
¿El sol sale o se pone?
Miré hacia las luces del puerto a medida que nos aproximábamos lentamente. Esta vez volvía a la isla de noche, navegando en un mar tan sereno como un lago de petróleo. Ansiaba tocar tierra para descansar del largo viaje y disfrutar de un poco de la paz perdida en Nueva York. Veía gente a lo lejos que esperaba a los que llegábamos en el barco y busqué con la mirada a alguno de mis amigos. No distinguí a nadie conocido. Solamente una pareja, que caminaba en dirección al muelle cogida de la mano, me resultaba familiar. Cuando los tuve más cerca me pareció que la mujer era Alma, pero su acompañante no me sonaba. ¡Ya era hora de que mi reservada amiga hubiese quemado los hábitos!
Bajé por la estrecha escalerilla luchando por controlar los treinta kilos de equipaje que llevaba. Aproximadamente el doble de lo que había llevado conmigo una semana antes. Sin tiempo apenas de recuperarme del esfuerzo, estuve a punto de sufrir una taquicardia al reconocer al hombre que iba con Tara. ¡Era Jean! Que, por cierto, se había cortado el pelo quitándose diez años de encima. Los abracé doblemente fuerte por la alegría del reencuentro y de verlos, además, juntos. Pero ahí no acababan las sorpresas de la noche. Al otro lado del muelle, camuflados tras una gran pancarta, estaban más de la mitad de mis compañeros esperándome con globos, flores y música.
–¡Bienvenida, Tara!–, gritaron todos al unísono.
¿Qué acababa de decir de mi necesitad de descanso y tranquilidad? ¡Qué diferencia con el recibimiento de meses atrás! Y aunque estaba conmovida por las molestias que se habían tomado, me moría por estar en posición horizontal. Desgraciadamente la fiesta era imparable.
Tuvieron que pasar todavía dos larguísimas horas hasta que pude tumbarme en mi anhelada cama. Aunque la culpa no fue enteramente de la insaciable curiosidad de mis amigos. En cuanto empecé a contar las interminables anécdotas del viaje se me olvidó el cansancio. Me entusiasmé de tal modo que tuvo que ser Karen la que le recordó a todo el mundo que debía descansar, quizás al ver el tamaño de mis ojeras. Si no, posiblemente la salida del sol me hubiese sorprendido aún relatando mis aventuras y desventuras.
Esa noche por fin soñé. Y soñé que pintaba. Pintaba los árboles azules, pintaba el cielo de verde e incluso el mar de color rosa. Mi lienzo era el mundo y yo sabía perfectamente qué colores le correspondían a casa cosa. Fue un sueño estupendo. Y debí entusiasmarme tanto pintándolo todo que tuvo que ser Jean quién me despertara preocupado al no verme en todo el día.
–¡Buenos días, Blancanieves!–, dijo sonriendo desde la puerta.
–¡Dios, me siento como si hubiese dormido toda la semana!
–… Y probablemente eso hubieras hecho si no vengo a despertarte.
–Por cierto, Romeo, necesito saber algo. ¿Qué ha pasado contigo y Alma? Ayer estaba deseando preguntaros pero no logré quedarme a solas con vosotros ni un minuto.
La cara de Jean adquirió un divertido tono remolacha.
–Ya sabes lo de la cita…
–¿Sí…?–, estaba claro que le costaba encontrar las palabras.
–Pues la cita fue increíble.
–¿Increíble buena o increíble mala?
–¡Increíble, increíble! No tenía ni idea de los sentimientos de Alma. Y Alma no tenía ni idea de los míos. Fue una noche llena de revelaciones–, dijo ensimismado.
–¡Ya me imagino!
–Y también llena de fuegos artificiales–, y se volvió a sonrojar.
–Y dime, ¿esos fuegos comenzaron con un beso?–, todavía me acordaba del nuestro que no causó ni la más mínima chispa.
–Más o menos–, y a ambos nos dio la risa.
–La verdad es que no creía que se pudiera sentir algo tan intenso por alguien– y suspiró.
No reconocía al nuevo Jean que tenía delante. Si no hubiera sido porque mis ojos seguían pegados por las legañas, me hubiese puesto a llorar de emoción.
–Bueno, ahora cuéntame tú. ¿Cuándo te vas?–, la pregunta me cogió por sorpresa.
–¿Cuándo me voy? ¡Si acabo de llegar!
–Ya sabes a lo que me refiero. Sospecho que no te quedarás mucho entre nosotros.
–No, no mucho. En un mes y medio tendría que estar de vuelta en Nueva York para comenzar a organizar las exposiciones. Pero mejor no hablemos de eso por ahora–, se me hizo un nudo en el estómago. –Venga, acompáñame a desayunar y me ayudas a repartir unos regalos que os he traído.
–Te acompaño, aunque va a tener que ser a merendar–, y sonrió con tristeza.
Transportamos hasta la cocina un enorme bolso donde había regalos para todos. En realidad eran los típicos objetos inútiles que te hacen gracia al comprarlos pero que te avergüenzas de entregar cuando los sacas de la maleta. En mi bolso había desde estatuas de la libertad comestibles y diademas de la estatua de la libertad en goma espuma, a cuadernos luminosos de la estatua de la libertad y tazas con la forma de la estatua de la libertad. En definitiva, estatuas de la libertad en todos los colores y formatos posibles. Había una explicación a un surtido tan original de regalos: mi apretada agenda neoyorquina sólo me había permitido hacer turismo por la archi-conocida estatua.
Pero a Alma, Jean y Karen les iba a sorprender con un regalo extra: un billete de avión ida y vuelta a Paris para cada uno y unas entradas para mi primera exposición allí. Los billetes de avión tenían la fecha abierta y las simbólicas entradas las había elaborado en el avión, ya que no conocía aún los días exactos de la misma. De momento sabía que tras exponer en Nueva York, California y Montreal, mi tour por Europa se inauguraría hacia julio con la exposición de Paris. Decidí que esperaría un par de días para darles su regalo. Quería que estuviéramos todos juntos y en algún sitio especial, así también podría decirles lo mucho que les quería y cuánto valoraba su amistad.
Tras poner algo de comida en mi cada vez más mermado cuerpo, me dirigí a la oficina de Milo. Aunque no estuviese preparada para decir en voz alta que me iría en poco tiempo, no me parecía justo para ellos posponer lo inevitable. Nada más entrar, me dio un abrazo.
–No voy a tener muchas oportunidades en el futuro de hacer esto–, y me volvió a estrujar. –A pesar de que te vamos a echar de menos, muchos de nosotros estamos felices de que hayas encontrado tu verdadero camino.
–¿Así que ya sabes que me voy?
–Siempre he sabido que te irías, tan sólo era una cuestión de tiempo. Tara, este no es un lugar donde quedarse. Es un sitio de paso para aprender quiénes somos, qué queremos de la vida y seguir el camino. Algunos de nosotros necesitamos años, tú en unos meses lo has encontrado.
Las palabras de Milo ayudaron a rebajar la tristeza por estar dividida entre dos vidas incompatibles. Estuvimos hablando un buen rato y para cuando dejé su oficina mi pecho pesaba un par de kilos menos. Me había dejado allí dentro los últimos brotes de miedos, inseguridades y dudas. Lo único que necesitaba para terminar de redondear el día era tener un pincel entre mis manos. Aunque no estaba segura de poder empezar a pintar todavía.
Cuando estaba en Nueva York me había preocupado de encargar a través de internet unos lienzos de diferentes tamaños para que me fuesen enviados a mi hotel-comunidad. Lo había hecho con la intención de ganar tiempo sabiendo que en especial los grandes serían imposibles de encontrar en mi propia isla. Sólo confiaba en que llegasen pronto porque había mucho por pintar y estaba cómo loca por ponerme manos a la obra. Un momento. ¿Qué estaba diciendo? No pintaba por obligación, lo hacía por placer. No, no iba a esperar. Pintaría siempre que quisiese, lo que quisiese y del tamaño que quisiese. De otra manera sería como retroceder en el camino volviendo a vivir según las reglas que otros me quisiesen imponer. Corrí hacia mi cabaña y me puse a preparar las pinturas. Quizás no pudiese pintar el mundo con los colores que quisiera, como en el sueño, pero podía reflejarlo en un lienzo tal y como yo lo veía. Una hora más tarde, cuando estaba en plena efervescencia creadora, alguien tocó a mi puerta.
–¡Hola corazón! Ya he terminado mis sesiones de la tarde y he podido escaparme a verte. Pasé esta mañana pero estabas dormida. Espero no interrumpir…–, era Alma que miraba hacia mi lienzo con interés.
–Pasa, pasa. El cuadro puede esperar–, me alegraba mucho de verla.
–Bueno, Jean ya me ha contado que nos dejas.
–Que manía os ha entrado a todos con hablar de eso. Sí que me voy pero he llegado a un acuerdo con Milo y voy a volver dos veces al año para organizar talleres de pintura y creatividad. ¡Así que no os vais a librar de mí tan fácilmente!
–¡Ya sabía yo que no podías vivir sin nosotros!–, y me dio un beso.
–¿Bueno, y tú qué?
–¿Yo qué de qué?–, puso cara de no entender de que hablaba.
–¿No me vas a contar que está pasando con Jean?
–¡Ah! ¡Eso!–, y empezó a contarme su cita con minucioso detalle.
De repente se paró y se quedó pensativa.
–La verdad es que si no fuese porque casi me parto la crisma bajando de la moto en nuestra primera cita nunca nos hubiésemos enterado de nuestros respectivos sentimientos. Jean tenía lágrimas en los ojos cuando volví en mí. ¡El pobre pensó que me había matado! Y ahí mismo nos confesamos nuestro amor….–, y se volvió a quedar pensativa, esta vez con cara de éxtasis.
Entonces me miró con los ojos muy abiertos.
–¿Puedes creértelo?
Me preguntaba si podía creérmelo. A mí que había vivido la historia desde las bambalinas sufriéndola incluso en mis carnes. ¡Claro que me lo creía! Lo que más me costaba asimilar era el cambio espectacular que habían sufrido ambos desde que estaban juntos. Lo podía comparar a comer un manjar exquisito al que solamente le falta un poquito de sal para ser perfecto. Cada uno de ellos era esa sal para el otro. Y estaba segura de que envejecerían juntos.
–¿Y que pasa con Eric?–, mi rostro se ensombreció –¿Qué pasa Tara? No ha vuelto a aparecer, ¿verdad?
–No. No lo entiendo. Mis sueños por fin han regresado de donde sea que se hubiesen ido, pero él ya no está en ellos.
–Quizás ha llegado el momento de que busques a alguien real. Quizás se ha ido por eso…
–Quizás…–, pero todavía muy, muy adentro esperaba que volviese.
–De todas formas vas a estar tan entretenida en estos próximos meses que no sé yo si vas a tener tiempo de buscar a tu alma gemela. Por no tener no tendrás ni tiempo de gastarte el dinero del premio. Por cierto, ¿ya sabes en qué te lo vas a gastar?
–Más o menos.
–¡Uy, que misteriosa!–, y me miró de reojo.
–¿Qué te parece si nos vamos a dar un paseo por la playa mientras vemos la puesta de sol y te lo cuento? ¡Además me tienes que poner al día de todo lo que ha pasado en esta semana!
–Me parece una idea genial. ¡No te vas a creer lo que encontramos en otro día en el jardín….!–, y empezó a ponerme al día de las increíbles historias que me había perdido en mi semana en Nueva York .
¡Cómo iba a echar de menos la vida en esa comunidad de locos!

No comments yet
Feed de los comentarios de este artículo