You are currently browsing the category archive for the 'Capítulo 09' category.

 

La vida en el paraiso

La vida en el paraiso

Pasó una semana y poco a poco fui perdiendo las esperanzas de volver a verlo. Cada noche repetía el ritual de irme a la cama como quien va a una cita a ciegas. Me duchaba, peinaba, perfumaba y hasta un par de veces llegué a maquillarme. Me tumbaba y esperaba. Esperaba en vano porque, por supuesto, cada mañana al abrir los ojos no lograba recordar nada de la noche anterior y la misma sensación de vacío me golpeaba el estómago.

Los que sí cambiaron fueron mis días y es que a raíz de mi repentino y público ataque de llanto mis compañeros empezaron a invitarme a toda clase de eventos y actividades. Ya es bastante triste que la gente se te acerque movida por la compasión, pero todavía es más triste que esa compasión provenga de una idea errónea. Aunque tenía claro que mi seudoenamoramiento de un ser inexistente era un secreto que se iría conmigo a la tumba. Y en cualquier caso que la gente se interesase lo suficiente por mí como para incluirme en sus planes era tan halagador que dejé de cuestionarme si ese interés había nacido de la semilla correcta. Veríamos si era capaz de sobrevivir a mi primera semana de intensa vida social. Mi bautismo de fuego fue ir una noche hasta bien tarde con una de las jardineras a un concierto de música aborigen australiana teniendo que levantarme a la mañana siguiente a las seis para tomar parte en una excursión –con dos personas del departamento de recepción– en barco para ver delfines. Quizás me estuviese excediendo.

A veces me invitaban a tomar una cerveza con alguno de ellos después de la cena. Y yo, que odio la cerveza, decía que sí siempre.

Creo que toqué fondo el día que fui con los de mantenimiento a una playa escondida, donde unos hippies alemanes vivían en cuevas. La experiencia es digna de mención:

Tras un largo y difícil trayecto por un camino de cabras que subía y bajaba rodeando una montaña, como un anuncio de otros tiempos, un arco iris pintado en una gran roca nos señalaba la entrada de una pequeña cala. Era un lugar increíble y aislado, con una decena de cabañitas de paja construidas como continuación de las pequeñas grutas que se metían en la ladera de la montaña. Daba igual el punto cardinal hacia el que mirase, no había nada que recordara la civilización. Los habitantes de esta playa eran todos hombres con pelo largo, barba de meses y alguno con un pañuelo a modo de taparrabos como única vestimenta. El resto ni siquiera se había molestado en esconder nada de lo que la naturaleza se había tomado el trabajo de poner allí tan primorosamente.

La presencia de una mujer cayó como una bomba. Eran como una decena de Adanes viendo a Eva por primera vez. Debería de haberme puesto más ropa porque tardaron algo así como cinco segundos en desnudarme con los ojos. En ese momento me pregunté cuan segura estaba allí con los tres chicos de mantenimiento. Pero del halago y el temor pasé rápidamente a la indignación. En cuanto nos sentamos con ellos empezaron a fumar marihuana y cualquier interés por mí, el género femenino e incluso el género humano desapareció. Esa era la verdadera esencia de su vida. Por poner un ejemplo de cómo me sentí, fue algo así: cae una bomba atómica y todas las mujeres son exterminadas. Casualmente sólo sobrevivimos dos hombres y yo. Me ven y deciden hacerse homosexuales.

Pasamos toda la tarde fumando y contemplando el horizonte. De vez en cuando pasaba un barco a lo lejos y como si se hubiese encendido una televisión gigante, todas las miradas se dirigían hacía allí, siguiendo su trayectoria hasta que se perdía en la lejanía.

No tengo la menor idea de cómo conseguí no despeñarme en el camino de vuelta. Estaba tan atontada que no sabía ni donde pisaba. Creo que decidí empezar a poner un límite a mi vida social cuando me caí encima de uno de los chicos de mantenimiento y cerré los ojos para dormir como si el pobre hombre fuese un colchón. A la mañana siguiente necesité tres aspirinas para arrancar antes de dirigirme a la lavandería. Un cierto vapor de resaca flotaba en mi cabeza y la idea de que un poco de soledad quizás no me vendría tan mal.

El leve ronroneo de la lavadora me fue adormeciendo mientras doblaba metódicamente la pila de toallas. Me asaltó de repente la conciencia de que no había ni una pizca de satisfacción personal en ese trabajo. Siempre había soñado con realizarme a través de la pintura. Pero se necesita algo más que “soñar” para hacer algo en esta vida. La cosa tiene su gracia: estando en el instituto, un profesor de arte al que yo admiraba como si hubiera sido la reencarnación de Leonardo da Vinci me dijo que tenía talento. Y yo guardé esa frase como un tesoro en mi interior pero sin tener el valor de comprobar si era cierta.

Inventaba todo tipo de excusas para no retomar la pintura. O no tenía tiempo o no tenía dinero. Si daba la remota casualidad de que tenía ambas cosas, quizás lo que no tenía era espacio en mi cabeza.

La cosa es que cuando estaba muy contenta mi filosofía vital era “Carpe Diem”. Vivía el momento sin plantearme nada que supusiese un esfuerzo físico o intelectual. Si estaba triste, toda mi energía era absorbida por una especie de agujero negro que impedía cualquier toma de decisión o estado creativo. A veces no estaba ni feliz ni triste pero entonces una cierta apatía lo teñía todo. No tenía la pasión ni la imaginación necesarias para emprender una obra artística. En resumidas cuentas: era una cobarde.

Y sabía perfectamente que cualquier forma de alegría o satisfacción que alcanzase en la vida iba a ser incompleta. El fantasma de la culpa y el miedo acechaban recordándome que hasta que no acabase con mis inseguridades absurdas no sería capaz de disfrutar plenamente de nada en la vida. La verdad es que no sabía cómo enfrentarme a las críticas. Sospechaba que un comentario negativo podría hundirme total y definitivamente. Pero esas son las reglas del juego en la vida: para ganar hay que arriesgar. Y la mediocridad se me fue haciendo segura. Pensaba que si no arriesgaba no perdía.

Pero estaba muy equivocada y esa mañana, a las tres horas de doblar ropa de cama lo comprendí.

Llevaba años perdiendo. Perdiendo la esencia de lo que era o podía ser. Mi talento era una parte fundamental de mi personalidad y yo lo había metido en un oscuro cajón de un mueble olvidado. Y no puedes enterrar en vida tus esperanzas de realización y ciertos sueños sin que una parte de tu alma se entierre también. Así fue como me desperté del ensueño, en mitad del centrifugado, con un ataque de pánico. Acababa de tomar conciencia del increíble desperdicio de mis doce últimos años, materializado en un escalofrío que recorrió mi espalda.

Había trabajado en casi todo lo imaginable. Siempre cambiando cada cierto tiempo para no agobiarme. Había odiado todos mis trabajos sin excepción. Sólo a veces, al principio, me engañaba pensando que era perfecto para mí. Pero nunca pasaban más de tres o cuatro semanas sin que la batalla interior empezase a fraguarse. El proceso se iniciaba cuando oía el despertador y lo primero que deseaba era ponerme enferma. Era un síntoma inequívoco de que el fin estaba próximo. Y ahora me preguntaba cuan cerca estaba el final de mi trabajo en la lavandería. Los síntomas aún no se habían manifestado clara y contundentemente; de momento me preocupaban más mis noches que mis mañanas. Pero esa preocupación también se iba desvaneciendo. Paré con la rutina de arreglarme al filo de la medianoche o antes de irme a dormir. Dejé de obsesionarme con contar ovejas y con esperar a un príncipe azul irreal que no parecía que fuese a volver. De hecho esa noche, después de cenar, me fui a la cama sin más preocupaciones que no tener intrusos entre mis sabanas. Estaba tan cansada que ni siquiera me quité la ropa.

De pronto el traqueteo del tren me despertó. Ataviada con un favorecedor vestido rojo daba pequeños sorbos a una copa de vino tinto. Podía sentir el suave y cálido líquido deslizándose por mi garganta. Relajando mis músculos. Era feliz.

–¿Cuál es tu nombre?–, su voz me trajo a la realidad del sueño.

–Tara–, dije mirándolo directamente a los ojos, mientras mi estómago se encogía.

–Bonito nombre. Encantado de conocerte. Yo me llamo Eric.

–Eric… Eric…–, ¡por fin sabía su nombre! –Yo también me alegro de conocerte–. Y por una vez, entre tanta frase de cortesía que solemos decir en la vida, lo sentía de verdad.

Bebimos en silencio durante unos minutos, quizás intentando memorizar nuestros respectivos nombres. O al menos yo lo hacía, repitiéndolo como un mantra.

–Es curioso que me hayas invitado a esta fiesta sin siquiera saber mi nombre. Por cierto, ¿la invitación iba en serio?

Se podía detectar cierto tono de alarma en mi voz.

–No suelo bromear cuando se trata de fiestas– dijo, poniendo cara divertida. –Además, cuando te vi aquí sentada tuve la sensación que nos conocíamos de antes, aunque estoy casi seguro de que nunca nos hemos visto. ¿No te pasa a veces que tienes la impresión de repetir en el presente un momento del pasado? Nunca entendí a qué se referían exactamente los que hablaban de los déjà vu, pero hoy al entrar en este vagón del tren y verte, empecé a entenderlo.

Bajó la mirada y por primera vez pude notar que él también estaba nervioso.

Asentí con la cabeza y me escondí tras mi copa de vino.

–De hecho creo que he soñado contigo…

 Entonces nos miramos en silencio durante un minuto, como si todo estuviera dicho. Y sabíamos que lo estaba.

–Lo siento, ni te he preguntado si tenías planes para esta noche–, me dijo de repente.

La verdad es que no los tenía, pero me daba vergüenza reconocerlo tan abiertamente.

Entonces él me miró con los ojos de un niño pequeño, expectante, y a mí se me ablandaron los esquemas. No podía dejar de sonreír y sabía que la imagen de mujer segura y distante no tenía sentido. En ese momento no estaba segura de nada y además no me había sentido tan cómoda y cercana con un extraño en toda mi vida.

Decidí decir la verdad y no hacerme la interesante.

–No había pensado hacer nada especial. Acurrucarme en la cama con Neruda…

–¿Cómo?

Estaba totalmente desconcertado.

–Me refiero a un libro de Neruda.

Estallamos ambos en carcajadas. Realmente no había planeado decirlo así pero algo en mi inconsciente me traicionó.

–¿Vives en Madrid? –, me preguntó.

–Provisionalmente. He alquilado un pequeño estudio hasta que encuentre un sitio en el campo al que pueda llamar hogar. Tengo claro que no quiero vivir en una ciudad. He estado visitando a unos amigos que viven en un pueblecito e intentan convencerme para que me mude a su zona. La verdad es que acabo de empezar la búsqueda y no he visto mucho…

–¿Y te ha gustado lo que llevas visto?

–Si, aunque de momento no he dado con el sitio perfecto. Pero sé que está ahí afuera. Esperándome…

–Mi casa también está por esta zona, en las afueras de la ciudad. Vivimos en uno de esos singulares pueblecitos de la sierra. Estoy seguro de que te encantaría el sitio.

Vaya por Dios. Después del “vivimos” ya no escuché nada más. No era alcohólico, sino algo peor: estaba casado y probablemente con hijos. Lo que confirmaba mi teoría de que a partir de cierta edad es más difícil encontrar un buen hombre soltero que ganar la lotería.

Mis pensamientos debieron reflejarse claramente en mi cara porque se apresuró a explicarme que se trataban de sus animales: dos gatas y un perro.

De repente ambos nos relajamos y empezamos a reír sin ninguna razón para ello. Las palabras fluían creando un movimiento parecido al del viento cuando mueve las hojas de los árboles. Pero un viento de verano, cálido y suave. Sentí un hormigueo en mi cabeza, de relax, que poco a poco se fue transformando en un incesante “bip, bip”. El sonido fue aumentando hasta poder distinguir perfectamente la molesta llamada del despertador. Abrí un ojo y vi mi cuarto en penumbras. No podía creer que justo ese día hubiese puesto el despertador tan temprano para participar en la meditación de las siete de la mañana.