You are currently browsing the category archive for the 'Capítulo 12' category.

 

Tecnología en la naturaleza

Tecnología en plena naturaleza

¿Cuántas veces puede uno chequear su mail por día sin que parezca que sufre un caso severo de neurosis obsesiva?

El problema radicaba en que la oficina donde miraba mi mail era la misma que él utilizaba para mandarlos. Así que muchas veces me pasaba que introducía medio ojo por la puerta para ver si el terreno estaba libre y al verlo ahí sentado daba un respingo y salía corriendo.

Nuestra relación en el día a día siguió básicamente igual. Evitándonos como extraños que nunca han sido presentados. Aunque esta vez tenía la total certeza de que me miraba a escondidas cuando creía que yo no me daba cuenta.

 

Para: Tara

 De: Jean

 Asunto: Interferencias solucionadas

 

Paso a traducir:

Todo este tiempo me he sentido muy cerca tuyo.

Pensé que ésta era una buena forma de romper el hielo.

Me gusta recordarte cuando nos conocimos.

Nos vemos por ahí,

Jean

 

PD: Perdona que no contestase cuando me abordaste hace unas semanas, el día después de la reunión en que nos hablamos. Me sentí halagado pero el adolescente tímido que sigo llevando adentro se apoderó de mí y bloqueó toda respuesta. Después de mi absurda reacción pensé que no querrías volver a hablar conmigo.”

 

 

Para: Jean

 De: Tara

 Asunto: Malditos adolescentes

 

Es curioso que la adolescente que llevo adentro me empujase a acercarme aquella tarde a ti. Y que el adolescente que tú llevas adentro te impidiese contestarme. Creo que nuestros respectivos adolescentes deberían reunirse y mantener una seria conversación al respecto.

Pero me alegro de que al menos el adulto que llevas afuera rompiese el hielo, aunque para hacerlo utilizase una herramienta tan sofisticada como un ordenador (te aconsejo que utilices un pica-hielo la próxima vez…).

Un abrazo virtual,

Tara”

 

 

Para: Tara

 De: Jean

 Asunto: Picahielos agotados

 

Te aseguro que busqué por todas partes el dichoso picahielos pero parece que una banda organizada de adolescentes ha desvalijado toda la isla de ellos. Así que en la ferretería del pueblo me recomendaron utilizar herramientas más avanzadas. Tímido quizás, pero también creativo.

¿Cómo te vas adaptando a esta comunidad de locos? Últimamente pareces más relajada y feliz.

Tu abrazo virtual cortocircuitó mi sistema…

Besos y bits,

Jean

 

PD: Hoy parecías un hada de cuento con ese vestido que llevabas…”

 

 

Para: Jean

 De: Tara

 Asunto: Hada, quizás. Pero también humana…

 

¿Crees que podríamos encontrar algún lugar fuera del mundo virtual para encontrarnos y charlar un ratito?

 

XXX, (¿Tu sistema sabrá interpretar las equis?)

Tara”

 

Días después de mi tan contundente mail continuábamos sin tener el valor de hablarnos o acercarnos el uno al otro. Creo que todavía nos mandamos algún otro correo, sin otro objetivo que marear la perdiz. En ese punto mi estado de nervios no me permitía sumar dos más dos. Sabía que esa surreal situación no podía sostenerse por mucho tiempo pero mi orgullo me impedía tomar la iniciativa. Esa noche era la fiesta de fin de año y entonces tomé conciencia de que hasta la fecha llevábamos algo más de diez días en tan absurda situación. Tenía que pasar a la acción.

Al anochecer desempolvé mi vestido de hada y en vez de varita mágica me eché al cuerpo cuatro chupitos de tequila, como si fuera un jarabe para vencer la adolescencia. Para hacer magia eso debería bastar.

Caminaba muy despacio hacia la fiesta, como siguiendo una procesión invisible en la que yo era la cabeza de fila. Me seguían muy de cerca la timidez, la inseguridad, la compasión, el miedo y otros miembros de un cortejo imaginario pero muy real en mi cabeza.

Llegué e hice un rápido barrido visual para intentar localizarlo. No lo podía ver por ningún lado. Oteé de nuevo el horizonte sin éxito, suspiré y miré hacia atrás donde mi cortejo esperaba. “Os podéis ir, chicos, hoy no hay trabajo…”

Sonaban en la pista de baile unos ritmos africanos muy pegadizos, y pensé: “¿Por qué no?”

Empecé a agitar mi cuerpo, olvidando los cuatro tequilas que me había echado entre pecho y espalda. Era como un cóctel humano a punto de perder la condición de hada para ser convertida en rana.

Corrí hacia el baño todo lo deprisa que pude, intentando no perder la elegancia y compostura. Las apariencias ante todo. Y entonces lo vi. Con sus vaqueros gastados, su cazadora de cuero, su barba de dos días y una sonrisa que parecía estarme exclusivamente dedicada.

No pude parar y devolvérsela. Estaba en una misión de vida o muerte, o más bien de honor o muerte social.

Perdí la noción del tiempo durante mi estancia en los servicios pero me pareció que debió ser mucho a juzgar por la cola de mujeres esperando a mi salida. Las caras no fueron precisamente amigables pero el color mortecino de la mía les abstuvo de hacer ningún comentario.

Me acerqué al espejo para retocarme el maquillaje y al ver mi aspecto demacrado decidí que era mejor borrar mi cara y empezar de nuevo. Parecía que la fiesta había terminado para mí.

Dirigí hacia mi cabaña un tembloroso cuerpo que deseaba hasta la desesperación estar en posición horizontal.

Pero algo me lo impidió. O más bien alguien. Él.

–¿Te sientes bien? No tienes buena cara.

Perfecto. La primera frase en semanas. Y tiene que ser esa y en ese momento.

“No. Me siento como si alguien me hubiese metido la mano dentro del estómago para mostrarme lo que llevaba ingerido en las últimas veinticuatro horas. Gracias por preguntar.” Estuve a punto de decirlo en voz alta, pero me abstuve.

Indudablemente estábamos hechos el uno para el otro, considerando el don de la oportunidad de ambos. Intenté sonreír a falta de palabras y energía para buscarlas.

Lo miré fijamente y dos palabras me salieron sin pensar:

–Hada mala.

Estallamos en carcajadas y afortunadamente el color volvió a mis mejillas y la sangre a mis venas. Finalmente encontré el picahielos.

Nos sentamos al borde del mar, yo con un té de hierbas y él con una cerveza. Observábamos ambos el horizonte en silencio. En algún momento nos miramos y sonreímos como si estuviera todo dicho. Entonces él me cogió de la mano y seguimos en silencio, esta vez sintiendo el calor de nuestros cuerpos a través de los dedos.

Ahora sería el momento de describir cómo nos miramos a los ojos y sin más nuestros labios se buscaron para fundirse en un beso eterno. Pero no puedo contar eso o algo similar porque mi imaginación no da para tanto.

No pasó nada. Ni hubo palabras ni besos. Sólo unas manos que de tanto estar juntas empezaron a sudar y perdieron la noción de donde empezaba una y terminaba la otra. No tuve el valor de dar el primer paso y él… sólo Dios sabe donde se dejó olvidado su coraje.

Recuerdo vagamente que en algún punto la música a nuestras espaldas se detuvo y yo pensé: “Bueno, ahora es cuando se va a decidir a dar un paso adelante, aunque sea verbal”.

Pero todo lo que dijo es que estaba cansado y que ya era tarde. Yo, quizás algo lenta pero no tonta, capté la insinuación de escapada y me apresuré a afirmar que también estaba cansada. No estaba dispuesta a pasar por otro humillante rechazo de la misma persona y en tan poco tiempo. El caso es que no recuerdo quién fue el primero en separar el conglomerado de dedos. Pero tras una ronda de sonrisas, él se fue en una dirección y yo en otra.

Read the rest of this entry »