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... renaciendo de sus cenizas.
Tuve que recordar mi desastrosa situación actual para decidir que en efecto eran buenas noticias y no había razón por la que asustarse. Al menos tenía diez días para hacerme a la idea antes de volver a surcar los aires. Me debía de estar haciendo mayor porque la idea de viajar, que en otros tiempos me hubiese excitado, en esta ocasión me llenaba de angustia.
Mi nueva personalidad temporal, apartir de ese momento, me atrevería a bautizarla como de “neurosis galopante”. Y es que por alguna razón que no alcanzo a explicarme, en los dos días siguientes de saber que mi solicitud había sido aceptada compré el billete de avión, hice la maleta y me despedí de casi todo el mundo. Ahora sólo me quedaba sentarme a esperar que los restantes ocho días hasta mi partida pasasen lo más rápidamente posible.
Era una suerte que en ese momento tan delicado de mi existencia gran parte de mis amigas hubiesen decidido ser madres o esposas y estuviesen muy ocupadas, porque me ahorraban el tener que despedirme en persona. No es que no quisiera verlas. En realidad llevaba mucho tiempo quejándome del poco esfuerzo que realizaba alguna de ellas para organizar una cita. Lo que no quería era oír la larga lista de consejos y prejuicios que me iban a regalar como despedida. “Que si ya deberías asentarte, que si se te va a pasar la posibilidad de ser madre, que si tendrías que buscarte un trabajo estable…” Mi excéntrico y nómada estilo de vida me había ido alejando de mis amistades más antiguas. Eso y sus nuevas cargas familiares. Ser madre es sin lugar a dudas un milagro, pero también es una aspiradora de tiempo y energía. Con la maternidad de mis amigas más íntimas yo pasé por todas las fases posibles: celos, por sentirme abandonada. Envidia, por querer tener también mi propia familia. Incluso había pasado la fase de aceptación y tolerancia. Estaba de vuelta de todo y en estos momentos simplemente me daba igual.
Son curiosos los giros de la vida: hacía unos años había decidido dejar España y cambiar de vida en parte empujada por la apatía que empezó a instalarse en mi grupo de amigos. Era como si mi círculo social envejeciese a un ritmo superior al que lo hacía yo misma.
En esa época la mayoría de mis amigas entraron en una fase en la que las hormonas, el reloj biológico o la presión social les activó el interruptor de la maternidad. Además, al tener pareja parecía que ya no necesitasen a nadie más. La treintena es una época de la vida terriblemente individualista, a mi modo de ver. Con una dosis de egoísmo en parte necesaria pero que no deja de tener su lado gris. No es como el egoísmo del adolescente que enfrascado en su lucha contra todo y todos e intentando descubrir quién es, se cree el ombligo del mundo. Éste es un egoísmo sectario, que nace de haber vivido lo suficiente en un mundo hostil y complejo. Nace de la necesidad de crear un hogar o refugio protector de las amenazas exteriores. Y si le sumamos a la ecuación la llegada de los hijos, el ombliguismo sectario alcanza cotas insospechadas. El caso es que cuando se construye la propia familia todo lo que en su día fue indispensable pasa a ser accesorio y un claro ejemplo de esto son las relaciones de amistad.
Evidentemente no todo el mundo reacciona de la misma manera a la cercanía de cambio de decenio.
A mí, y precozmente ya que mi círculo social era de más edad, me dio por la aventura. Siempre había soñado con la posibilidad de dejarlo todo y salir a ver mundo. Hacer algo más con mi vida que “estudiar, trabajar, casarme, tener hijos y ser pensionista, finalmente”, que era lo que parecía estar escrito en el menú.
Fantaseaba con vivir en una granja, o en mitad de un bosque. Trabajar en alguna organización humanitaria en el tercer mundo, cuidar animales, ser artista, vivir con gente de otras culturas, cultivar la tierra, tener algún romance apasionado con alguien muy diferente… y puedo decir que en cuatro años lo hice todo.
Tenía un poco de dinero ahorrado, y con algún trabajo esporádico que conseguí aquí y allá fui sobreviviendo. Pero mi último accidente unos meses atrás marcó un corte en ese período. De repente sentí que necesitaba echar raíces. Pertenecer a algo o a alguien, darle un sentido más profundo a mi vida de una forma que no sabría explicar. Ojalá mi reloj biológico no se hubiera activado también.
Pero empezar de nuevo requería un grado de energía que yo no poseía en ese momento. Hacerlo sola, sin dinero y con el alma un poquito más vieja. Por todo esto, cuando leí acerca de un centro de meditación perdido en una isla, fue como ver la luz al final de un túnel. Eso era exactamente lo que mi alma necesitaba.
Toda mi vida había sido una defensora-simpatizante de la meditación, sí bien no practicante. El caso es que tenía la extraña convicción de que necesitaba estar centrada para empezar a meditar, sabiendo que para estar centrada y bien interiormente, lo más probable es que necesitara la ayuda de la meditación. Y si bien era consciente del círculo vicioso, no era capaz de salir de él.
Así que durante diez años la practiqué alrededor de unas diez veces, sin contar el curso de tres meses que hice al principio.
Había intentado el cambio desde afuera hacia adentro experimentando diferentes vidas dentro de una vida, y seguía sin saber quién era o qué quería, y lo más importante: sin saber porqué a veces me sentía incompleta. Era el momento de intentar el cambio desde adentro.
Allí iba a disponer de mucho tiempo y espacio para dedicarme a mí misma. Y debía hacerlo a conciencia porque empezaba a temer que esa fuera mi última oportunidad.
Ya me imagino cuan ridículo y exagerado le podrá parecer a cierta gente que con treinta años se utilice la palabra “última” para algo asociado a una experiencia vital. Pero la verdad es que mi entusiasmo y energías mermaban en cada nueva vivencia, diluyéndose en el camino algo de mi fe e ilusiones. En pocas palabras: en cada decepción la vida se me iba tornando un poquito más amarga y gris.
Desde pequeña siempre pensé que para ser feliz debía sentar unas bases muy firmes: quién soy, qué quiero, dónde y cómo. Nunca había imaginado que a estas alturas del viaje no tendría ninguna de esas preguntas resueltas. Y tal vez tendría que vivir el resto de mi vida sin tenerlas.
Quizás no era tan importante buscar esas respuestas. Después de todo evolucionamos tan rápido que para cuando creemos saberlo todo, nuestros esquemas de repente cambian y hay que iniciar la búsqueda de nuevo. Y últimamente con más fuerza que nunca mi búsqueda se había trasladado de mis días a mis noches.
Lo que me recuerda mencionar el único hecho significativo en los ocho días que estuve esperando mi partida. Entre mucho estado vegetativo, muchísima televisión y alguna lectura no reseñable tuve una experiencia bastante curiosa. Una noche me fui a dormir después de otro improductivo día sin demasiada chicha. Tan pronto como se me cerraron los ojos empecé a oír el traqueteo de un tren. Pero el sonido era tan lejano y difuso que no tenía claro si se alejaba o se acercaba. Así estuve toda la noche, esperando un tren que sentía pero que nunca llegaba. En un punto pude oír claramente una voz que se dirigía a mí.
“¿Quién eres?”, preguntó dulcemente.
“¿Quién soy…?”
Y desperté cubierta en sudor y confusión.

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