Cena en los árboles

Cena en los árboles

 

No recuerdo haberme gastado nunca tanto dinero en una sola tarde. Era como si me quemase en el bolsillo. Todo empezó cuando Alma, Karen y yo nos desplazamos a la única ciudad de la isla con algo de vida comercial. Pero antes de transformarme en una compradora compulsiva busqué un banco para cobrar el suculento cheque que había recibido esa misma mañana. En mi ansiedad por hacerlo efectivo no tuve en cuenta que los bancos no abrían por la tarde. Y mi cara de frustración delante del cartel de “Cerrado” fue la recompensa a mi falta de previsión. En cualquier caso, aunque algún banco hubiese estado abierto, me habrían dicho algo que repetiría mi cara de frustración: que tendría que esperar unos días hasta poder cobrar el dinero ya que se trataba de un cheque que debía ser ingresado en mi cuenta corriente.

Ya había dado la tarde por perdida cuando Karen sacó del bolso su tarjeta de crédito y me sonrió.

–Cariño, en esta vida todo tiene solución. Llevo unos meses ahorrando para las vacaciones y por ahora no necesito el dinero. Tú usa lo que quieras sin remordimientos y ya me lo repondrás.

Primer problema resuelto. Entonces recordé el problema número dos. Llevaba algunas horas devanándome los sesos sobre cómo llevar a cabo el plan B y todas las opciones me llevaban a la misma conclusión: necesitaba ayuda extra. Así que cuando Karen y yo nos acercamos al cajero a retirar dinero, atrapé la oportunidad al vuelo. Karen era la cómplice perfecta: eficiente, buena persona y más importante que todo eso, le tenía muchísimo aprecio a Alma. Le pedí ayuda y a toda velocidad le revelé las líneas maestras del plan. Karen era increíble. Simplemente sonrió, asintió y no hizo ni una sola pregunta. Confiaba en que hubiera entendido bien su misión porque no iba a tener más momentos a solas con ella. Y para no hacer sospechar a Alma volvimos al bar donde nos esperaba, esta vez con mi bolso cargado de billetes todavía calentitos y listos para ser gastados.

Comencé por comprar una maleta mediana, de esas que parecen que has sacado al perro de paseo cuando las llevas. No podía aparecer por Nueva York con mi vieja mochila de veinteañera en Interrail. Lo siguiente fue buscar un vestido de noche para la fiesta de la entrega de premios pero al no ser capaz de decidirme por uno, acabé eligiendo tres. No es que tuviese planeado cambiarme varias veces durante la velada pero secretamente esperaba que me invitasen a alguna otra fiesta durante mi estancia en Nueva York. Entonces Alma me recordó que si uno compra vestidos de noche necesita complementos, y en menos de una hora nos llenamos de más bolsas de las que podíamos cargar llenas de maquillaje, bisutería, bolsos y accesorios para el pelo. Sólo faltaba elegir unos zapatos a juego con los vestidos y esto fue sin duda lo que más estrés me provocó en toda la tarde. Nunca en mis treinta años de existencia había tenido que usar zapatos de tacón y pese a que la idea me horrorizaba sabía que no me quedaba más remedio que pasar ese trago. Ya era hora de quitarme el estigma de eterna adolescente y empezar a vestir como la mujer femenina y segura de sí misma que se suponía que era. Me probé todos los modelos que tenían y por fin encontré unos que me gustaban. No había dado ni dos vueltas por la zapatería con uno de los modelos que tuve la certeza de la noche de martirio que iba a sufrir durante la entrega de premios. Y seguí comprando más zapatos y otras tantas cosas que seguramente nunca usaría.

Al advertir que era la única comprando le pregunté al resto de la comitiva como era que no se animaban con nada. Alma dijo que ya tenía demasiada ropa en los armarios que nunca usaba y que prefería aconsejarme con mis compras. Y Karen, que vivía a dieta, nos lanzó un alegato en contra de las tiendas y diseñadores que según ella parecían haberse puesto de acuerdo para promocionar la anorexia. En resumidas cuentas, nos vino a decir que no quería deprimirse con las pocas opciones que le daba su talla cuarenta y ocho. Así que pese a todos mis intentos de contagiarlas de mi fiebre consumista e incluso regalarles algo, ninguna de las dos se dejó tentar.

Lo último y más difícil de encontrar era un maletín apropiado para llevar mis dibujos y pinturas. Tenía pensado saludar y dar las gracias a la galería de arte que había mandado mis pinturas al concurso y Jean me había aconsejado que les enseñara algo más de mi trabajo.

–¡Venga Tara, deja algo de dinero para tu semana en Nueva York! ¡Además los pies me están matando!

Alma tenía razón. Llevábamos tres horas de un lado para otro y una vez más estaba demostrando el porqué a los treinta años no tenía ni un céntimo ahorrado. ¡Y eso que ni contaba con ganar el premio del concurso!

–Tienes toda la razón y encima vamos a llegar tarde a la cita con Jean. Deberíamos estar en “La Montaña Mágica” en media hora, así que se acabó el gastar. Por hoy–. Ambas me miraron estupefactas. –¡Es broma, chicas! Prometo reservar el resto del dinero para la Gran Manzana–, y traté de poner la cara de una persona seria y responsable.

“La Montaña Mágica” era un restaurante vegetariano oculto en un bosque de laureles centenarios y con un ambiente “Country Zen”. La especialidad eran unas setas que crecían en las cortezas de esos árboles, únicas en el mundo y que servían dentro de pequeños recipientes de madera del mismo bosque. Había llamado unas horas antes para reservar una determinada mesa, siguiendo el consejo de Beth, que era quién me había recomendado ese restaurante tan peculiar. Por esa razón a nuestra llegada nos estaba esperando la mesa estrella. Su particularidad era que estaba suspendida a tres metros del suelo sobre el tronco de un árbol y envuelta por sus propias ramas, así que la intimidad era total. El camarero trepó por la escalera como el más experto escalador y nos recomendó pedir unas sidras de pera que aceptamos inmediatamente. El sitio era tan increíble que nos hizo sentir como elfos en plena celebración.

Jean debía estar al caer y yo recordé que todavía debía ultimar un par de detalles del plan, así que mentí diciendo que tenía que ir al servicio cuando en realidad lo que hice fue dirigirme a la barra para pagar la cena.

Unos minutos más tarde el poderoso sonido de la moto de Jean nos avisaba de su llegada pero tuvimos que silbarle varias veces, entre risas, para que nos localizase entre tanta rama. Era obvio que nunca había estado allí porque su cara reflejó tanta sorpresa como la que nosotras habíamos expresado. Ya le habíamos pedido una sidra así que se unió a nosotras en un nuevo brindis. Miré de reojo a Karen y le guiñe un ojo. Empezaba la actuación para mi primer Oscar.

–¡¡Atchís!!

–¡Salud! ¿Tara, estás bien?–, preguntó Karen con una preocupación por mi primer estornudo algo más exagerada de lo recomendable.

–Pues la verdad es que me duele un poquito la tripa pero por lo demás… ¡atchís!

–Déjame que te toque la frente… ¡Uy! Estás caliente. Me parece que has cogido la gripe. No es inusual en esta época del año–, Karen estaba totalmente metida en el papel.

–Lo que me siento es muy cansada. Quizás es que he tenido demasiadas emociones en los últimos días.

–A ver, déjame que te toque la frente–, dijo Alma.

Tenía que haber previsto que Alma, la profesional de la salud, querría comprobar mi estado.

–No, deja, deja. No te preocupes. ¡A ver si todavía os voy a pegar el virus!–, me aparté a tiempo. Ahora sólo esperaba que Karen me rescatase.

–Oye, Tara, creo que lo mejor es que te lleve a casa para que te metas en la cama. Estos síntomas hay que atajarlos a tiempo. De todas formas tengo que madrugar mañana y mejor será que me acueste pronto.

–Gracias, Karen. Sí, creo que eso va a ser lo mejor. No me encuentro muy bien a decir verdad… Pero vosotros dos os quedáis, por favor–, miré fijamente a Jean y a Alma.

–¿Pero cómo nos vamos a quedar sin ti? ¡Si tú eras la razón de esta celebración!–, dijo Alma, confundida.

–¡Pues os buscáis otra razón! Ya he pagado esta cena y sería una pena desperdiciarla. Además me hace mucha ilusión que los festejos continúen aunque no esté presente. ¡Vamos, hacedlo por mí!

–Si nos lo pides tan efusivamente tendremos que quedarnos. Y puedes volver conmigo en la moto, si no te asusta–, dijo Jean mirando a Alma, que a su vez se miró los zapatos y dijo “bueno” en un susurro.

Todo había salido según lo planeado. Una vez que Karen y yo estuvimos fuera de su campo visual, nos miramos y nos echamos a reír. Por supuesto no nos íbamos a casa, sino a otro restaurante muy lejos de ahí a seguir celebrando. Lo que no sabíamos es que mientras le explicaba con todo detalle a Karen el porqué de toda aquella representación, el camarero que se disponía a servir las famosas setas a mi pareja favorita se estaba despeñando desde los escalones del árbol. El pobre hombre se torció la muñeca, se rompió una costilla y casi se queda tuerto cuando una de las setas súper caliente se le metió dentro de un ojo durante la caída. El dueño del restaurante decidió devolver el dinero a los clientes y cerrar por esa noche, mientras se llevaba al hospital al que además de camarero era su novio. El resultado de aquella pequeña catástrofe fue que Jean y Alma estuvieron en la cama antes que nosotras, pero desgraciadamente cada uno en la suya.

Cuando me encontré con Karen a la mañana siguiente y me habló del fracaso del plan B, empecé a reconsiderar toda mi estrategia. ¿Estaba forzando demasiado las cosas? Los protagonistas del “proyecto despertar” seguían durmiendo a pierna suelta mientras yo me estrujaba las neuronas pensando en cómo abrirles los ojos. Tenía dos opciones: o me retiraba con dignidad antes de que todo el asunto me explotase en la cara o seguía intentando estratagemas hasta acabar con las letras del abecedario. Había también una opción intermedia que me pareció la más sensata y honesta: decirles a ambos lo que pensaba y dejarles decidir.

Y eso fue exactamente lo que hice esa mañana al encontrarme con Alma.

–¡Tara, estás trabajando! Te imaginaba en la cama sudando. De hecho iba en dirección de tu cabaña con unas medicinas tibetanas que hacen milagros con la gripe cuando vi a Milo, en pleno éxtasis, comiéndose un panecillo con forma de corazón y sospeché que tú debías estar detrás.

–Sí. Ya estoy mejor. Debía ser un virus de veinticuatro horas.

–¡Más bien yo diría que de seis horas! Aquí está pasando algo raro… ¿Me lo cuentas o prefieres que lo adivine?

La hora de la verdad había llegado.

–Acabo de terminar mi turno en la cocina. ¿Te apetece un té con confesiones?

Preparé una infusión de tila por sus efectos calmantes y la conduje al porche de mi cabaña esperando encontrar las palabras adecuadas.

–Jean te quiere–, esas no eran. Pero ya habían salido de mi boca y era tarde para pensar otras.

Alma escupió toda la infusión que tenía en la boca y me miró con ojos desorbitados.

–Lo que quería decir es que estoy convencida de que te quiere aunque él no sea plenamente consciente de ello –, no podía contarle en qué me basaba para decirle eso porque hubiese traicionado la confianza de Jean, pero esperaba que creyese en mis palabras lo suficiente como para recuperar la confianza en sus posibilidades de conquistar al hombre que quería.

–¿Y de cuanto es consciente exactamente?

–Pues… Déjame pensar… No estoy segura del todo… Bueno sí… Nada –, por la forma en que Alma me estaba mirando sabía que mi amistad estaba al borde de un precipicio y de no decir la frase correcta resbalaría irremediablemente por él.

–¿Entonces lo de ayer fue un montaje para dejarnos a solas? Siento decirte que no funcionó. Y también siento discrepar contigo: a Jean no le intereso para nada. –, y las lágrimas brotaron de sus ojos como ríos.

–¡Alma, tienes que creerme!

–Lo siento. Necesito estar sola. Después hablamos –, y salió corriendo.

¿Cuándo aprendería a meterme en mis asuntos? Pues obviamente no iba a aprenderlo ese día porque salí disparada hacia la cabaña de Jean para hablar con él, recordando que tenía la mañana libre. Pareció alegrarse de verme y dejó el libro que estaba leyendo.

–¡Vaya, estás mejor! ¡Esa sí que ha sido una gripe corta! Por cierto que tengo tu dinero por la cena de ayer. Nunca creerías lo que pasó… –, le interrumpí.

–Jean he venido a confesarte algo: ayer os mentí. No me encontraba mal, lo fingí para que os quedaseis a solas Alma y tú.

–Ya. ¿Y porqué habrías de hacer eso, si se puede saber?

–Es que creo tener un presentimiento acerca de vosotros dos y quería probarlo. –, tampoco podía revelarle a Jean los sentimientos de Alma.

–¿Un presentimiento sobre Alma y yo? Si es de tipo romántico, olvídalo. Cuando Alma está a solas conmigo se pone tensa y casi no me dirige la palabra. Sólo desde que sois amigas interactuamos más. Incluso llegué a pensar que le caía mal…

–¿Estamos hablando de la misma Alma?

–Es la única que conozco. Te voy a contar un secreto: estuve muy enamorado de ella, pero estaba terminando otra relación y no me pareció bien mezclar las cosas. Después, cuando fui libre, me planteé pedirle una cita pero cómo siempre me evitaba me di por vencido.

No podía creer lo que estaban escuchando mis oídos. ¡Vaya par de invidentes emocionales que tenía como amigos!

–¿Tú sabes que te quiero, verdad?-, me miró con suspicacia –Voy a intentar con todas mis fuerzas guardarme mis presentimientos donde no causen más estragos pero te pido encarecidamente que hagas algo por mí. Primero, que no te fíes de lo que tus ojos ven y vayas más allá. Y segundo, que dediques algo de tiempo a reflexionar sobre la misteriosa dama de tu sueño. –, y dicho esto le di un beso en la mejilla y me fui a dormir.

Eran sólo las once de la mañana pero mi cuerpo dijo “basta”. La intensidad que estaban adquiriendo algunos acontecimientos últimamente no tenía visos de decrecer y por eso necesitaba alejarme un momento del camino para verlo todo desde otra perspectiva. Y para ventilar esas tormentas que empezaban a fraguarse en mi interior, precisaba desesperadamente del toque irreal que le daban a mi vida los sueños. Pero aquí estaba el problema: llevaba casi dos semanas sin soñar. Dos semanas en las que tampoco había pintado mucho. Dos semanas sin ver a Eric.

 Antes de caer en esa “nada” que eran para mí ahora las citas con la almohada, cogí un retrato de Eric y lo estrujé contra mi pecho.

“¿Dónde te has metido? ¿No te das cuenta de la falta que me haces?” Y un imperceptible lamento salió de muy adentro junto con toda la tristeza reprimida. No le había hablado a nadie de esa tristeza. Ni siquiera me la había confesado a mí misma. Y con ese lamento volvió una vieja conocida. Parecía que la soledad había vuelto para quedarse.