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Persiguiendo a una sombra
No necesité abrir los ojos para comprobar que no estaba en mi cama, sino tumbada en el suelo. Enroscada sobre mí misma, en un rincón de la habitación. Estiré los dedos de los pies, abrí y cerré los puños, respiré hondo y seguí durmiendo exactamente en la misma posición en la que estaba.
Un rayito de sol que se coló por mi cortina me sacó de mi sueño profundo.
“Feliz año nuevo, nena…”, me susurré a mí misma.
Me dolía hasta el último músculo del cuerpo y me costó mis buenos quince minutos enderezarme en una posición que me distinguiese de nuestros predecesores los simios. Pero ni las agujetas ni el entumecimiento me distrajo del recuerdo de la noche anterior. Estaba en las nubes. Estaba confundida. Y estaba feliz.
Y esa felicidad no procedía de comprobar cómo mi exorcismo, de hacía poco mas de dos mes, no había terminado con mis sueños de telenovela. Procedía de la certera constatación de cómo esa historia onírica era algo que yo ya no controlaba. ¿Y por qué debía hacerlo? Tenía vida propia. Corazón propio. Durase lo que durase me disponía a disfrutarla, tratando esta vez de no analizarla demasiado. Sentía como si mi ángel de la guarda me hubiese regalado un bono de “vida” alternativa e interactiva en donde podía experimentar todo lo que en mi existencia convencional se me estaba negando.
Seguramente había algo de peligroso en esa felicidad que yo estaba evitando analizar. Me preguntaba cuán lejos estaría el día en que la soledad golpearía a mi puerta para recordarme cómo construía mi alegría sobre quimeras.
Tampoco pasaba por alto el hecho de que antes de tan romántico sueño yo había decidido que no necesitaba de ningún hombre para ser feliz. ¿Cómo era posible entonces que ese tipo de felicidad artificial apareciese en mi vida tras semejante afirmación? Intuía que ambos hechos estaban conectados, aunque aún estaba lejos de encontrar una respuesta a esa incógnita.
A media tarde me crucé con Jean por primera vez desde la noche anterior.
Intenté hacerme la distraída y pretender que no le veía pero en un punto se hizo tan evidente que lo tenía adelante, que sólo con unas veinte dioptrías en cada ojo, y sin las gafas a mano, podía explicarse que no me percatase de su presencia.
Lo miré de forma casual y directamente a los ojos dedicándole una sonrisa de una efusividad contenida. Él, a su vez, me devolvió la sonrisa con un guiño. ¿Complicidad? ¿Flirteo? ¿Tic en un ojo? No supe que responder a eso y simplemente seguí caminando totalmente confundida.
Pero esta vez algo cambió. Tras caminar unos cincuenta metros oí pasos a mi espalda, que aumentaban su ritmo al acercarse a mí. Entonces oí mi nombre y me giré. Era él, con la misma sonrisa un poco descolocada por la carrera y sin el tic de antes.
–Me gustaría invitarte a cenar esta noche, si no tienes otros planes…
“¡Di que no, di que no!” Me gritó mi cabeza.
–Bueeeno…–, dijo titubeante mi boca.
“¡Arrrrrrrrrrg!” Gritó mi estómago, dando un salto mortal al vacío.
–Genial–, dijo él ajeno a todas mis voces.
Y quedamos en que pasaría a buscarme a las ocho por mi cabaña. Entonces pasó algo muy curioso. Pude sentir como subía desde la boca de mi estomago hasta el pecho una vieja conocida: la culpa, sí señor. La vieja y casi olvidada culpa hacía su aparición estelar en una situación en la que no estaba tan claro el motivo de su presencia. No tardé ni un minuto en comprender sus motivaciones. La verdad es que sentía como si estuviese engañando al enigmático hombre del tren, del que, por cierto, empezaba a dudar que fuese una creación mía.
¿Era acaso una casquivana por flirtear con dos hombres a la vez (aunque uno de ellos no existiera)?
¿Me mentí a mi misma el día anterior al pensar que no necesitaba a nadie para estar bien, cuando era más que obvio que todavía no estaba desvinculada de ese capitulo de mi vida?
¿O es que la vida me estaba poniendo a prueba de una forma escandalosa tras mis últimas afirmaciones?
Sea como fuere, a nadie le amarga un dulce y me podía considerar afortunada por recibir pruebas tan placenteras. Hacía siglos que nadie me invitaba a cenar así que no era el momento de analizar sino de vivir.
Me fui a mi habitación y empecé a revolver en mi armario buscando algo especial que ponerme esa noche. Tras quince minutos de: “Este no. Este no. Este no…”, tiré la toalla. No estaba inspirada para convertirme en hada y además no quería pasarme el primer día del año obsesionada por algo tan superficial como mi vestuario.
Así que puse los pinceles en agua y me sumergí en uno de mis mundos imaginarios. Pinté un sol azul que casi era luna. Un sol que al reflejarse en las transparentes aguas de un mar ondulado parecía convertirse en diamante. Pequeñas nubes rosadas aquí y allá daban un aire casi apetitoso al cuadro. Era uno de los cuadros más simples que había pintado hasta el momento. Pero la mezcla de tonos era de tal complejidad que probablemente nunca fuese capaz de repetirla. Empecé a limpiar los pinceles muy despacio mientras no dejaba de observar el cuadro por el rabillo del ojo. Y hubiese seguido así gran parte del día si no fuera porque alguien llamó a mi puerta con gran efusividad.
La abrí distraída y… ¡¡¡¡¡arrrrggggggg!!!!!
Pues sí. Era él, y por lo visto eran las ocho.
Y a mí, cubierta de pintura, con el pelo recogido en un desordenado moño y con cara de boba, sólo se me ocurrió gritar.
Él entre la sorpresa y la risa me preguntó:
–¿No se te habrá olvidado nuestra cita, verdad?
–No, no. Lo que se me olvidó es que existe algo llamado reloj que conviene mirar de vez en cuando. Dame cinco… bueno mejor quince minutos, y estaré lista.
Me miró con aire incrédulo, sin duda porque aquello que miraba necesitaba mucho más tiempo para ser arreglado, pero asintió comprensivo y dijo que me esperaba sentado frente al mar tomándose una cerveza.
Según cerraba la puerta ya me estaba bajando los pantalones con una mano, quitándome los zapatos con un pie y sudando por cada poro de mi piel.
¡Dios! No había tiempo para ponerse a repasar mi escaso armario de nuevo y definitivamente necesitaba una ducha con carácter de urgencia. Así que agarré una toalla mientras me deshacía de los últimos restos de ropa y salí zumbando hacia el baño.

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