Preparando la fiesta

Preparando la fiesta

 

No dormí mucho aquella noche. No dejaba de buscar en mi cabeza la forma de hacer que Jean se diera cuenta de que la misteriosa mujer de su sueño era Alma. ¿Y en qué me basaba para realizar tal afirmación? Se podría decir que mi intuición me había dado un codazo aclaratorio. Además, pocos había que supiesen tanto sobre el mundo de los sueños como yo y por ello, cuando Jean en una conversación posterior me volvió a hablar de esa misteriosa dama, supe a ciencia cierta que se trataba de Alma.

Lo que más me sorprendía era que él mismo no se hubiese dado cuenta todavía, así que mi misión debía ser la de convertirme en píldora para su memoria. Con Alma la cosa era más fácil. Su amor hacia Jean estaba tan claro cómo un día sin nubes, así que sólo debía convencerla de que estar con su Romeo era posible. Pero aquí entraban en juego mis cuestionamientos morales y existenciales: ¿No traicionaba su confianza al intervenir poseyendo toda esa información confidencial de ambos lados? ¿No sería mejor dejarlo todo en manos del destino?

Tal vez sí, tal vez no. Hacer de cupido era tentador, pero también peligroso. No quería herirles, ni arriesgar su amistad tan valiosa para mí.

 “Está bien. Si es el destino el que debe decidir, dejémosle hacerlo” Y tiré una moneda al aire. “Cara les muestro la luz, cruz me mantengo al margen dejando que todo suceda según el designio trazado en sus líneas de la vida”

       “¡Cara!” La suerte estaba echada.

Estaba más que contenta con el resultado. Al ritmo natural que iban los acontecimientos me parecía más fácil que una gallina aprendiese a hacer punto, que ver cómo sus corazones se encontraban. Con todo el arrojo que poseía Alma para otras cosas en la vida, en lo referente a Jean estaba paralizada. Y la verdad, su parálisis estaba justificada: cuando se conocieron, él estaba metido de lleno en una relación seria de muchos años y más tarde, cuando por fin fue libre, entró en una fase de independencia tan radical que lo alejó de casi todo miembro del sexo opuesto. No tenía más que recordar cómo se había comportado conmigo al pedirle una cita.

 El problema de Alma era que llevaba tanto tiempo enamorada de él que se había olvidado de que había otros hombres en el planeta. E iba camino de tomar los votos si la situación no cambiaba.

¿Y de Jean, que puedo decir? La mente de los hombres es un terreno espinoso y escarpado en el que no suelo osar adentrarme demasiado. En particular había un rasgo de alguno de ellos que me tenía totalmente desconcertaba: era esa forma de ocultar toda emoción detrás de una máscara de pasividad e indiferencia. Y Jean era un artista en eso. Así que intentar comprender o incluso especular acerca de lo que pasaba por su corazón era un reto fuera de mis posibilidades. Eso sí, al menos lo empezaba a conocer lo suficientemente bien cómo para interpretar de sus palabras más de lo que ni él mismo era conciente.

Era sorprendente constatar cómo, poco a poco, Jean se había convertido en mi mejor amigo y mucho más ahora que se había roto el hechizo de un romance imaginario. Y estaba segura de que el sentimiento era mutuo. No dejaba de maravillarme que pudiera haber tanto cariño entre dos personas del sexo opuesto sin las usuales expectativas que estropeasen el cuadro.

Pero Alma y Jean no eran mi único motivo de preocupación esos días. Aún no había dado mi respuesta a la oferta de ser la nueva encargada del desayuno y sabía que no podía dilatarlo por más tiempo. En realidad la balanza se inclinaba a favor de la cocina desde el principio y es que la presión social era demasiado poderosa para poder ignorarla. Además ese nuevo puesto era más creativo, me permitía interactuar más con mi comunidad y me dejaba muchas horas libres para pintar. Incluso me llegaron insinuaciones de que los de dirección pretendían subirme la paga mensual. Sólo había un pequeñísimo “pero” y era que el trabajo en el jardín me encantaba y tras las lluvias torrenciales sentía que había demasiado que hacer como para dejar colgados a mis nuevos compañeros. Pero esa mañana en el jardín, tres días después de la inesperada visita de Beth, sucedió algo que me terminó de disuadir. No fue un gran acontecimiento. Tampoco una señal del cielo. Fue un pan gigante hecho en barro, de increíble realismo, que me esperaba en la huerta cuando llegué. No es que fuese como encontrarme con la cabeza de un caballo muerto debajo de las sábanas pero para el caso a mí me causó el mismo efecto. El mensaje tridimensional era cristalino y puse rumbo a la cocina para decir que aceptaba la oferta. Horas más tarde me enteré por Kris de que todos los de jardinería se habían puesto de acuerdo para elaborar el maquiavélico pan. Por supuesto que notarían mi falta en la huerta pero preferían disfrutar de mis panes. Y para demostrar que no había hostilidad de su parte y que me echarían de menos me habían organizado una fiesta de despedida esa misma noche.

La fiesta me venía que ni pintada para echar a rodar la fase A del plan para acercar a mis dos tortolitos favoritos.

Esa tarde me reuní con Alma y le pedí dos cosas: que viniera a la improvisada fiesta que me habían organizado mis compañeros y que lo hiciera vestida de una manera especial que ya le explicaría. Me miró con recelo pero antes de que pudiera decir nada le pedí que considerase tres puntos:

- Que era mi noche.

- Que ya conocía mi carácter excéntrico.

- Que la quería lo suficiente para no hacer nada que la perjudicase.

Se quedó en silencio un minuto, quizás repasando mi lista y entonces sonrió asintiendo con la cabeza.

La fiesta la dieron en una parte rehabilitada del jardín y fue una de las más extrañas a las que jamás he asistido. Además me hizo dudar de su carácter improvisado por la complejidad de su puesta en escena. ¿Sería que ya tenían previsto que dejaría mi puesto tras “la cabeza de caballo muerto”?

 Sonaba una animada música celta y de los árboles colgaban guirnaldas y lamparitas con velas encendidas. Habían distribuido colchonetas de paja por todas partes para poder sentarse en el suelo y en pequeños rincones estratégicos había cajas de madera que contenían una serie de curiosas opciones para beber: cerveza artesanal de plátano, licor de calabaza, zumo de tomate con remolacha y creo que hasta había un líquido verdoso al que llamaban “prado de menta”. También colgaban de los árboles pequeños sobres con aperitivos sorpresa: unas deliciosas galletas de tomillo, unos pastelitos de ruibarbo o unos sándwiches de zanahoria y nueces. Para mí fue una fiesta perfecta y la disfruté tanto que cualquier resentimiento por el pan de barro quedaba olvidado. Me gustaría decir que también fue perfecta para mi nuevo “proyecto de pareja” pero me temo que tuve que afrontar mi primer fracaso como celestina.

Estaba sentada con Kris y Jean en una de las colchonetas, bebiéndome un licor anaranjado que decían que era de calabaza pero que a mí me sabía a batata. Esperaba ansiosa la aparición de Alma y la consecuente reacción de Jean. Mi plan era tan simple como vestir a Alma de la forma en que Jean me había descrito a su misteriosa dama del sueño. Esperaba de esta manera que fuese capaz de juntar dos más dos y llegar al deseado cuatro. Pero Alma no aparecía. Y nosotros seguíamos probando bebidas. Para cuando llegó, Jean estaba cerca de la intoxicación etílica al igual que el resto de los participantes de la fiesta. Eso sí, Alma estaba radiante con su vestido verde esmeralda y el pelo recogido en un elegante moño. Todos los detalles de su atuendo encerraban un simbolismo especial de los que esperaba Jean se percatase. Pero éste a duras penas podía mantenerse en posición vertical así que no albergaba ninguna esperanza. La senté entre Jean y yo y para poder dejarlos solos cogí a Kris por el brazo llevándomelo a bailar. Lo que hubiese quedado de lo más natural si no fuese porque nadie bailaba y la música de arpa constituía un reto para el bailarín más experimentado. Mientras me cubría voluntariamente de ridículo, vitoreada por un público alcoholizado, intentaba mirar de reojo cómo evolucionaba la cosa por nuestra colchoneta. Se me partió el corazón al ver a Alma intentando mantener la compostura como una digna princesa antigua mientras Jean a su lado la ignoraba completamente. Cuando regresé del absurdo baile pude comprobar que no era que la ignorase, ¡es que se había quedado dormido sentado! ¡Maldita cerveza artesanal! Acababa de echar por tierra mi bien orquestado plan.

“La princesa” me miró con ojos expectantes, me imagino que esperando una explicación a su extraña indumentaria. ¡Piensa, rápido! No se me ocurría ninguna excusa creíble.

–Mira Alma, no te puedo decir ahora mismo por qué estás vestida y peinada así. Sólo sé paciente y si Dios quiere en poco tiempo ambas nos reiremos de esto.

–¡No si reírnos lo podríamos hacer ahora!–, no sé si se refería a mi baile o a su ropa. –Bueno, pues no tendré más remedio que fiarme de ti. Perdona por llegar tan tarde pero me ha costado una eternidad hacerme este moño. Y veo que la fiesta ha pasado ya su apogeo–, y miró a Jean.

–Sí. Me temo que tendrás que ayudarme a llevarle luego a su cabaña. Por cierto…, ¿te apetece un zumo de tomate y remolacha?–, conociendo a Alma era lo único que aceptaría beber.

Y así terminó la fiesta. Alma y yo charlando sobre el sentido de la vida mientras bebíamos el denso zumo. Jean roncando sonoramente a nuestro lado, ya en postura horizontal. Y Kris perdido entre los matorrales, tras el baile, probablemente vomitando sus “prados verdes”. Como ya he dicho, una noche genial.

Lo gracioso fue que cuando estábamos llevando a Jean a su cabaña repitió varias veces las palabras “misteriosa dama”, quizás percatándose del atuendo de Alma. Esta me miraba con ojos interrogantes pero decidí hacerme la tonta ya que seguramente Jean no se acordaría de nada por la mañana.

Llegué a mi cabaña y miré el reloj de mi mesilla con resignación. Eran las dos y media de la madrugada. Al día siguiente empezaba en la cocina y se suponía que debía despertarme en algo más de tres horas. Sabía que dormir esas escasas tres horas tendría un efecto devastador en mi rendimiento laboral así que para evitar convertirme en una zombi decidí no irme a dormir. No era mala idea, además, utilizar esas horitas extras para hacer algo especial en mi primer desayuno oficial. Ya dormiría el resto del día cuando terminase a las nueve y media.

Esa primera mañana preparé un pan gigante con forma de lavadora rosa (con aroma a lavanda), un enorme pan verde con forma de árbol (con sabor a hierbas provenzales) y un gran pan marrón con forma de pan (y sabor a pan). Cualquiera que viese los colosales panes podía adivinar que en mi muy particular sentido del humor estaba retratando mi historia profesional desde mi llegada.

Los panes fueron todo un triunfo. Especialmente gustó el de la lavadora rosa, que fue el que más me costó hacer. Creo que nadie pudo evitar reírse al verlo. Intuyo que la gente se reía por los recuerdos de ropa interior rosa que les traía. Y es que de mi época en lavandería no me dejé a nadie sin desteñir.

Mi segunda mañana fue menos espectacular. Quizás porque tenía un desfase de sueño considerable. Esta vez para contrastar con la primera mañana elegí hacer panes muy pequeñitos. Hice más de una centenar de panecillos con todo tipo de rellenos sorpresa. Hasta puse un cartelito avisando que había un pan diabólico escondido entre el resto para crear una sensación de ruleta rusa entre los comensales. Era uno relleno de guindilla y ajos enteros que… ¡cómo no!, me tocó a mí.

Me hallaba a punto de terminar mi turno en la cocina, enjuagándome la boca por octava vez, cuando una de las chicas de recepción llegó excitadísima pidiéndome que la siguiera a toda prisa. Mi nivel de agotamiento era tal que me limpié los restos de masa de las manos con parsimonia y empecé a seguirla al ritmo de una tortuga octogenaria. Por el camino me explicó que había un camión en la entrada que traía algo para mí. Lo que mi observadora compañera había descrito como un camión era un servicio de mensajería rápida internacional que me traía un paquete. Había dos hombres que nada más verme me pidieron a coro que les mostrara mi documento de identidad. Cuando así lo hice, me dijeron que a lo que se referían era al pasaporte. Vuelta a mi cabaña. Cuando regresé me hicieron firmar todo tipo de papeles y hasta tuve que repetir el ritual de enseñarles la foto del pasaporte para que comprobaran una vez más que era quien decía ser. Cuando terminó la sesión burocrática por fin me explicaron el porqué de tanta confirmación. Venían de otra isla, donde se encontraba la central, especialmente para entregarme ese paquete que además llevaba un plus de seguridad. Era lo que ellos denominaban “servicio platinium”. Los que realizaban el envío pagaban el triple pero se aseguraban de que el destinatario lo recibía en perfecto estado y a tiempo.

Me costó conseguirlo y cuando al fin estuvo entre mis manos la curiosidad me corroía. Me hubiese sentado ahí mismo, en el suelo, a ver su contenido. Pero entonces fui consciente de la fila de cabezas asomadas en recepción listas para aplaudir cuando el conejo saliese de mi paquete y preferí irme a un sitio fuera de su campo visual. También quería avisar a Jean y Alma para que estuviesen conmigo al abrirlo. Viendo el remitente prefería no hacerlo sola.

Tardé un rato en reunir a ambos. Uno estaba subido en un tejado arreglando un agujero y la otra en mitad de una sesión de acupuntura. Así que, haciendo un esfuerzo sobrehumano, los esperé en la cocina mordiéndome las uñas. Esto sirvió, entre otras cosas, para  que terminase de limpiar y preparara unos capuchinos. El de Alma, por supuesto, de soja.

Una vez todos reunidos en el sofá de la cocina, procedimos a examinarlo por fuera.

–Sé que viene de Nueva York–, dije, mostrándoles el resguardo.

–Es bastante ligero–, dijo Alma mientras lo sostenía.

–Suena cuando lo agitas–, ¡típico de Jean! Sólo esperaba que no contuviese nada frágil.

Lo abrimos con delicadeza intentando mantener unos segundos más el suspense. En el interior había tres sobres y un catálogo del concurso. Lo ojeamos rápidamente buscando mis pinturas y ahí estaban, en la página treinta y ocho: Eric mostrando sus encantos al mundo entero. Y a un lado, un poco más pequeño, el paisaje onírico. Imposible describir con palabras la sensación de ver mis pinturas en ese catálogo. Ya tenía la confirmación de que todo aquello no era un sueño.

Abrí el primer sobre que contenía un billete de avión a mi nombre para Nueva York, fechado para dos semanas más tarde. Alma abrió el segundo sobre y sacó una elegante invitación para la entrega de premios; también había una carta de la dueña de la galería felicitándome por quedar finalista. Jean abrió el tercero y dio un sonoro silbido. En el último sobre había un cheque de mil dólares con una pequeña nota que decía “para gastos” y una reserva de seis noches en el hotel Plaza de Manhattan.

–Esta gente si que sabe hacer las cosas. ¡Me pregunto cuál será el premio si se portan así con los finalistas!–, dijo Jean mientras investigaba el cheque al trasluz.

Buena observación. ¿Cuál era el premio?

Parece que los tres tuvimos la misma idea porque nos lanzamos al catálogo buscando la preciada información.

–¡Medio millón de dólares y la posibilidad de exponer con ellos!

Los dos me miraron como si ya lo hubiese ganado.

–Chicos, lo mejor será tomárselo con calma porque si no la caída será muy dolorosa. Para mí este paquete es un premio en sí mismo. ¿Qué os parece salir esta tarde y empezar a gastarnos el cheque?–, se me acababa de ocurrir una idea.

–¡Yo me apunto!–, dijo Alma sonriendo. –Ya había quedado con Karen pero si no os importa le puedo decir que se venga.

–Si a Karen le parece bien, ¡me encantará que se una a nosotros!

–¡Por mí no hay problema! Salgo un poco más tarde pero me puedo reunir con vosotras para cenar. Por cierto, Tara, no te olvides de pedir cuánto antes los días de vacaciones. ¡Lo que me recuerda que nos toca volver al corcho-pan del pueblo una vez más!

Menos mal que Jean lo había mencionado porque tenía tantas cosas en la cabeza que esa se me hubiese olvidado. Fui directamente a las oficinas esperando que, pese a la poca antelación, me concediesen los días que necesitaba. Milo, el encargado de personal, primero me puso cara de susto, pero al explicarle que se trataba tan sólo de una semana de vacaciones suspiró dándome su bendición. Más adelante me confesaría que sus mañanas no eran las mismas sin mis panes pero que sobreviviría una semana.

Ahora me quedaban dos semanas por delante para trabajar en mi estrategia, que ya había bautizado como “Operación Despertar”. El plan B estaba a punto de dar comienzo.