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Desbordando amor

Desbordando amor

Me dirigí a su encuentro trotando y jadeando. Entre mi respiración entrecortada y mi nuevo atuendo acababa de matar al hada para convertirme en actriz porno. Al verme abrió tanto los ojos y la boca que me pareció una grotesca figura de mini golf. Me pregunté si la sorpresa era positiva, pero tras observarlo mejor le vi un hilillo de baba que no me dejo mucho lugar a dudas. Mientras caminábamos hacia el parking él no dejaba de mirarme. Yo que no sabía ya que hacer para evitar su mirada, intentaba concentrarme en cuestiones de tipo más práctico. Como por ejemplo, si tendría coche. Cruzaba los dedos por que así fuera ya que no llevaba el calzado adecuado para caminar los tres kilómetros que nos separaban del pueblo. Entonces él se detuvo delante de una impresionante moto y mi corazón hizo lo mismo. Le tenía pánico a las motos. Además: ¿Cómo se suponía que me iba a montar en semejante trasto con la ceñida minifalda que llevaba?

Al final no me quedó más remedio que subírmela por encima de lo que no esperaba mostrar hasta mucho más tarde. Ese comienzo no prometía nada bueno. Y lo que siguió no mejoró el panorama…

En mitad del trayecto, mi pelo aún mojado se deshizo de su recogido de urgencia y se secó creando un curioso look afro. ¡Un horror!

Una vez en el pueblo empezamos la peregrinación por los pocos restaurantes que conocíamos intentando encontrar una mesa libre. ¡Quién iba a pensar que en aquel perdido rincón del mundo se necesitaba reservar mesa! Cuando agotamos las opciones conocidas empezamos a hacer un barrido de la zona buscando cualquier sitio en el que nos diesen algo que echarnos a la boca. Lo que fuese. Tenía tanta hambre que tuve que simular un par de veces que me daba la tos al oír que mi estómago empezaba a rugir.

Finalmente encontramos un pequeño bar de pescadores en el que mi caracterización de pornostar hizo estragos. Podía sentir las miradas de los pocos jubilados que bebían en la barra. Me estaban haciendo tal escáner que los pedazos de pescado grasiento que nos pusieron como cena se me atragantaron. Romanticismo no hubo mucho pero al menos por fin hablamos. O debo decir, habló. Estuvo contándome durante toda la velada lo poco preparado que estaba para iniciar una relación, que si acababa de salir de un matrimonio asfixiante de doce años, que si era un espíritu libre… ¡ay, Señor! ¿Dónde había oído yo antes todo esto? Intentaba sonreír pero por dentro un sentimiento antiguo y oscuro empezaba a invadirme.

Parte de mí quería gritarle “¡Mira bonito, te voy a explicar dónde te puedes meter tu bendita libertad!” y salir corriendo. Tan rápido que el viento me borrase el recuerdo de aquel nuevo fracaso. Pero la sufridora de baja autoestima que parecía seguir dominando mis decisiones en el campo del amor no me permitió abortar una situación que hacía aguas por los cuatro costados. ¿Cómo era posible que una vez más hubiese dado con semejante espécimen? ¡Ni que tuviese un imán! En vez de reaccionar y corregir la pasividad que había predominado en gran parte de mis reacciones en el pasado, seguí escuchando y bebiendo. Bebiendo y escuchando. Me debí de beber unos dos litros de vino yo solita. Todo me empezó a dar vueltas y de repente me encontré en medio de un sueño. Un sueño situado en algún momento en el final de los tiempos. Era un mundo nuevo. Un mundo en el que no quedaban hombres. Estos habían evolucionado convirtiéndose en mujeres. Un mundo lleno de mujeres y sin ningún pene. Los penes se habían ido atrofiando convirtiéndose en clítoris y gracias a esta sorprendente evolución de las especies, una extraordinaria armonía reinaba por todas partes. En el sueño no quedaba muy claro el tema de la reproducción pero parecía no ser demasiado relevante.

Me desperté con una resaca monumental y descubrí que no todos los hombres habían desaparecido. Uno, con la cara cubierta por la almohada, respiraba y bastante fuerte a mi lado. No lograba recordar cómo había llegado allí pero hasta donde podía recordar sabía que el vino peleón tenía la culpa. Levanté levemente la almohada estando segura de la cara que iba a encontrarme. La volvía a bajar. La volvía a levantar. Así hasta tres veces. ¿¿¿¿Quién se suponía que era ese sujeto???? Tenía la piel morena, cuerpo musculoso y un olor que me era familiar. Entonces miré debajo de sus sabanas para confirmar lo que ya me estaba temiendo. ¡Pues sí! Sus atributos desnudos no me dejaron la menor duda y por lo visto estaba lejos de la atrofia de mi imaginada evolución. Pero si él estaba desnudo, eso significaba que quizás yo… Según levanté mi sábana para comprobar si estábamos en igualdad de condiciones, él emitió un gemido de satisfacción y se giró de mi lado. Estaba paralizada. No me atrevía a respirar por miedo a despertarle. Por otro lado tenía muchas preguntas acerca de la noche pasada que necesitaban respuestas y él era el único que podía dármelas. ¿En qué momento intercambié parejas y terminé con aquel hombre? Mientras le miraba con curiosidad, él abrió un ojo y me miró fijamente. Sonrió y dijo algo. Así nos quedamos un ratito… yo sin poder decodificar sus palabras y él con una cara de indescriptible placidez. Entonces sucedió la cosa más extraña: me beso. Y por supuesto que en esas circunstancias, eso no tiene nada de insólito. Lo extraño fue que yo no opuse resistencia alguna a ese beso. Un desnudo y absoluto desconocido me estaba besando en lo que probablemente era su cama… ¡y yo le devolvía el beso!

Y no lo hice por una pasiva cobardía o por un desesperado oportunismo. Sin duda necesitaba del contacto del sexo opuesto pero no hasta ese límite. Lo que me empujaba a dejarme llevar era más bien una confortable familiaridad, que había congelado a la moralista reprimida que llevaba dentro. De hecho la acababa de mandar a unas largas vacaciones. No pasó nada más. Después del beso nos quedamos abrazados un buen rato y me dormí como un bebé entre sus brazos.

Para cuando volví abrir los ojos estaba sola. Miré a mí alrededor y ahora todo me resultaba conocido. Como para no resultarme conocido: ¡Estaba en mi propia cama!

No entendía nada. ¿En qué momento y cómo había llegado a mi cabaña? Más que dormir profundamente era como si hubiese caído en coma. Una de dos: o me estaba volviendo loca o alguien se debía estar riendo a carcajadas a mi costa. Existía una tercera posibilidad pero no llegué a ella hasta mucho mas tarde. Había tenido un sueño dentro de un sueño, y este había sido extraordinariamente vívido.

Después de horas de reflexión, dando vueltas y más vueltas en mi recuperada cama, hice un esfuerzo por integrarme una vez más en mi vida. Pero la realidad circundante tenía poco que ofrecerme. Todo se me hacía insípido a mi alrededor y me interesaba poco buscar la sal fuera de mi cabaña. Quitando un par de visitas relámpago al baño y una a la cocina a por víveres no salí en absoluto al mundo exterior. Fingí estar enferma y me recluí en mi mundo de dibujos y sueños. La única breve interrupción a mi ensueño que tuve fue la visita de Jean para ver como estaba. Nos sentamos en mi porche durante unos minutos que me parecieron horas mirando las hojas de mi árbol de mango moverse por el viento. Entonces él me miró a los ojos y sonrío. Yo le sonreí y por primera vez puedo decir que el iceberg entre nosotros se derritió. Nos dejamos llevar por la marea que se creó a nuestro alrededor. Reímos y hablamos de cosas simples, intercalando alguna anécdota de nuestra rutina diaria. Él se excusó por haber actuado como un completo idiota la noche anterior. Había edificado entre nosotros un muro sin sentido, construido con discursos del pasado que nada tenían que ver conmigo. Me confesó que el dualismo en el que había estado viviendo los últimos meses lo había colocado al borde de una esquizofrenia en toda regla. Querer interactuar conmigo y a la vez conservar esa parcela de independencia recién recuperada le habían llevado a iniciar una batalla interior. Pero a mí me pareció que esa guerra acababa de terminar.

Me daba vergüenza preguntar cómo diablos había llegado a mi cama desde el bar de pescadores pero al final, no sin cierta timidez, lancé la pregunta al aire. El ruidoso suspiro y su súbito sonrojo me dieron la pista de lo que podía esperar como respuesta. Una gota de sudor corrió por mi espalda. Me dijo que en cierto punto de la noche interrumpí su largo monólogo y le dije claramente dónde se lo podía meter. También le empecé a gritar a los pobres abuelitos que se encontraban en el bar que si querían show porno se fuesen preparando, que lo iban a tener. Por lo visto logró pararme antes de que me quitase el sujetador. Parece que antes de perder del todo el conocimiento, cuando ya me estaba llevando a mi cabaña, mencioné algo acerca de cómo su pene se iba a atrofiar y que se fuese preparando para ser mujer.

“Bueno –pensé para mis adentros–, ¡no es tan terrible!”

Quitando el hecho de que por supuesto me podía ir olvidando de poner un pie en el pueblo en lo que me quedaba de estancia en la isla.

 El rumor ya habría azotado como un vendaval un pueblo aburrido y falto de emociones. Acababan de encontrar la nueva atracción de feria local.

Nos reímos un buen rato reconstruyendo la noche. Y así disolvimos los últimos nudos de tensión entre los dos. Se fue dejándome un sabor dulce en la boca y también un cierto desasosiego acerca de mi nueva imagen pública, pero eso era algo en lo que de momento prefería no pensar mucho. Entré de nuevo en mi cabaña y fue como introducirme en una burbuja atemporal. Saqué unos folios en blanco y me puse a dibujar sin ninguna idea preconcebida. Sólo apoyé el lápiz sobre el papel y noté como empezaba a moverse. Podía ver los trazos juntándose y separándose una y otra vez, intentando dar vida a un cuerpo desnudo de hombre. Cuando noté que el cuerpo tomaba vida, mi mano comenzó a perfilar el rostro. No había duda de que estaba dibujando a mi misterioso compañero de cama. Y casi al instante de terminar de dibujar la cara pasó algo sorprendente: comencé a gritar. Acababa de descubrir quién era el dueño de ese beso consentido. Era Eric, el ya no tan desconocido del tren. ¿En qué momento pasamos de besarnos en un tren a amanecer desnudos en la misma cama? Sentía que, por estar demasiado ocupada en otros asuntos u otros hombres, me había perdido unos capítulos de mi culebrón favorito. Y justo algunos de los más tórridos. ¡Ni siquiera en sueños podía vivir la experiencia de probar la fruta prohibida!