You are currently browsing the category archive for the 'Capítulo 02' category.

El duro camino de regreso

El duro camino de regreso

Sentí un vacío en el estómago al llegar a esa parte de la historia. Detuve durante un minuto mis recuerdos, como para tomar fuerzas. En mi memoria había un lapso de un mes en el que todo estaba negro. Como un gran pozo negro. Un agujero negro. Un universo negro. Y entre tanta oscuridad una buena mañana se hizo la luz, se me secaron las lágrimas y volví a poner en la mochila mi diario, unas fotos, la muñeca con la que dormía de pequeña y algo de ropa. Cerré la puerta a mis espaldas y esta vez no dejé notas de despedida.

Volví a España. Al fin y al cabo era lo más parecido a un hogar que tenía. Mi definición de hogar no es ni más ni menos que el recuento ganador de amigos en los diferentes puntos del planeta. Y aunque en España no tenía casi familia, era donde me salían más amigos en los cálculos. Mi miedo a la soledad me hacía decantarme por la cantidad sobre la calidad, sin desmerecer ni mucho menos a las mayorías. Soñadora podía ser el rasgo que mejor me definía pero muy de cerca le seguía el de práctica. Una rara y paradójica combinación, esa era yo.

Esta vez para volver evité coches o autobuses. La idea de atravesar Francia por tierra me aterraba. Quería alejarme de allí lo antes posible y la forma más rápida de viajar era volando. De haber tenido acceso a un jet o de existir la tele-transportación sin duda hubiese vendido un riñón al mercado negro para poder pagarme el viaje. Quería romper con mi reciente pasado pensando ingenuamente que distancia equivalía a olvido.

Cuando a media hora de aterrizar en Madrid miré por la ventanilla, sentí que mi corazón se partía como una nuez. No podía despegar los ojos del paisaje llano y seco de los alrededores de mi destino. Paisaje que otras veces sentí como tan mío.

Todavía sobrevolaban en mi memoria las imágenes de verdes y densos bosques, interminables prados cubiertos de flores multicolores, ríos y canales apareciendo de repente y volviéndose a perder, la suave bruma de algunas mañanas impregnándolo todo de una extraña magia. Añoraba más que nunca el sonido del crujir de las hojas secas en el bosque bajo mis pies, y después, al detenerme, ese silencio denso como un mar de chocolate que me hacia sentir como la última habitante de la tierra.

En ese preciso instante comprendí dos cosas: que no sólo había estado enamorada de mi ex novio sino de todo un estilo de vida, y que uno no puede vivir en un lugar increíblemente hermoso y de repente cambiarlo sin más por el frío y gris paisaje de una gran ciudad. Era como un yonqui de la belleza y necesitaba más. Y una gran ciudad difícilmente iba a darme la dosis necesaria para sobrevivir. Pero no tenía tantas alternativas. ¿Qué hacer a esas alturas, a casi media hora de aterrizar, cuando me acababa de dar cuenta de que iba a ser absolutamente infeliz en lo que ya había decidido que iba a ser mi nuevo hogar? Un sólo pensamiento absurdo y recurrente invadía mi mente: dar vuelta atrás a las manecillas del reloj.

También se me pasó por la cabeza coger un avión de vuelta nada más aterrizar. Pero, ¿de vuelta a qué? Acababa de disolver las últimas partículas de una vida que ya hacía tiempo se desmoronaba por sí sola, aunque yo siempre me negué a reconocerlo. Y seamos honestos, ni el dinero ni mis energías llegaban a unos mínimos razonables para reconstruir lo imposible.

Así que me dije: “Tara, relájate e intenta disfrutar de tu nueva-vieja vida”. Pues sí. Como ya he mencionado mi nombre es Tara. Bendita la creatividad de mis padres.

Se ve que por alguna razón su sexto sentido tan dormido durante los años de mi educación les hizo intuir las dificultades por las que pasaría a lo largo de mi vida. O quizás fuera que me concibieron después de ver la película Lo que el viento se llevó, y podían imaginarme antes de venir al mundo como la protagonista de un gran melodrama. Pero conociéndoles como los conozco, me atrevería a asegurar que únicamente pretendieron ser originales y obviar el típico María o Ana.

Sea como fuere siempre he pensado que arrastraba algún tipo de misteriosa maldición por poseer tal nombre.

En medio de mi pequeña crisis existencial, aterrizamos. Sólo el golpe de las ruedas del avión contra el suelo me hizo reaccionar y en pocos minutos estaba caminando como miembro de un ecléctico rebaño, siguiendo la cola que se dirigía hacia la otra punta del aeropuerto. Cuando llegué a donde debía recoger mi equipaje estaba totalmente exhausta. La melancolía se empezó a apoderar de mí y a conquistar cada rincón de mi cuerpo. Una parte de mí deseaba que mi maleta no saliese para retrasar también la salida de mi vida pasada. Aunque no estoy muy segura de que no fuese más bien el miedo de empezar con la nueva.

Encendí un cigarrillo y cerré los ojos. Sabía perfectamente que estaba prohibido fumar, pero esa pequeña trasgresión me devolvía los retazos más salvajes de una etapa que acababa de interrumpir sin visos de vuelta atrás.

Sentí un pinchazo en el corazón y me pregunté si era un aviso de que una parte de él había muerto.

Y es que lo malo de mover tanto ese mitificado músculo por el mundo es ver cómo se va dividiendo en pequeños pedazos imposibles luego de reunificar. Eso sí, la capacidad de regeneración del mismo es sorprendente. Como si fuera una rama amputada de un árbol que vuelve a crecer incluso con más fuerza que antes.

Pero he de decir que extraño alguno de esos pedazos donde algo de mí misma se perdió para siempre. Quién sabe si planté árboles que crecerán en primavera, altos y fuertes más allá de mi conocimiento.

Era un pobre consuelo, pero me ayuda pensar que no todos esos trocitos de corazón se perdieron para siempre.

Bueno, ya ha pasado un mes desde que crucé las puertas de ese aeropuerto en Madrid, y la melancolía sigue viajando conmigo. Ha resultado no ser una tan mala compañera de viaje después de todo, ya que me ha salvado de caer en el aburrimiento, o incluso en la depresión. Pero no me permite mirar al futuro y sé que ha llegado el momento de que nos digamos adiós.

Y en esta cálida noche de verano, en una vieja y solitaria estación de trenes, es donde he decidido volver a empezar. Sin testigos. Sólo un millón de estrellas mirándome desde arriba. Silenciosas y sabias. Pero ellas no pueden ayudarme a tomar una decisión.

Quizás lo primero y fundamental fuese hacer un balance de lo que tenía en ese momento. Fácil. Demasiado fácil.

Tardé diez nanosegundos en tener la respuesta: nada.

Ni casa, ni trabajo, ni pareja, ni dinero. Tampoco demasiadas energías, esperanzas o ambiciones.

Tan sólo una maleta cargada de sueños rotos o inconclusos, una salud demasiado conectada con mis emociones y una necesidad inmensa de recibir amor. ¿Cómo empezar con tan poco y tanto a la vez? Por supuesto que no era la primera vez que empezaba de cero, pero con veinte años todo parece más fácil y yo acababa de cumplir los treinta.

En ese momento el tren entró en la vía devolviéndome al presente. Read the rest of this entry »