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Corazones llenos

Corazones llenos

7:30 AM.

Mi cuerpo vibra al ritmo de la música sufí. Mi mente sigue en el tren. Trato de seguir los pasos del profesor sin éxito. Cuando todos van a la derecha, yo voy a la izquierda. Cuando van hacia delante, yo retrocedo. Por suerte la gente próxima a mí parece demasiado preocupada por no equivocarse como para fijarse en mi total carencia de ritmo. Me digo a mí misma que si el destino, karma o casualidad me ha hecho nacer en occidente, en el siglo veinte y en el seno de una familia cien por cien laica, no debería experimentar con algo tan alejado de mi cultura. Lo que no se lleva en la sangre y los genes, no se lleva y punto. En cualquier caso mi idea sobre la meditación se alejaba considerablemente de lo que estaba haciendo. Fantaseaba más con la imagen de mi misma, sentada a lo yogui de la India, alcanzando rincones de mi interior nunca antes explorados. Pero hasta ese momento se podía decir que los únicos rincones que había alcanzado eran ciertos músculos dormidos de los que desconocía su existencia

Para cuando la música paró, yo estaba bañada en sudor y mis piernas tenían la consistencia de un flan. Me deslicé como pude en dirección a mi habitación y no paré hasta alcanzar mi cama. Era mi día libre y no tenía que ir a la lavandería. Mi cuerpo estaba tan cansado que no tenía ni energías para dormirme. Era un nuevo nivel de cansancio al que se le mezclaba la intensa actividad mental de la pasada noche. El traqueteo del tren se mezclaba con la poderosa música sufí. Todo daba vueltas en mi cabeza y me costaba cada vez más distinguir entre realidad y ficción. En ese momento vida y sueños fueron uno y encontré mi cuerpo girando como una bailarina sufí agarrada de su mano.

Ese día me olvidé de comer.

Me olvidé de la cita para tomar café con una de las cocineras.

No me duché.

No me cambié de ropa.

Sólo cogí un lápiz y un cuaderno y comencé a dibujar. A dibujarle, para ser exacta.

Al borde de la puesta de sol mi cuarto estaba tapizado de caras y perfiles, todos de la misma persona. En distintos tamaños y estilos. Algunos, simples garabatos; y otros, complicados retratos de una precisión increíble. Cuando salí del trance y miré a mí alrededor me dio un ataque de risa. Había logrado materializar un sueño y a la vez, en cierta forma, exorcizarlo.

Sentía una especie de alivio en mi interior. Tenía que aceptar las cosas como eran y dejar de basar mi vida en esperanzas descabelladas y absurdas. Es verdad que aquel fugaz enamoramiento había sido más fuerte que la mayoría de lo que había experimentado en el pasado, pero tenía que dejar de torturarme con un sueño imposible. Mi experiencia con aquel extraño del tren quedaría en mi recuerdo como quien pasa una velada increíble con alguien que se conoce en una loca noche de juerga. Por la mañana te despiertas en una fría habitación de hotel y él ya no está ahí. No sabes su nombre. No tienes su número de teléfono y él tampoco tiene el tuyo. Fue genial pero sabes que nunca más volverás a verle y no piensas más en ello. O como quién va de visita a un museo que siempre había querido conocer. La experiencia es increíble y estaría bien volver algún día pero el recuerdo de la visita quedará grabado en la memoria durante mucho tiempo y no será necesario repetirla.

¡A quién quería engañar! Él era mucho mejor y más adictivo que cualquier visita a un museo pero tenía que agarrarme a cualquier argumento que me sirviera para volver a la realidad. Y ese, aunque inconsistente, me valía de momento.

Salí de mi cuarto tras más de diez horas de internamiento voluntario. Me duché, lavando los últimos restos de esperanza y me mezclé entre la gente intentando disimular mi tristeza y sensación de pérdida.

Sería un exceso decir que a partir de ese momento mis días cambiaron. Que mis excusas me penetraron tan profundamente que lograba sobrevivir sin pensar en mis sueños. Él estaba más presente que nunca pero no en mi cabeza. Estaba integrado en mi rutina de vida como el traqueteo del tren en el que nos conocimos. Como una melancolía en forma de suero que se mete bajo la piel actuando de antídoto contra la infelicidad.

Inconscientemente creo que intenté rellenar ese vacío de la única forma en que ciertas mujeres solemos hacerlo: mirando alrededor y decidiendo quién sería la siguiente persona de la que iba a enamorarme. Una piedra mueve otra piedra, que dicen. Y ocurrió. Más o menos. Como si todo hubiese sido planeado por fuerzas externas y misteriosas…

Por lo general cada domingo por la noche se organizaban veladas lúdicas con todos los empleados. Dichas reuniones consistían en fiestas con baile y mucho cóctel, o juegos de dinámica de grupos que no eran más que la excusa para que interactuásemos un poco. La idea en principio era buena ya que lograba reunirnos al menos una vez a la semana y mezclar a los sectores más cerrados de la comunidad con los nuevos miembros. Pero mi sensación al oír el gong anunciando la tan esperada reunión del domingo era la de una vaca que debe ir por su propio pie al matadero. Además de no saber lo que me iba a encontrar, mi gran timidez no me ayudaba precisamente a abrirme a las particulares actividades programadas. Una de las reuniones, por ejemplo, consistió en que cada uno de nosotros compartiese con el resto sus sentimientos. Así, sin más. Sentados en círculo, uno a uno nos iba llegando el turno de hablar. Era como una terapia de grupo. Cuando llegó mi turno pude sentir perfectamente cómo toda la sangre de mi cuerpo se me subía a la cabeza en menos de dos segundos. Pude notar cómo el color de mi cara cambiaba de un saludable tostado a un alarmante rojo cangrejo. Y empecé a sudar. Silencio. No lograba encontrar ninguna palabra en mi cabeza para expresarme. De hecho no lograba ni siquiera despegar los labios lo suficiente como para que, si encontraba las palabras, pudiera modularlas. Y que no menos de veinte personas me mirasen fijamente esperando algún tipo de respuesta por mi parte, no ayudaba mucho. Al final, con voz temblorosa y con una honestidad que me sorprendió horas más tarde al recordar el momento, dije exactamente cómo me sentía. Asustada, nerviosa, intimidada y vulnerable como una niña de seis años. Cuando terminé y le tocó al siguiente, di un suspiro de alivio que se debió oír más allá de las paredes de la sala donde estábamos y por fin mi corazón volvió a hacer tum-tum.

Esa noche teníamos reunión de nuevo. Como cada domingo desde mi llegada un mes atrás, respiré hondo y contemplé la posibilidad de no ir.

 ¡Gooonnnnnnnnggggggggg!

¡Vaya!, las nueve de la noche.

Me cogió desprevenida y en el medio de la plaza.

Llevaba un rato jugando en mi cabeza con la excusa del olvido. Me metía en mi cuarto antes de que el organizador del evento hiciese sonar el gong avisando el inicio. Al día siguiente, cuando me preguntasen porque no fui, podría decir simplemente que no lo oí y por supuesto de que no me acordé que era domingo. Fácil. Pero mi falta de previsión y de un reloj dejó mi improvisada excusa al descubierto. Había al menos diez personas alrededor mío cuando el bendito instrumento sonó y el correr a mi cuarto a esconderme hubiese parecido un acto antisocial escandalosamente obvio. Suspiré. Mi destino estaba marcado.

Caminé siguiendo la lenta fila de almas que subían las escaleras a la sala de reuniones. Pude notar que no era la única con un entusiasmo encogido y una sensación predominante de deber por encima de placer. Algo más que comprensible. Ir a esa reunión cada domingo era como jugar a la ruleta rusa: muchas probabilidades de ganar pero también de morir en el intento.

Cuando llegamos, las luces de la sala estaban muy tenues y había colchones diseminados por todos lados. Perfecto para mi timidez, pensé, una orgía.

En cuanto el último de nosotros entró y cerró la puerta tras de sí, John, que era el encargado de organizar la mayoría de los eventos (y torturas psicológicas) nos explicó en qué consistía. No era una orgía (¡vaya!). Teníamos que estar en silencio un minuto con los ojos cerrados y al oír una campana sonar, caminar por la sala hasta elegir a alguien o ser elegidos. Después debíamos sentarnos con nuestra pareja en uno de los colchones, frente a frente. Nos miraríamos a los ojos y por turnos, durante unos diez minutos, debíamos hablar de nosotros mismos. De cómo éramos, de quiénes éramos. Una especie de confesión de nuestra esencia más oculta.

Como cada domingo, empecé a sudar de forma descontrolada, exponiéndome a una deshidratación severa.

Nota mental: beber un litro de agua antes de cada reunión.

 

Y no era sólo el hecho de abrir mi alma en canal delante de un, más que probable, total desconocido. Era el miedo infantil de no ser elegida. Como cuando en el colegio se formaban dos grupos en clase de gimnasia para jugar un partido de fútbol o baloncesto y por turnos cada uno de los capitanes elegía a quien quería en su equipo. No tengo que explicar que gracias a mis inexistentes habilidades con el balón siempre era una de las últimas en dejar el pelotón y reunirme con mi recién formado equipo. Aquí no se trataba de una cuestión de habilidades sino de personalidad. ¿Era mi personalidad lo suficientemente interesante o atractiva? ¿O iba a quedar para el final y ser elegida por descarte? Evidentemente siempre podía elegir yo, pero en esa cuesta abajo hacia la total inseguridad en la que me encontraba no me atrevía a escoger a alguien que quizás no quería conocerme.

Tuve suerte. Casi inmediatamente una voz de hombre a mi espalda pronunció mi nombre. Me giré y le vi. Creo que por primera vez.

Me explico: por supuesto que después de más de un mes viviendo allí le había visto aquí y allá. Pero era una de las pocas personas que se mantenían todavía distantes y extrañas para mí. De hecho no sabía ni su nombre.

Nos sentamos en un rincón apartado, muy cerca el uno del otro, frente a frente.

Y aún en la penumbra me dedique a observar cada uno de sus rasgos exhaustiva y vorazmente. Como si antes de desnudar mi alma necesitase familiarizarme con ese nuevo rostro. Y era un rostro interesante, sin duda. Pasaba los cincuenta pero quedaba en sus ojos, medio camuflados por unas pequeñas gafas de profesor de música, la chispa del niño travieso que debió ser. Su rostro surcado por unas pronunciadas arrugas y una barba de dos días le daban un aire aventurero y enigmático. Si dejaba volar mi imaginación podía pensar que acababa de volver de una expedición por Kenia o algún otro rincón del mundo tan salvaje como él.

Era bastante más alto que yo –algo que obviamente no era muy difícil– y de complexión musculosa. Y aunque casi me doblaba en edad no me inspiraba a buscar al padre que siempre quise tener sino que más bien por alguna extraña razón, aún sin conocerle, despertaba en mí unos profundos y dormidos sentimientos maternales. Había algo tremendamente tierno en su mirada. En su sonrisa pícara. En la forma de morderse el labio inferior, probablemente por no saber cómo decir un pensamiento demasiado atrevido. Me di cuenta de que él me miraba con la misma avidez. El hecho de que me hubiese elegido me dio el coraje suficiente para, sin casi tartamudear, hablar durante diez interminables minutos de lo que yo creía que era yo misma. Lo saqué todo para afuera como vomitándolo. Sin pausas. Sin pensar en la interminable sucesión de confesiones y secretos que desvelaba en tan sólo unos minutos. A medida que los segundos pasaban me iba sintiendo más y más cómoda. Como si estuviese hablando de mi vida con un viejo amigo de la infancia. Él me miraba fijamente todo el tiempo. Absorbiendo cada palabra mía con una dedicación artesana. Realmente le interesaba lo que le contaba y eso me daba fuerzas para abrir todavía más esa caja de Pandora que era mi mente. Cuando la campana volvió a sonar anunciando su turno, sentí que había exprimido cada segundo al máximo, perfilando como una escultora cada pequeño detalle de mi personalidad. Por supuesto era lo que desde mi distorsionada objetividad creía que era mi personalidad, pero tendría que bastarle con mi versión. Entonces él empezó a hablar y a mí me llevó pocos segundos decidir que lo tenía que querer con toda mis fuerzas.

No sé hasta que punto uno es responsable de este tipo de decisiones. Es una mezcla de química, de casualidad y también de voluntad. Y tal vez el éxito de una relación amorosa dependa en gran medida de la proporción de cada uno de estos factores en el cóctel del enamoramiento.

Estaba absolutamente fascinada por cada palabra que salía de su boca. Su claridad vulnerable, su tímido valor, sus innovadoras ideas sobre el amor, sus experiencias vitales bastante opuestas a las mías. Algo dentro de mí me decía a gritos que estábamos hechos el uno para el otro. Éramos de dos generaciones diferentes, de dos culturas diferentes y con ideas muy diferentes también, pero de cierta manera nos complementábamos. Tenía la sensación de que podíamos aprender muchísimo el uno del otro. Y no puedo asegurar que enamorarme de él fuese una decisión consciente, pero lo hice.

La reunión terminó y yo y mi convulsionado corazón nos dirigimos lentamente, casi flotando, a nuestra cama.