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El día de mi viaje llegó y yo tenía un nudo en el estómago. Mi neurosis rayaba el internamiento en un psiquiátrico ya que entre otras cosas me cambié de ropa y peinado unas veinte veces. Me preocupaba en exceso dar una buena impresión. Como era de esperar terminé vestida como empecé, pero ahora mi maleta parecía haber sido víctima de un registro antidrogas. Cuando logré cerrarla a fuerza de presionar tumbándome encima, daba igual lo que llevase puesto. Las arrugas y el sudor eran los protagonistas absolutos de mi aspecto. Respiré hondo. Por delante de mí una maratón de diez horas, empezando por llegar al aeropuerto que es siempre una odisea y sobre todo en hora punta.
En principio no quería que nadie fuese a despedirme porque no tenía espacio en mi cabeza para ponerme triste, pero uno de mis amigos insistió tanto que decidí que tampoco tenía espacio para discutir y acepté su ofrecimiento.
Una vez más el paisaje de mi vida cambiaba, pero esta vez mi corazón se iluminó al ver el azul intenso del mar desde la ventanilla del avión. Me obligué a mi misma a sonreír para relajar la mandíbula tensa de tanto nervio acumulado. Y así, sin darme cuenta, relajada por la visión esa vasta extensión de agua, aterricé. En cuanto miré el reloj toda sensación de relax se fue al traste. ¡Tenía unos escasos veinte minutos para coger el barco! Si no lograba llegar a tiempo al puerto me tocarían seis horas de espera para el siguiente, anclada con mi maleta y un libro de Khalil Gibrán como único entretenimiento.
Ya me valía empezar a rezar a cuanto santo recordara para que obrase el milagro. Y el milagro se dio, pero a costa de mi pobre corazón.
Todo por preguntarle al taxista si era posible llegar al puerto en diez minutos, cuando me habían dicho que se tardaban veinte, porque si no iba a perder el barco. El buen hombre, sin decir ni mú, arrancó de golpe sin darme tiempo a sujetarme. Quedé empotrada contra el asiento trasero. En cuanto pude reorganizar mi batido de neuronas le comenté al taxista que prefería conservar la vida a perder el barco, pero creo que no captó la seriedad de mi irónica suplica porque siguió acelerando. Y es que decirle a un taxista que vaya lo más rápido que le sea posible es tan peligroso como darle una pistola cargada a un niño.
Quién sabe si por estar emulando a sus héroes de las películas de acción o por desfogar sus frustraciones ocultas, hubiese jurado que el psicópata estaba disfrutando. A través del retrovisor creí atisbar una sonrisa con un toque de sadismo.
Finalmente pude coger el barco, y como no puede ser de otra manera en estos casos, salió con media hora de retraso.
Cuando mi estómago comenzaba a recuperarse del mini rally, empezaron las olas. ¡Ahora sé cómo se siente la ropa dentro de una lavadora! En ese momento recordé que no me había dado tiempo a tomarme las pastillas contra el mareo. Leí a toda velocidad el prospecto que decía algo acerca de tomarla media hora antes. Pero “más vale tarde que nunca”, pensé y me tomé cuatro. No puedo ni describir la sensación de estar drogada y querer vomitar al mismo tiempo. Única.
Por lo visto solamente mi cerebro asimiló el efecto calmante de las pastillas, porque mi estómago seguía galopando con las olas. Logré contener las náuseas en un acto de fuerza interior sorprendente hasta que llegamos al puerto de destino, pero minutos antes de atracar me derrumbé. Por suerte logré llegar al baño a tiempo.
En cuanto puse pié en tierra sentí la tentación de postrarme de rodillas para besar el suelo como el Papa. Por fortuna alguien estaba esperándome en el puerto y eso me disuadió de hacer el ridículo. Era un extraño hombrecillo que venía con sonrisa puesta y todo. No hablamos mucho durante el trayecto en coche a mi nuevo hogar. Yo no sabía qué decir y él parecía no sentir curiosidad. Cuando por fin llegamos no podía dar crédito a lo que veían mis ojos: era como una postal onírica. Rodeado por un lado de montañas y por el otro de mar, parecía un pequeño rincón de paraíso en la tierra.
Mientras seguía a tan parco anfitrión hacia mis aposentos, no podía evitar detenerme cada dos pasos para observar las increíbles plantas y flores que brotaban de cada rincón. Palmeras, árboles de frutas tropicales que jamás había visto, y muchos caminitos de tierra que se perdían entre la vegetación y me incitaban a seguirlos.
Lo que no veía por ningún lado era gente.
De repente nos detuvimos frente a un gigantesco árbol de caucho. A los pies del árbol, una cama y en ella una mujer desnuda fumando. Intenté parecer cosmopolita y cerrar la boca. El hombre que me había ido a buscar me presentó a la mujer desnuda, se dio la vuelta y desapareció.
Mientras se enroscaba en un pareo transparente la mujer me explicó que ese era el día libre de casi todos los que vivían allí y que me enseñaría mi habitación para que me instalase y descansara. ¿Descansar? Yo estaba ansiosa por hablar con la gente, por conocer el sitio y lo último que quería era descansar. Pero no parecía que tuviese muchas opciones así que sonreí y la seguí.
Lo que ellos llamaban dormitorio era una cabañita de madera encantadora rodeada de vegetación. Era muy pequeña pero luminosa. En un primer vistazo me pareció como la casa de los pitufos. Una camita, mesa, silla y dos ventanas. Eso era todo. Sencillo pero “Chic” . Me podía imaginar a mi misma sentada en el porche, tomándome un té rodeada de flores. Bueno, todos los sueños terminan, y en cuanto la puerta se cerró detrás de mí y me quedé sola pude comprobar que más que la casa de los pitufos era la micro-casita de los gnomos. Está bien que yo esté lejos de ser alta pero la verdad era que para no golpearme la cabeza en los lados de mi nueva habitación debía cortarme las piernas. La cal de las paredes se desconchaba con sólo suspirar de cerca. El suelo estaba cubierto de unas alfombras que nunca habían conocido el jabón y el colchón de la cama era de una goma espuma tan fina que más me hubiese valido dormir en el suelo. Sonreí de nuevo pero esta vez era una sonrisa agridulce. Hogar dulce hogar.
No tardé mucho en instalarme. Sólo me llevo tiempo decidir dónde colocar algunas de las fotografías de mis seres queridos. Y cuando los hube dispuestos a todos en línea mirándome fijamente decidí guardarlos en un cajón. Con mi memoria bastaba. Rodearme de recuerdos del pasado no iba a ayudarme a disfrutar del presente.
Me tumbé en la cama mirando al vacío. Quién sabe qué nuevos sueños me traería esa cama…
Y así, sin planearlo, me quedé dormida. No recuerdo del todo lo que soñé. Solo que había una cuchara de palo, un pájaro y un domador de circo. ¡Ufff!
Tras esa dosis de surrealismo sentí el impulso de salir a explorar.
Según empecé a caminar, noté como el nudo en mi estómago se disolvía como una aspirina efervescente. En mi camino me encontré con algún gato perezoso descansando con los últimos rayos de sol, pero seguía sin ver un alma. No es que esperase una comitiva con pancartas y música para darme la bienvenida pero aquello distaba mucho de la imagen que había creado en mi cabeza sobre mi comienzo en aquella comunidad.
Empezaba a comprender que si quería ser feliz debía dejar de crear imágenes de cómo tenían que ser las cosas. Esperaba demasiado del mundo, y el mundo parecía tener a demasiada gente por complacer. ¡A la cola!
Decidí volver a mi habitación e intentar darle un toque de hogar. Quizás con un poco de esfuerzo e imaginación lograse darle un cambio de aires. Cuando me despertase al día siguiente todo sería diferente. Nuevo día, nuevas posibilidades.
En el camino de vuelta a mi cabaña vi a un hombre de mediana edad y aspecto amistoso fumando al lado de la piscina. Me acerqué para presentarme y realizar mi primer y probablemente último contacto del día.
“Hola, soy Tara.”
“Hola.”
“Acabo de llegar y estaba dando una vuelta para conocer el sitio.”
“Mmmnnn…”
“Pensé que perdía el barco y me tocaba llegar tarde por la noche, pero tuve suerte.”
“Mmmmnnn…”
“Veo que fumas. Yo acabo de dejar de fumar, por empezar una vida sana y esas cosas.” Para qué mencionar mi maltrecha economía…
“Pues has elegido un mal sitio para dejar de fumar.”
Frase apocalíptica donde las haya. Y la última que intente sacar de aquel extraño sujeto. Me quedé fácilmente otros veinte minutos sentada a su lado sin abrir la boca, contemplando el mar. Yo esperando que él dijese algo y él probablemente esperando que yo no lo hiciese. Y siguió fumando un cigarrillo tras otro, perdido en sus pensamientos, si es que había tal cosa detrás de su silencio. En ese momento hubiese saltado, sin pudor alguno, en dirección a su paquete de Malboro para arrebatarle uno. Empezaba a comprender a qué se refería con lo de que era un mal sitio para dejar de fumar. En cierto punto me levanté, sonreí para disimular mi frustración y me retiré a mi mini-hogar.
Al final parecía que aquel día estaba predestinado para Khalil Gibrán.

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