You are currently browsing the category archive for the 'Capítulo 11' category.

Tara en el espejo

Tara en el espejo

 

No soñé. Ese era un acto que mi corazón no se podía permitir. Pero me desperté con la extraña sensación de no haber realmente dormido. Al menos me sentía relajada. Aunque… ¡Dios! Ese fue el final de mi tranquilidad y el comienzo de mi arritmia cardiaca. De repente me acordé del día anterior y de por qué casi no había pegado ojo. Ojalá la memoria estuviese hecha de papel, para quemarla a veces. Mi vida era un chiste. Acababa conscientemente de terminar un enamoramiento irreal e imposible para empezar sin interrupción otro que me atrevería a vaticinar tan imposible como el anterior. Pero al menos esta vez había mejorado sensiblemente: este era de carne y hueso. Aunque se me planteaba una pregunta: ¿que existiese me aseguraba la posibilidad de interactuar con él? 

Decidí que ya era hora de pasar a la acción y coger la vida por los cuernos. No iba a esperar milagros por los que ni siquiera había encendido una vela. Rebusqué entre mi exiguo guardarropa y elegí un vestido medio decente. O debería decir medio indecente. Sin duda buscaba algo que no se pudiese describir utilizando, entre otras, la palabra medio. Y decididamente “decente” era la última palabra –en mi lista de muchas– que quería oír a alguien describiendo mi aspecto. Pero entre mis prendas deportivas, ultra-anchas y monocromas, escasamente había un par de vestidos o camisetas interesantes. Tenía que hacer algo al respecto. Pero poner una anotación en mi agenda mental recordándome que mi siguiente sueldo ya estaba hipotecado en la renovación de mi vestuario era todo lo que podía hacer en ese momento.

Salí por la puerta dispuesta a matar o morir en el intento. Me sentía sexy, segura de mí misma y con la confianza ciega en que mi plan iba a funcionar. Empecé a caminar por uno de los senderos que unían mi zona con la suya, pensando en lo que iba a decir. Era simple: le pediría una cita. Según pensaba en la frase correcta para romper el hielo, mi hiperinflada confianza empezó a perder aire. Podía sentir perfectamente cómo mi aplomo se agrietaba a cada paso. Para cuando lo tuve enfrente ya era una gelatina con piernas, ni siquiera demasiado segura de mi condición de mujer y ser inteligente. Como fui directa a él, sin ni siquiera pretender que me lo encontraba por casualidad, no dejé abierta la posibilidad de escaparme de mi desastroso plan a última hora, saludando y siguiendo mi camino. Lo miré por unos segundos y le dije, casi sin respirar, que me encantaría conocerlo más a fondo y que tal vez podríamos tomar un té juntos y conversar un rato.

Él me miró, sonrió y siguió su camino.

¿Sí?

¿No?

¿Qué se suponía que significaba una sonrisa como toda respuesta?

Me quedé en medio del camino, con mi vestido “medio” sexy y mi “medio” cara de tonta, intentando comprender qué es lo que acababa de pasar. Tardé en reaccionar pero para cuando lo hice las conclusiones fueron demasiado dolorosas para aceptarlas.

Giré sobre mi misma y seguí mis propios pasos de vuelta a mi cabaña. Me latían las sienes muy deprisa. Una oleada de dolor y rabia me bloqueaba la respiración mientras pensaba en cómo iba a poder batallar con dos de mis enemigos más temidos al mismo tiempo: la humillación y la autocompasión.

Encontré la respuesta inmediatamente: la pintura.

Mi vida estaba hecha de muchas más cosas. Y no debía desmoronarse por la indiferencia de un hombre. Necesitaba salir fuera de mi cabeza y no pensar. Y en mi olvidada creatividad encontré la solución. No tenía muchas opciones teniendo en cuenta que mi nivel de lágrimas se encontraba todavía un poco bajo desde el incidente de las papayas.

Una vez más me sumí en un trance de horas en el que los colores se mezclaban ante mis ojos pero esta vez para crear mundos imaginarios, casas y paisajes que nunca visité. Mientras dibujaba no pensaba en lo que estaba haciendo, mis manos se movían intuitivamente. Los pinceles creaban movimientos similares a los de una danza estructurada y frenética que me recargaba de electricidad y de paz al mismo tiempo. Era sólo cuando terminaba cuando tomaba conciencia de lo que tenía delante. Me quedaba fascinada mirando lo que mi redescubierta imaginación acababa de crear sin sentir que las agujas del reloj se estuvieran moviendo. Y entonces por un breve espacio de tiempo podía sentir lo que tantas veces había oído nombrar como felicidad.

Pasaron los días, las semanas y sin darme cuenta llegó la Navidad. Mi soledad me pesaba cada vez menos. Aunque había todavía días en que me metía entre las sabanas, me enroscaba sobre mi misma como un ovillo de lana y dejaba que la tristeza me conquistara como si de una gripe se tratara.

En esos días no hablaba con nadie. Sólo sobrevivía bajo mínimos sin mirar el reloj y cumpliendo con las obligaciones que me imponían desde fuera sabiendo que todo lo malo pasa y que pronto vería la luz al final del túnel.

Navidad es siempre mala época para los nómadas sin hogar.

Pero en la pintura logré encontrar la mejor válvula de escape a las amenazas del calendario. Mi fantasía parecía no tener límites. Llenaba hojas y hojas que iba apilando pulcramente en un rincón de mi habitación. Y un día las hojas me parecieron demasiado pequeñas para contener mundos tan grandes y empecé a pintar en lienzos que colgaba en la pared. Uno encima de otro. Cada vez que pintaba o dibujaba era como si mantuviera una conversación íntima con mis voces interiores. Estaba descubriendo rincones desconocidos que me maravillaban y asustaban. Había empezado la relación más duradera de mi vida: una relación conmigo misma. Y esta no siempre resulta fácil. Había mucho que asimilar y el ritmo era vertiginoso. Abrumador incluso. ¿Así que ésta soy yo? ¿En serio? A veces había que remover mucha paja para llegar a encontrar la aguja, pero cada pequeña aguja encontrada iba acompañada de una oleada de paz indescriptible. Sí, me estaba enamorando de nuevo, por tercera vez en pocos meses, pero esta vez era de mí misma.

Y la transformación interna empezó a materializarse por fuera. No fui consciente al principio pero la gente a mi alrededor empezó a notarlo.

Fui perdiendo peso y mis rasgos se perfilaron. Si lo pienso detenidamente creo que perdí todo ese peso que usaba para protegerme del mundo. Como el salvavidas que se lleva a cuestas para protegerse de los golpes y caídas en la vida. Y a mí, además, me creaba un manto de invisibilidad para que ojos no se percatasen de mi presencia poco amenazadora camuflada en quince kilos extras.

Cumplí con la promesa que me hice a mi misma de renovar mi guardarropa. Aunque fue más por necesidad que por vanidad. Los pantalones se me caían y todas mis camisetas colgaban de mi cuerpo como cortinas de ducha.

Y esta vez opté por prendas que se ciñesen a mi cuerpo, mostrando lo que la madre naturaleza había tenido la generosidad de otorgarme. Que los demás constatasen que era del género femenino no sólo porque lo decía mi pasaporte.

También imagino que la independencia creada por ser feliz sin necesidad de estar con otro ser humano hizo que empezase a ser más atractiva para mis congéneres. Es triste, pero la necesidad de afecto tiende a ser considerada como una peste entre los miembros de nuestra especie.

Había logrado desterrar de mi vida toda sombra de romanticismo o nostalgia de estar con miembros del sexo contrario. Podía perfectamente pasar sin ellos. Bueno… más o menos.

Y es que algo tan enraizado en nuestra naturaleza no se puede eliminar en pocas semanas por tan sólo quererlo. Los pensamientos acerca de Eric, el extraño del tren, eran más y más difusos pero en alguna de mis sesiones de dibujo me perdía en los recuerdos de sueños que parecieron muy reales. Sus ojos eran uno de los paisajes recurrentes en mis lienzos. El pintarlos estaba por encima de mi voluntad creativa. Aparecían de repente sin avisar, mirándome fijamente y haciendo sonreír mi alma. Casi no me atrevía a pronunciar su nombre por miedo a conjurar espejismos que no tiene sentido que existan. Eric: era un nombre de otro tiempo, otra cultura, otro mundo. Un nombre tan irreal como su dueño.

El que me preocupaba más era el otro. El de carne y hueso. Jean era su nombre y desde el infortunado día en que le propuse una cita, intenté evitarlo a toda costa. Y evitarlo en el micro-mundo en el que vivía era como hacer malabarismos con bolas de acero. Difícil.

Sé que me rendí muy deprisa pero es que la posibilidad de recibir otra de esas sonrisas letales amenazaba con producir un cataclismo en mi malogrado ego. A veces tenía la impresión de que me estaba observando pero casi nunca me atrevía a mirar en su dirección por miedo a que nuestras miradas volviesen a juntarse. Y cuando me atrevía a comprobar si era verdad que me estaba mirando notaba que cambiaba rápidamente la dirección de su cara, fingiendo interesarse por algo en la dirección opuesta a donde yo estaba.

Así fueron pasando los días. Cada uno como una copia del anterior. En un extraño juego del gato y el ratón, absurdo en cierta forma pero tan sutil que era casi imperceptible. Curiosamente lograba mantenernos distantes y a la vez conectados como el día de las confesiones.

Lo que era obvio es que la tensión entre nosotros iba subiendo. Lenta pero constante. Estaba en el aire. O al menos yo podía sentirla tan presente como mi pulso. Difícilmente podía imaginarme cómo ese balón de energía contenida estaba a punto de explotar.

Read the rest of this entry »