más que proyecciones de un corazón insatisfecho. Creo que mi mente ha creado algo que debía tener guardado de mis fantasías adolescentes. Ya sabes, esas que hablan de un amor apasionado y para toda la vida. Pero cada vez más me voy convenciendo de que ese tipo de amor no puede existir.
–¿Cómo que no existe? ¡Claro que sí! Todavía no lo he encontrado pero tengo el mejor ejemplo del mundo de que es posible…
Ahora estaba realmente intrigada.
–Mis padres–, dijo con solemnidad.
–Tus padres…–, repetí yo para confirmar que lo que había entendido era correcto.
–Sí. Llevan treinta y cinco años casados, nunca han discutido y se quieren como el primer día.
–¿Nunca, nunca?–, dije incrédula
–Nunca–, sentenció Alma.
¿Cómo era posible? Ahí había truco seguro. ¿Amor como el primer día y sin ninguna discusión? O Alma tenía una visión desfigurada de su realidad familiar o yo tenía un corazón muy amargado por mis pasadas experiencias. Ante mi cara estupefacta ella pasó a explicarme en detalle el secreto de la armonía familiar.
¡Ahhhhhhhh! Ya decía yo que tenía que haber truco. He de decir que no hubiera llegado a imaginarme esa posibilidad ni aunque me la hubiesen sugerido. Cuanto más me hablaba Alma de sus padres más increíble me parecía todo. En principio se me pasó por la cabeza que el secreto estaba en que casi no habían convivido en todo ese tiempo. Sería la explicación más lógica, pero no era el caso. Ellos habían vivido casi cada día de esos treinta y cinco años juntos. ¿Cuál era su secreto entonces?
Pues que ninguno de los dos hablaba el idioma del otro.
Increíble pero cierto. Él era finlandés y ella francesa. La madre de Alma conoció a su futuro marido en un viaje con su familia por Finlandia. Parece ser que el abuelo de Alma, un comerciante adinerado y bastante emprendedor para la época, tenía que sellar una transacción de negocios en Helsinki así que decidió llevar a toda la familia y aprovechar para combinar negocios con placer. Cuando se vieron en un pequeño mercado local fue amor a primera vista. Ella nunca volvería a Francia.
Él vivía en una pequeña y aislada granja que lo abastecía de todo lo necesario para subsistir. Era un hombre de campo que apenas sabía leer y escribir en su propio idioma. La madre, algo más cultivada, no tuvo la oportunidad de aprender mucho del idioma de su amado al relacionarse con la gente local sólo en visitas esporádicas al mercado de la ciudad más cercana, a dos horas de la granja. De hecho, sus mejores amigos eran unos granjeros que no vivían muy lejos y que chapurreaban un poco de francés.
El caso es que ninguno de los dos había aprendido el idioma del otro; sólo sabían palabras y frases sueltas para entenderse en el día a día. Podían mantener pequeñas conversaciones siempre llenas de gestos, sonidos y manos. Y no es que fuesen cortos de entendedoras o vagos, simplemente no consideraron que las palabras fuesen algo tan importante. Su comunicación era simple pero Alma decía que ella siempre había sospechado que se podían leer la mente. Y se besaban mucho, eso sí. Había química entre ellos como para montar un laboratorio.
Nos quedamos en silencio. Probablemente ambas pensando en ese gran amor que todavía no nos había llegado.

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