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Camino al trabajo
Cuando llegué esa mañana a la lavandería alguien me esperaba para explicármelo todo. Era una señora alemana muy amable de unos cincuenta años, pero que apenas hablaba inglés, único idioma común entre ambas.
El sui géneris cursillo se convirtió en un número de circo donde manos, brazos y gestos intentaban hacerme entender el funcionamiento de cada máquina. Yo procuraba no reírme, pero en mi interior estaba rodando por el suelo.
Y quizás porque me apiadé de mi pobre instructora, que ya empezaba a sudar con tanto movimiento, empecé a decirle que sí a todo.
La triste realidad era que no me estaba enterando de nada. Pero si no terminaba aquella tortura pronto, no iba a poder seguir conteniendo la risa por más tiempo.
Al final, sintiéndose satisfecha con sus enseñanzas, se fue y yo me quedé sola en ese cuartito sin saber muy bien qué hacer. No debía ser muy complicado teniendo en cuenta que casi todo el mundo en esta parte de occidente tiene una lavadora en su casa. ¡Qué equivocada estaba! ¡…Y cómo iba a echar de menos a la rolliza señora alemana!
Si tuviera que ponerle un título a mis comienzos en la lavandería elegiría: “La lavandería o de cómo expiar tus culpas mediante un aparato del demonio.”
Estoy casi segura de que poseo más neuronas en mi cerebro tras la tarde que pasé intentando, como en un juego de lógica, descifrar el funcionamiento de cada aparato.
El problema es que esas lavadoras habían sido tecnología punta hacía veinte años, y a pesar de su antigüedad contaban con un sistema digital que requería de un experto para entenderlo. Y todo porque a algún brillante científico de los ochenta se le ocurrió hacer una lavadora con temporizador.
Esa semana la colada comunitaria salió con cierto retraso. Y ojalá todo se hubiese quedado allí. Hubo algo que no capté en los aspavientos de mi profesora. Lo peligroso de mezclar las alfombrillas rojas de baño con cualquier otra prenda del inacabable cesto de la ropa sucia.
Rosa. Todo lo blanco se volvió rosa. Y el resto de los colores quedaron teñidos de un indescriptible anaranjado. De repente mi zona de tender tenía un aire a campamento Barbie.
Para mi descargo he de decir que no estaba tan en las nubes como es de esperar en alguien como yo. En mitad del proceso ya me di cuenta de lo que estaba pasando dentro de los tambores de la lavadora. Intenté pararla, sin éxito al principio, ya que los dichosos temporizadores se resistían a todos mis intentos. Al final logré desconectar el cable y abrir la puerta de la lavadora sin percatarme de que todavía había muchísima agua adentro. Un río rosa cubrió todo el suelo de la diminuta lavandería y yo sin saber qué hacer me quedé observando el desastre en cadena que había organizado. Por supuesto, a esas alturas del proceso el rosa estaba totalmente fijado al tejido de toda la ropa de cama, y la única opción que quedaba era hacerme la tonta y pretender que nada había pasado. No había vuelta atrás en el proceso.
La anécdota de las sábanas corrió como la pólvora y en pocas horas una procesión de curiosos fue acercándose a la lavandería para comprobar con sus propios ojos el rumor circulante.
Desde caras de póquer y sonrisillas tímidas, hasta comentarios jocosos y alguna carcajada. Hubo de todo esa tarde. Eso sí, por fin la gente se acercó a hablar conmigo. Como decía mi abuela: de todo lo malo sale algo bueno.
Lo que me recuerda un incidente aislado que me pasó hace años y que da una idea clara de lo que era mi vida:
1) De camino a una cita con un amigo, veo una cabina de teléfono y me detengo para realizar una llamada y acoplar en mi apretada agenda otra cita más. Meto una moneda y se me atasca. Entonces me percato del enorme cartel que dice que esa cabina no admite monedas, sólo tarjetas.
Mientras me acuerdo de todos mis antepasados, meto la mano en el orificio de devolución de monedas. Acto reflejo estúpido ya que sigo viendo mi moneda atascada en el orificio de entrada.
2) Pero, ¡Oh, sorpresa!, me encuentro una moneda de mucho mayor valor que la que introduje un minuto antes. Empiezo a sonreír como si me hubiese tocado la lotería.
3) En ese momento el teléfono, que estaría mal colgado, cae golpeándome la cabeza. Así que sin darme apenas tiempo de alegrarme por mi extraña buena suerte, empiezo otra vez mi ronda de maldiciones.
4) Aturdida por el golpe, comienzo la búsqueda frenética en mi bolso de un objeto Macgiver que me ayude a recuperar mi moneda. No era por el dinero en sí mismo, era más bien una cuestión de principios. Al final, con la ayuda de una tapa de bolígrafo logro recuperar la bendita moneda.
5) Al final me alejo de la cabina sonriendo y frotando mi dolorida cabeza, sin recordar muy bien dónde iba, sin haber realizado la llamada y blandiendo mi moneda al viento como si acabase de realizar un acto heroico.
De lo que se podrían sacar varias conclusiones:
1) Por no vivir en el presente y estar más ocupada en mi cabeza con el momento siguiente, no presto atención a lo que pasa a mí alrededor.
2) Que tras cada problema o accidente casi siempre hay algo positivo esperando a la vuelta de la esquina.
3) Que cuando te pasa ese “algo” positivo no debes bajar la guardia ya que la vida te va a recordar pronto que todo es efímero. La vida es como un círculo.
4) Que cuando uno se empeña en conseguir algo, respaldado por principios, tiene un alto grado de posibilidades de lograrlo.
5) Que lo bueno de los accidentes es que te hacen perder el rumbo y, con cierto tinte surrealista de fondo, te devuelven a las pequeñas cosas esenciales de la vida.
Lista de puntos aplicable, por cierto, a mi accidentada experiencia con el coche en Francia. Pero volviendo a la lavandería, por el momento podía ejercitar los primeros dos puntos, ya que mi despiste me había sacado del ostracismo social, pero no pasó ni una semana que el punto tres de la lista se materializó como salido de una profecía para recordarme que necesitaba otra lección acerca de la mezcla de colores… ¡Malditas toallas moradas! En fin. Esa es otra historia.
La verdad es que entre mi lucha nocturna contra las cucarachas mutantes, mi lucha diurna contra las picaduras de mosquitos –que parecían sentir especial predilección por mi sangre– y mi extraordinaria habilidad para cambiar de color cualquier prenda que introdujese en la lavadora, los días fueron pasando rápido. También mis sueños evolucionaron. Terminé la saga de la cuchara de palo, el pájaro y el domador de circo. Ahora en el sueño había también una olla. El guiso: pollo en pepitoria. Después tan gastronómico final, los sueños con sonido de tren de fondo volvieron, sucediéndose casi a diario. Me terminé acostumbrando y hasta necesitando de este peculiar ronroneo para dormir.
En mi ruta hacia la distracción me leí todo lo que traje, incluyendo Khalil Gibrán y su profeta varias veces. Entonces empecé a rebuscar entre la librería comunitaria nuevo material de lectura que me rescatase un poco de tanta hora muerta. No había demasiado donde elegir teniendo en cuenta que la mayoría de los libros estaban escritos en alemán. Así que entre las pocas opciones que encontré en un idioma que fuese capaz de entender, pasé de leer un anecdotario médico de efectos narcolépticos a un libro de cómo plantar hortalizas en climas subtropicales sin muchos miramientos. Mi vida social iba mejorando a pasos de tortuga y aunque yo sabía que era una cuestión de tiempo y seguía con mi sonrisa más acartonada que nunca, había días en los que una intensa oleada de soledad lo invadía todo.
Las horas de la comida siempre eran las más difíciles. Cuando sonaba la campanilla, recogía mi comida del buffet y me dirigía hacia alguna mesa para no comer sola. Pero un acto en apariencia tan sencillo se convertía en un complicado ejercicio de psicología avanzada donde intentaba descubrir en qué mesa molestaría menos o me sentiría mejor recibida. Casi siempre evitaba las mesas en las que sólo había alemanes, porque de antemano sabía que, o iba a ser ignorada, o iba a obligar a todo el grupo a hablar un idioma que no era el suyo. Lo que en cualquier caso ocurría sólo durante los primeros cinco minutos.
Estaban las mesas de las parejitas en las que sabías que decididamente sobrabas. Las mesas de los que hablaban idiomas raros. Las mesas de los clientes. Las mesas asociales. Y al final muchos días desfilaba entre todas ellas sin decidirme hasta llegar al muro que daba al mar donde comía sola.
Mantenía aquí y allá alguna conversación, pero en general sólo eran intercambios superficiales que no llegaban a más de dos o tres frases sobre la comida, el tiempo o el trabajo. Me sorprendía que la gente no fuera más curiosa. ¿O era tal vez que no ofrecía un aspecto que atrajese el interés de los que me rodeaban? Llegué a la convicción que mi poco más de metro y medio, mis sesenta kilos forrados de un atuendo deportivo y mi afán por pasar desapercibida, fundiéndome como un camaleón con mi entorno, no era el mejor reclamo para atraer la atención de las personas del sexo contrario. Y las mujeres parecían estar demasiado ocupadas en ser interesantes para esos mismos hombres como para perder el tiempo en cultivar una nueva amistad conmigo. La idea de que mi personalidad carecía de todo carisma cobraba más fuerza con el transcurrir de los días.
Cada mañana al levantarme y chequear que ningún ser extraño hubiese pasado la noche conmigo, me quedaba en la cama cavilando sobre las razones que me llevaban a seguir allí. Ya no sabía qué más podía hacer para integrarme y empezaba a perder las esperanzas. Sentía que para encontrar el cariño que me hacía falta tenía que buscarlo con gafas de aumento, aunque también era consciente de que la paciencia no era una de mis mayores virtudes. Quizás la idea de comunidad perfecta y armónica que tenía en mi cabeza era cuanto menos naïf y cercana a la utopía. Seguramente parte del proceso de madurar iba asociado a perder la fe en la raza humana y mis últimas esperanzas iban desapareciendo en esa isla paradisíaca. Sí, parecía que me estaba haciendo adulta.

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