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Frutas para el alma

Frutas para el alma

 

Esa mañana, en la lavandería, mi cabeza seguía en el tren. Apenas podía concentrarme en el trabajo. Doblaba las sabanas mecánicamente como un robot programado para hacer su tarea.

Sabía perfectamente que sólo había sido un sueño pero incluso a la luz del día parecía tan real que me costaba hacerme a la idea de que se había acabado. Ni siquiera le había preguntado su nombre pero sus ojos y su sonrisa se habían quedado impregnados en mi memoria de forma indeleble. Me encontré a mí misma sonriendo sin motivo en varias ocasiones y hasta hubo quien me preguntó que de qué me reía. Demasiado absurdo de explicar: me había enamorado de un sueño. De un rostro, un olor, una voz que yo misma había creado.

Terminé de trabajar y me senté a contemplar frente al mar con una copa de vino, el vasto paisaje de agua y cielo que se extendía frente a mí. El vino no era ni la mitad de bueno que el de la noche anterior. Sin duda tenía una imaginación de lo más refinada.

Por primera vez, esa soledad que me había acompañado desde mi llegada no era fría y amarga. Necesitaba estar sola para digerir los últimos acontecimientos.

Mi cabeza estaba llena pero no tenía mucho que contar o no sabía cómo contarlo. Y no es que el sitio fuese el summum de la normalidad, pero tratar de hacerle comprender a alguien que…

…tu estómago está encogido de ansiedad, tu corazón late más deprisa que lo habitual, has perdido el apetito y deseas con todas tus fuerzas irte a dormir porque estás enamorada de un espejismo de tu propia creación…

Me temo que eso superaba con creces lo que llevaba oído desde mi llegada.

Lentamente el sol se fue escondiendo tras el mar y los colores a mi alrededor cambiaron también. El mar se convirtió en un inmenso cielo naranja y el cielo en un mar púrpura.

Se veía algún barco velero a lo lejos, y las luces del pueblo al otro lado de la bahía comenzaron a encenderse. El paisaje se transformó en cuestión de segundos. Era como tener delante a un pintor invisible intentando dar forma a su obra.

Es curioso como cambian las cosas. Desde mi llegada, cada vez que me sentaba frente al mar solía fijar la vista en el puerto. En cierto modo me hacía reír que cuando todo el mundo contemplaba embelesado las puestas de sol, yo miraba sin darme cuenta hacia el otro lado, a ese paisaje de barcos inmóviles. Soñaba con el momento en que tomaría uno de ellos de regreso a casa, dondequiera que ella estuviera. Sorprendentemente podía pasar horas mirando el puerto. Era casi como mi hobby.

Yo sabía que nadie me obligaba a quedarme pero esta vez quería estar realmente segura antes de tomar una decisión. Sólo hubo una noche en que la impaciencia casi me puede. Me desperté con una angustia increíble en el pecho. Hay quien lo llamaría ataque de ansiedad, yo simplemente lo llamo ataque de desamor.

Para algunas personas, recibir un beso, un abrazo o cualquier otra forma de contacto físico es tan necesario como el respirar y yo soy una de esas personas. Desde que había llegado nadie se me había acercado lo suficiente como para sentir al menos su campo de energía interactuando con el mío. Mi corazón necesitaba de combustible en forma de cariño para seguir funcionando. Esa noche noté que al mío se le acababan las reservas y empezaba a secarse. Miré a un lado y a otro y no había nadie que fuese a tocarme o a quien tocar. Necesitaba ir a algún sitio donde me abrazasen, así que tomé la decisión de irme.

Serían alrededor de las cuatro de la mañana y muy despacio, como en un ritual, comencé a hacer la maleta. Metí en una bolsa de basura lo que consideré innecesario cargar en mi viaje de vuelta y me senté en el borde de la cama esperando una especie de señal del cielo para cruzar la puerta. Pero la señal no llegó. Entonces me enrosque en mi misma como un ovillo y me quedé dormida. Por la mañana entreabrí los ojos con la resaca de alguien que se ha pasado la noche intentando dormir sin éxito. Además sentía un cierto entumecimiento en el cuerpo. Cuando vi la maleta enfrente de la puerta comprendí que no había tenido el valor necesario para salir al mundo de nuevo.

A partir de ese día una dosis de resignación impregnó mi vida. Y no es que nadie me estuviera castigando, al encerrarme en esa jaula de oro. La razón de seguir allí era que afortunadamente la sensatez no me había abandonado del todo. Empezaba a comprender que no podía huir de mi misma y ese cariño que me faltaba debería empezar a recibirlo de mi propia persona.

Pero volviendo a la realidad: esa tarde, frente a una de las puestas de sol más impresionantes que había visto en mi vida, ya no miré al puerto sino al horizonte. Donde el mar se hacía infinito. Absorbía la belleza de mi alrededor pero sin pensar en ella. Sin pensar en ninguna de las pequeñas miserias que normalmente son convidados de piedra de muchos de mis pensamientos. Pensaba en el amor. Así, sin más.

Y así sin más el sol se fue. Y la noche llegó sin avisar. Sentía una mezcla de miedo e impaciencia por irme a dormir. ¿Qué pasaría si no le volvía a ver? Yo le había creado en algún lugar remoto de mi inconsciente y debía ser capaz de traerle de nuevo. Pero no debía engañarme a mí misma. Él no podía tapar el vacío de amor en mi vida. ¿O quizás sí?

Alguien se acercó por detrás y puso su mano en mi hombro. Era Karen, una de las cocineras.

–¿Estás bien? Hace rato que sonó la campana para ir a cenar. Te he estado observando y llevas mucho rato aquí sentada.

–Sí, gracias. La verdad es que no la he oído. Tengo uno de esos días en los que mi cabeza está en otro mundo y me cuesta hacerla regresar.

–¿Pensando en algo o más bien, en alguien especial?–, dijo con sonrisa pícara.

–Mmnnn… algo así.

¡Cualquiera explicaba lo que me estaba pasando…!

–Hoy te noto diferente. ¿Alguien que conozco?–, y volvió a poner esa curiosa sonrisa de casamentera.

–No, no. ¡Ojalá! Sólo fantasmas de mi mente.

–¡Vaya, qué misteriosa!

Y como llegó, se fue. Me sorprendió la familiaridad del momento. Como dos amigas que se cruzan por la calle. Era una de las primeras veces que alguien me preguntaba cómo estaba. Y la pregunta llegaba en el momento en que necesitaba más respuestas. Sé que más de uno dado a psicoanalizarlo todo diría que ese sueño era tan sólo la expresión de mis deseos, pero yo, que era una experta en sueños, sabía que había algo más.

Me levanté de la silla que ya tenía la forma de mi retaguardia y me fui directamente a mi cuarto casi quitándome la ropa por el camino. Me metí entre las sabanas y apagué la luz. Tenía que dormirme. Tenía que soñar. Pero hay veces en que un acto fisiológico tan simple no se consigue sólo por quererlo. ¡Un momento perfecto para tener insomnio! Estaba presionando demasiado por repetir lo irrepetible, porque aún siendo yo la que lo había creado no lo había hecho conscientemente y repetir una fórmula del subconsciente era algo así como jugar con alquimia.

Intenté utilizar todas las técnicas que conocía para quedarme dormida: desde contar las consabidas ovejitas hasta hacer aeróbic en mi cama intentando alcanzar el agotamiento. Pero uno sabe que hay un límite para todo en la vida y el llegar a las mil quinientas ovejas debería ser uno de ellos. En algún punto de la noche me debí quedar dormida, aunque no sabría decir cuándo.

Entonces abrí los ojos y era de día. Estaba en mi habitación, en una isla y a lo lejos sonaba la campana para el desayuno. Suspiré. Uno de esos suspiros que deberían ir a concurso. ¡No había soñado! Me quedé muy quieta dentro de mi útero de algodón y poliéster sin saber qué hacer o pensar. No podía recordar nada de la noche anterior. Era como si sólo hubiese pasado un segundo entre la noche y el día. Una oleada de frustración recorrió mi cuerpo. Se me ocurrió entonces que una taza de café y un trozo de papaya me ayudarían a salir del estado de shock en el que me encontraba. Pero para cuando llegué a la mesa del buffet las papayas se habían terminado. Y esa fue la última gotita de mi rebosante vaso. Cualquiera que hubiese visto a esa chica enfrente de una bandeja de frutas, llorando desconsoladamente sin importarle las docenas de ojos desconcertados posados sobre ella, hubiese pensado que la escena era sin duda inusual. Pero si además hubiese tenido conocimiento de que el drama se desencadenó por la ausencia de papayas en la mesa del buffet, cuanto menos hubiese catalogado de kafkiano el espectáculo. Y por eso debo explicarme.

Desde que había llegado, una de las pocas alegrías que tenía era el desayuno. Y esa alegría consistía en desayunar cada mañana un trozo bien grande de papaya. Todo empezó años atrás cuando vivía cerca de un supermercado especializado en exquisiteces dignas de un gourmet. Cada vez que pasaba delante del escaparate y veía las papayas tumbadas como si fuesen las actrices porno del mundo de la fruta, no podía menos que mirarlas con un deseo casi lascivo. Pero mi maltrecha economía y el sentimiento de culpabilidad al pensar que era un producto absolutamente prescindible en mi cesta de la compra me disuadieron siempre de comprarlas. Cuando llegué a la isla, una mesa de frutas tropicales libres de culpa me esperaba cada mañana. Y algo tan simple como eso me hacía empezar el día con una gran sonrisa, haciéndome olvidar un poquito mi soledad.

Esa mañana lloré por las papayas, quizás. Pero también por la falta de amor. Por todo lo que había perdido en mi vida y nunca recuperaría. Por no ser una niña para poder pedir un abrazo sin avergonzarme por ello. Lloré por todo el amor desperdiciado y por el que sólo podía vivir en sueños. Lloré y lloré hasta casi agotar el agua de mi cuerpo. Y para cuando terminé, ya no me quedaban energías para explicar a mi sorprendido público el porqué de tanta lágrima.