
La transformación del gusano
Lunes
Quedaban menos de cinco días para mi viaje y Alma seguía recluida en su pequeño universo sin hablar con nadie, incluida yo. Sabía que esa crisis era algo que llevaba incubándose en su interior desde hacía ya bastante tiempo pero eso no servía para que me sintiese menos culpable. Yo había acelerado considerablemente el proceso y ahora necesitaba encontrar la forma de suavizarlo un poco. Pero tras mi charla con Jean había decidido no inmiscuirme más en esa historia, aún sabiendo que la causa de la infelicidad y soledad de mi mejor amiga no venía de lo que Jean o yo hiciésemos sino más bien de ella misma. O de su cabeza, para ser más precisos.
Bueno, si lo pienso detenidamente… ¿no es nuestra propia cabeza la principal responsable de gran parte de la infelicidad en este mundo?
Decidí hacer un último intento por tocar alguna fibra sensible escondida que la hiciese reaccionar, y por primera vez en casi dos semanas me puse de nuevo delante de un lienzo. Lo que estaba a punto de hacer rompía todas las reglas sobre lo que significaba para mí pintar, ya que excepcionalmente en esta ocasión sabía de antemano y al detalle lo que iba a crear. Me puse a ello con todo el amor y dedicación que me eran posibles. Sabía que si ese cuadro la dejaba indiferente, habría agotado mi último cartucho.
Martes
Con la caída de sol di por concluida la pintura para Alma. Esos últimos dos días, desde que terminaba de trabajar hasta la puesta de sol, no había hecho otra cosa que pintar. Y al observar el resultado final supe que el esfuerzo había merecido la pena. En una hora salía a cenar con Jean, repitiendo “La Montaña Mágica” cómo compensación por la cena frustrada, así que mejor sería dejarlo secar y a mi vuelta lo colocaría en la puerta de mi amiga. Esperaba que cuando lo viese por la mañana al salir de su cabaña, actuase de antídoto contra esa inseguridad que la tenía secuestrada desde hace ya más de una semana.
Mientras me pintaba los labios, alguien llamó a la puerta. Era Jean que llegaba antes de tiempo.
–¡No me lo puedo creer! ¡Ya estás lista!–, dijo en tono insolente.
–¿Y tú qué haces aquí tan pronto? ¿Se os ha acabado ya el trabajo en vuestro departamento?
–Casi. Hemos decidido tomarnos la tarde libre para recuperarnos de tanto trabajo duro–, a mí casi me da la risa, pero no dije nada –¡Guau, vaya belleza! ¿Es esa Alma?
–Pues sí. Es un regalo para ella. ¿Te gusta?–, debía estar muy absorto con el cuadro porque no oyó mi pregunta.
–Impresionante… –, murmuró, sin quitarle los ojos de encima.
–Bueno, vámonos que si llegamos pronto lo mismo conseguimos la mesa del árbol.
–¡No, a la mesa del árbol no!–, por fin se había roto el embrujo del cuadro –¡No podría soportar ver al camarero subiendo por esa escalera de nuevo! A ver si somos capaces de terminar hoy la celebración sin ninguna desgracia o enfermedad–, y me guiñó un ojo.
Miércoles
No podía retrasarlo por más tiempo. Me había inventado todo tipo de excusas para postergar el momento de contarle a mi familia y amigos las sorprendentes novedades en mi vida. Y no es que fuera poca cosa la primicia de estar seleccionada en uno de los mejores concursos de pintura de América, pero es que ahí radicaba justamente el problema. ¿Cómo contarle al mundo algo que ni yo misma terminaba de asimilar? ¿Y cómo contárselo en especial a un grupo de gente que además ignoraba totalmente que yo pintase?
Pero ese miércoles, cuando terminé de trabajar, me dirigí con mi agenda al cuarto donde estaba el teléfono preparada para enfrentarme con mi nueva realidad. A la primera que llamé fue a mi madre. Nadie. Nadie. Nadie. Y nadie. Al cuarto intento me di por vencida. Probablemente estaría viajando con alguno de sus nuevos novios por la India o Nepal. La última vez que hablamos por teléfono, meses atrás, creo que estaba navegando por el Nilo con un tal Philipe. Siguiente en mi lista: mi padre. Francamente, su reacción a mis felices noticias no me sorprendió. Se rió, me dijo que me dejase de bromas y aún cuando colgué el teléfono no estoy segura de que me hubiese tomado en serio.
Menos mal que los amigos que localicé me creyeron. Oí un par de los previsibles: “¡Ya lo sabía yo!”. Que digo yo que si ya lo sabían se podían haber tomado la molestia de contármelo. Para irme preparando, nada más. El resto se dedicó a proferir exclamaciones de sorpresa y alegría. Me llevó horas recorrer toda la agenda y eso que no logré localizarlos a todos. Más de uno encontraría en el contestador un insólito mensaje mío cuando volviese a casa.
Estaba aliviada por haber terminado con la agotadora lista de llamadas y emocionada por haber compartido parte de esa felicidad con algunos de mis seres queridos. Otro imperceptible e importante hecho tuvo lugar durante el transcurso de esas llamadas. Por primera vez comprendía verdaderamente el significado de la palabra “orgullo”. ¡Me sentía orgullosa de mí misma! Y esa sí que era una nueva sensación.
Me fui a la cama temprano. Al día siguiente tenía mi último gran madrugón antes del viaje y quería estar fresca para mis últimos panes. Sólo una cosa ensombreció mi sueño. No había tenido noticias de Alma pese a haberle dejado la noche anterior el cuadro con una nota en la puerta de su cabaña. Empezaba a estar seriamente preocupada por ella.
Jueves
2:00 AM
Me despierto porque alguien me está llamando una y otra vez.
–¿Tara? ¡Taara! ¡Taaaaaaaaaaaaaaaara!–, me incorporé de la cama de golpe y vi la cara de Alma. Estaba inmóvil o paralizada, no estoy segura. Miré un poco más a la derecha y vi otra cara de Alma. Esta pestañeaba y me miraba con una sonrisa.
–Perdona que te despierte pero no podía dormir y necesitaba darte las gracias por el cuadro. ¿De verdad me ves así?
–A decir verdad ahora mismo no veo mucho, pero sí. No es que te vea así. ¡Eres así!–, y volví a mirar al cuadro.
Ahí estaba Alma, vestida de princesa antigua, como en la noche de la fiesta en el jardín y con la misma mirada angelical que tenía cuando la observaba desde mi ridículo baile.
Alma se quedó observándose a sí misma unos instantes y después me miró.
–Gracias, Tara. Gracias por recordarme cómo soy. Gracias por preocuparte por mí. Por ser cómo una hermana…–, y me abrazó muy fuerte.
–… Olvídate de la familia. Soy mejor que eso. ¡Soy tu amiga!–, dije esto recordando el resultado de mis llamadas de la tarde anterior, y le di un beso.
–He traído algo para celebrar tu viaje ya que no pudimos hacerlo el otro día debido a tu gripe–, y me dio un codazo. Mientras nos reíamos, sacó de su mochila una serie de productos que jamás hubiese relacionado con alguien tan obsesionado con la salud como ella. Dos botellas de whisky, bolsas de chips de múltiples sabores y una caja enorme de bombones. –Lo tenía previsto para mañana por la noche pero no he podido esperar.
–Alma, mi cielo, ¿tú estás bien?–, lo dije con una genuina preocupación.
–Nunca he estado mejor en mi vida. ¡Y no hay nada que me apetezca más que darme a los excesos! Ya va siendo hora…–, y le dio un lingotazo al whisky.
Ninguna de las dos tolerábamos bien el alcohol y por eso no hizo falta abrir la segunda botella para estar borrachas como una cuba. Logramos llegar a ese estado en tiempo record gracias a no tener agua cerca. Cada vez que comíamos un chocolate o un puñado de patatas nos refrescábamos la boca con la única botella a mano.
Por suerte la salida del sol nos recordó que se suponía que debíamos estar trabajando desde hacía ya una hora, así que en nuestro lamentable estado nos dirigimos hacia la cocina con nuestras botellas de whisky. Quién de las dos tuvo la brillante idea de utilizar el resto del whisky para elaborar los panes del desayuno, sinceramente no lo sé. Lo que sí puedo decir es que por algún milagro logramos terminarlos a tiempo pese a pasarnos la mitad del tiempo tiradas en el suelo muertas de la risa.
Cuando Karen llegó para empezar a preparar el almuerzo, poco antes de que tocásemos la campana que anunciaba que el desayuno estaba servido, casi se desmaya al ver el desastre de cocina que le dejábamos. Y eso que todavía no había probado el pan…
La tranquilizamos prometiéndole que en cuanto nos diésemos una ducha fría rápida y nos tomásemos tres cafés bien cargados, despegaríamos hasta el último pedazo de masa pegajosa. Incluso los del techo.
Viernes
Desperté el viernes con un nudo en el estómago que me anunciaba que el día de mi partida había llegado. A eso le debía sumar que arrastraba un resto de resaca del día anterior y para rematar, los remordimientos de saber que no tenía todavía nada preparado para el viaje. Pese a estar metida en la cama, inmóvil, pude sentir cómo una corriente de estrés se iba apoderando de cada músculo de mi cuerpo, haciéndolo vibrar levemente. Tenía tiempo hasta las cuatro de la tarde, hora en la que empezaba mi peregrinación. El plan era que cogiese en el puerto el último ferry que salía hacia la isla principal, en donde pasada la medianoche saldría mi vuelo con destino a Nueva York. Un largo día por delante y mucho por hacer todavía.
Salté de la cama y respiré hondo. En ese momento me hubiese gustado meter la cabeza en un agujero como un avestruz para esconderme del mundo. Me fui a la cocina a tomarme una infusión relajante, ya que en ese estado no podía hacer nada, y por el camino me fui cruzando con varios compañeros que no dejaban de hacerme bromas por el pan del día anterior. Algunos lo denominaban como “Ataque terrorista al estómago”. Otros cómo “¡Qué la fiesta no pare!”. Pero a la mayoría, gracias al cielo, parecía haberles gustado el invento y me decían que cuando volviese tenía que probar con el pan de Tequila, el pan de Ginebra o incluso el pan de Martini.
Delante del termo de té de hierbas me encontré a Alma, que seguía teniendo un aspecto lamentable pese a llevar durmiendo veinte horas. Había tenido que cancelar sus sesiones del día anterior y pasarlas al domingo.
Nos sentamos en una mesa apartada y enseguida llegó Karen, seguida de Jean.
–¡Hola chicas! ¿Os traigo un café Irlandés? ¿O mejor una tarta al whisky?–, otro que se había despertado con un ataque de sofisticado sentido del humor.
–Ja, ja–, y le saqué la lengua.
–Tara, tengo una pregunta que hacerte: ¿Tienes ya todo preparado?–, Karen me dedicó una de sus miradas maternales.
–Pues… Mnnnn…
–…No. Si ya nos lo imaginábamos–, me interrumpió Jean leyéndome el pensamiento, –por eso mismo nos hemos cogido un par de horas libres para echarte una mano.
–Yo ya tenía la mañana libre porque me toca hacer la cena–, dijo Karen.
Los miré a los tres y se me saltaron las lágrimas.
–¡La verdad es que no os merezco!–, dije emocionada.
–Anda, no seas boba y vamos a tu cabaña que hay mucho que hacer–, y Alma me cogió de la mano, dándome un fuerte apretón.
Llegamos y en pocos minutos ya se habían distribuido las tareas. Karen se fue a pedirme hora con la peluquería. Jean me daría su consejo en la selección de dibujos y pinturas que habría de llevar conmigo. Y Alma me ayudaría preparar lo que necesitaba llevarme, además de poner un poco de orden en el nuevamente conquistado caos de mi cabaña.
Un par de horas más tarde mi perro-maleta estaba lista en la puerta, junto a una carpeta-maletín llena de mis mejores trabajos. Y mi cabaña y yo resplandecíamos. Me había puesto un traje de chaqueta de lino blanco y una gargantilla de turquesas en el cuello para rematar. Sabía que tras casi veinticuatro horas de viaje ese traje de lino tendría la forma de un acordeón pero considerando lo que me había costado me hacía mucha ilusión ponérmelo para mi llegada a Nueva York.
Estaba tomándome un té en el porche con Alma y Jean cuando Karen pasó a buscarme para llevarme en coche a la peluquería por ganar un poco de tiempo. Me dejó en la puerta y dijo que en hora y media volvería a buscarme. Me estaba empezando a entrar complejo de niño en su primer día de colegio.
La peluquera se puso manos a la obra sin preguntarme por mis deseos o preferencias pero alcancé a pararla segundos antes de que me amputase la melena. Había algo en el aspecto de otras clientas a mi alrededor que me sugirió ser prudente. Así que dejó las tijeras en la mesa con gesto frustrado y quizás por ello se dedicó a torturarme con el secador y la laca durante una media hora. No pude ver lo que me hacía al no tener espejo alguno delante de mí como suele haber en las peluquerías normales, y eso ya me hizo sospechar. Cuando terminó y pude ver el resultado casi me caigo de la silla. Estaba igualita que una fotografía de mi abuela que había visto hacía unos años. Y no en una de sus mejores épocas, debo decir.
Salí de la peluquería con los ánimos muy bajos y considerando raparme el pelo. Cualquier cosa podría mejorar mi aspecto. Pero entonces, como caído del cielo, “el gurú del pelo” hizo su reaparición. Me dedicó una de sus profundas miradas y me pidió que lo siguiese. No sé muy bien lo que me llevó a hacerlo sin hacer ninguna pregunta. Ese hombrecillo me inspiraba más fe que un lama reencarnado. Me llevó a lo que parecía un garito clandestino oculto de todas las miradas y sin ningún signo identificador en la puerta. Alguien había montado allí una peluquería que derrochaba lujo en cada detalle. Cuando me senté en la sala de espera, un chico joven apareció con un delicioso capuchino en la mano. Sonaba una opera de Verdi en los altavoces y el ambiente olía a violetas. La peluquería pertenecía a dos hermanos mellizos, hombre y mujer, que se repartían el trabajo por igual y lo discutían todo cien veces antes de llegar a un acuerdo. Me lavaron el pelo, horrorizados por la cantidad de laca que llevaba y me dieron un masaje en el cuero cabelludo que me elevó al séptimo cielo. En ese punto ya era completamente suya. Habían conquistado mis sentidos y mi voluntad y podían hacer lo que quisiesen con mi pelo.
Cuando terminaron, la transformación era sobrenatural. Habían conseguido darme un alisado brillante y natural después de meses de un cardado similar al de las ovejas. Además no tenía muy claro cómo me habrían cortado el pelo pero parecía una modelo de revista. En un rincón estaba mi gurú, mirándome sonriente y asintiendo con gesto de aprobación por lo que veía. Me levanté y di un beso a todos los presentes. Y el más largo a mi maestro. Tras pagar una suma ridícula comparada con la de la otra peluquería, salí corriendo a mi cita con Karen. Al verme dio un prolongado silbido.
–¡Estas realmente impresionante! Si no ganas el concurso de pintura, yo que tú probaría a presentarme al de miss Nueva York a ver si tienes más suerte…
Ahora sólo tenía que salir lo más deprisa posible de esa isla, antes de que su nefasta humedad me devolviese a mi antigua condición de oveja lanera.

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