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Buscando en las profundidades del alma
Esa mañana, después de varios días sin casi salir de mi cabaña, me desperté con el ruido de alguien que llamaba a mi puerta. Era Alma, la acupunturista del centro y una de mis nuevas amigas. Venía a ver como estaba y traía un té de hierbas de olor tan indescriptible como sus propiedades curativas.
Cuándo pronuncié la palabra “¡adelante!” no fui consciente del paisaje que me rodeaba. Decenas de folios esparcidos por el suelo que incluso me cubrían parcialmente. Visiones oníricas, mundos fantásticos, cielos, mares, caras y cuerpos todos pertenecientes a la misma persona… Por poco se le cae la taza.
–¡Vaya! ¿Es esto fruto de algún estado febril? ¡Porque si es así me he equivocado de té!
“No sé decir a ciencia cierta de dónde sale todo esto pero parece más serio que una enfermedad”, dije para mis adentros.
–¡Es francamente impresionante!–, dijo sin despegar la vista del suelo, recorriendo una y otra vez mis dibujos. –¿Quién es él?
–No lo sé.
Estaba apunto de confesar mi más íntimo secreto.
–¡Vamos! Demasiados detalles veo yo en esa anatomía como para creerme que no la conoces.
–La verdad es que no lo conozco. Sólo es algo que he soñado…
–¡Pues ya me dirás cómo haces para soñar algo así! ¿Quizás un amante olvidado?
–No, de verdad. Ojalá supiera de dónde viene. Aunque si de algo estoy segura es de que al menos en esta vida todavía no lo he conocido. Lo increíble es que hay momentos en los que es tan real en mi cabeza como cualquiera de vosotros y tengo que hacer un esfuerzo para recordar que es algo inventado en algún rincón oscuro de mi deseo…
–¡Ay, cariño, me parece que lo que tú necesitas es alguien de carne y hueso que te quite bien las telarañas!–, y se rió de forma descarada.
Mientras seguía hojeando ávidamente mis dibujos y pinturas hizo señas para que bebiese del extraño brebaje verduzco que me había traído.
–Sabes, Tara, creo que tienes mucho talento. Estos trabajos son increíbles… ¿Te importa si te cojo alguno? Como parecen repetidos…–, y pude ver como se sonrojaba.
–Gracias–, dije tímidamente –y sí, coge lo que quieras. Ya no sé dónde poner tanto papel. ¡Voy a tener que mudarme en breve a un sitio más grande como siga así!
No me fijé en cuáles seleccionaba. Yo misma estaba absorta mirando uno de los retratos mientras sorbía lentamente la misteriosa infusión. Un extraño sopor se instaló en mi cabeza y decidí que era un buen momento para volver a tumbarme. Según mis ojos se cerraban saqué fuerzas para preguntar para que servía esa infusión.
–Te devuelve a lo que de verdad eres…–, me pareció oír.
–A lo que de verdad soy….–, y me debí de quedar dormida porque no recuerdo haberla visto marcharse.
Todo estaba oscuro, pero sentía la presencia de algo o alguien cerca de mí. Una voz sin voz me preguntó dulcemente:
–¿Quién eres?
–Tara.
–Eso es sólo un nombre.
–Soy una mujer de treinta años. Morena. Mido un metro cincuenta y cinco. Peso…
–Esa es sólo una descripción física temporal… ¿Quién eres de verdad?
–Soy una buscadora.
–Eso esta mejor. ¿Y qué es lo que buscas?
–Todavía no lo sé.
Y desperté. ¿Buscadora? Mis sueños estaban adquiriendo un grado de surrealismo inexplicable.
Me levanté de la cama despegándome de las sábanas que estaban cerca de convertirse en mi segunda piel. Todavía no había amanecido pero sentí que las paredes se me caían encima y necesitaba salir. Al abrir la puerta el olor del mar me dio los buenos días. Y así empecé a caminar sin rumbo fijo por uno de los senderos que se perdían entre los árboles de mango y las palmeras. Un paso, otro y otro más. Mirándome los pies, mirando las piedras del camino y sorteando las plantas. Pasos pequeños, como flotando. Pasos que tuvieron que detenerse al encontrarse una barrera de agua.
Levanté los ojos y vi el mar delante de mí. Todavía no había salido el sol y el agua tenía un color plateado. En un impulso me quité toda la ropa y me lancé al agua. Me atravesó una corriente de sensaciones imposibles de explicar. Eran tan intensas que me puse a gritar y a dar volteretas en el agua. Me daba igual si alguien me oía. ¡Y qué decir de si me veían, con lo mojigata que siempre había sido! En ese momento era la única habitante de la tierra. Además, era libre.
Y así, despertado por una extraña y escandalosa mujer desnuda, el sol se asomó tímido desde dentro del mar. Cuando salí del agua era como una pasa de uva con patas. No tenía muy claro el lapso de tiempo que había estado metida en el mar pero la textura de mi piel me dejó bastante claro que había sido más de lo recomendable. Me puse el camisón sin secarme y me fui directamente a por el desayuno. Me crucé de camino con unos clientes haciendo tai-chí al borde del mar y con un par de gatos que los observaban curiosos.
Tenía muchísimo hambre y unas preocupantes ganas de abrazar a todo ser humano que se me cruzara. En dos palabras: estaba eufórica. Cuando llegué al buffet cogí dos platos y los llené hasta el borde con todo de lo que había en la mesa. Un par de compañeros me miraron y se rieron. Les sonreí y les lancé un beso. Me importaba más bien poco lo que la gente pensase. Seguía libre. Pero tras cinco minutos de comilona, algo me hizo parar. Una palabra se había deslizado suavemente por una rendija de mi entusiasmo y empezaba a ganar espacio. ¿Buscadora?
Estaba segura de que, más que un sueño, lo que había tenido era una señal encriptada. Un símbolo de algo importante que debía descifrar. ¿Pero qué? Intenté volver a concentrarme en mis menos rebosantes platos pero mi apetito se había desvanecido. Era hora de ir al trabajo y dejar las incógnitas para más tarde.
Llegué a la lavandería y mi ánimo decayó un poco por el considerable caos que me rodeaba. Pero entonces, entre la pila de ropa recién lavada, una pequeña cabeza asomó, me miró y siguió doblando toallas a un ritmo frenético. Tardé bastante en reaccionar frente al hecho de que una completa extraña estuviese haciendo mi trabajo. Le sonreí y pregunté quién era, pero pareció no entenderme. Así que sin decir nada más me situé enfrente de ella y me puse a doblar toallas también. La diminuta usurpadora seguía sin decir ni mú. Quizás con mi metro cincuenta y cinco centímetros permitirme el lujo de llamar a alguien pequeño pueda sonar cuanto menos irreverente pero es que a la mujer que tenía enfrente le sacaba al menos una cabeza. Pero pequeña o no, poseía una agilidad tal en sus manos de muñeca que doblaba la ropa a una velocidad de vértigo.
Mi orgullo de lavandera novata no podía permitir semejante desafío. ¡Le iba a demostrar quién era la reina de la lavandería! En tan estúpida competición y con calambres en los brazos me encontró Kris, uno de los jardineros, cuando entró a buscarme. Fue providencial que me interrumpiese porque sin duda podría haber seguido así toda la mañana. O hasta que perdiera la sensibilidad de los miembros superiores.
–¿Qué haces ahí? ¡Se supone que tendrías que estar trabajando en el jardín!–, dijo Kris con cara seria y mirando a mi oponente. –Hola, Cloe–. Y le dedico una sonrisa que le fue correspondida.
¿Cómo? No entendía nada. ¿Pudiera ser que no me hubiese despertado del todo? Aunque comparado con la media de mis últimos sueños ese dejaba mucho que desear. Casi me decantaba más por la teoría de que todo aquello no era más que la bromita sin gracia de algunos de mis compañeros. Y por cierto: ¿Por qué la “dobladora compulsiva” no había respondido a mi sonrisa como con Kris?
–¿Nadie te ha dicho que te han trasladado de la lavandería al jardín?
Negué con la cabeza.
–¡Pues vaya! El caso es que empezamos a necesitar ayuda extra en el jardín ahora que empieza la temporada de siembra, y como habíamos oído que te interesaba el cambio te hemos reclamado para nuestro departamento. Además justo Cloe acaba de llegar de Holanda y como ves va a sustituirte en la lavandería. Todavía no habla muy bien inglés.
“…Mmm, Holanda” me dije en voz baja “¡eso explica la altura!”
Tenía la vaga impresión de que aquel cambio escondía otra razón de mucho más peso. No dudaba de la buena fe de mis jefes a la hora de cambiarme a un puesto que sabían me haría más feliz, pero podía apostar que no era sólo el altruismo lo que les movía. Aquel cambio estaba estrechamente ligado a una clara animadversión al color rosa. Color que he de reconocer predominaba en la colada general desde que yo me había puesto al mando en la lavandería.
Pero fuese por la razón que fuese, y aunque por unos minutos hubiese aflorado un absurdo orgullo de lavandera fruto quizás de haber inhalado demasiado suavizante, estaba contenta de perder de vista por una buena temporada a las temperamentales lavadoras.

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