... Se acerca la noche.

... Se acerca la noche.

 

Esa noche me fui a dormir sin saber que mi vida iba a cambiar por completo. O para ser más exacta, que mis noches iban a cambiar. Últimamente soñaba tanto de día que dejaba el espacio de las noches simplemente para descansar. Pero esa noche, al momento de cerrar los ojos me encontré en un tren contemplando el paisaje a través de la ventana. Era muy tarde pero la luna era tan grande y brillaba tanto que costaba asegurar con total certeza si era de día o de noche. Los árboles que descansaban a los lados de las vías tenían las copas del color plateado de la luna. El silencio afuera era tan profundo que ni siquiera el traqueteo del tren lo perturbaba.

Me sentía en paz por dentro y sonreía de verdad. No con esa sonrisa protectora que había utilizado tantas veces. Sentía una plácida conexión con el mundo. Como si la batalla hubiese terminado, al fin. No tenía ninguna preocupación en mi cabeza y disfrutaba del viaje. Y esperaba.

Noté que alguien se sentaba a mi lado y que empezaba a mirarme. Dejé de esperar. No tuve el impulso inmediato de girarme para verle. Podía sentir su aroma a madera y enebro mezclándose con mis pensamientos y eso me aturdía.

–Perdona, ¿sabes cuánto tardaremos en llegar a Atocha?

Desvié mi atención del paisaje y lo miré ahogando un suspiro. Era un hombre que pasaría los cuarenta aunque muy bien llevados. Me miró fijamente, con una mirada penetrante que hizo saltar mi estómago fuera de sus límites anatómicos. Había algo en esos ojos que descontrolaba las funciones biológicas de mi organismo. Era una sensación tan intensa que no estaba segura de si era buena o mala. También sentí una acuciante necesidad de explorar qué había detrás de esa mirada. En pocos segundos pasé de un gran estado de sobreexcitación a una placentera sensación de paz interior, para volver a tener taquicardia de nuevo. Sin duda su dueño era conocedor de alguna magia antigua, ya que no era posible que una mirada transmitiese y trastornase tanto. Claro que existía también la posibilidad de que yo me estuviese volviendo loca.

Por lo visto debía estar tardando demasiado en contestar porque sus ojos me miraron más intensamente, con aire divertido. Finalmente logré concentrarme lo suficiente para responder a su pregunta.

–Mmmmnnn… la verdad es que no estoy segura. Hace rato que he perdido la noción del tiempo, creo que es esta noche tan extraña…

–Es la luna. Esta noche hay algo en su luz que no puedo explicar…

Le sonreí. Era la luna, quizás. Pero también sus ojos.

Me volví como para contemplar el paisaje pero esta vez cerré los ojos. Podía sentir su presencia a mi lado como un imán. Intenté parar mi pequeño tamborcito interior. Iba demasiado deprisa. Entonces su voz me sacó del trance.

–Voy al bar a pedir una copa de vino. ¿Te apetece beber algo?

–Mmmnnn… vino suena bien.

No sabía que hubiese bar en ese tren. Me sonrió y se fue. Y yo empecé a sudar. “Tara, ¿qué te está pasando?”

Mientras su voz profunda y limpia resonaba todavía en mis oídos, en un insólito exorcismo mental o un complicado juego de intercambio de personalidades dejé de ser la Tara que vivía el sueño para ser la Tara que lo estaba soñando… Como si no fuese capaz de hacer reflexiones dentro de mi yo onírico. Y la verdad es que creo que a partir de ese momento fue esa la Tara que tomó las riendas del sueño.

 Me pregunté desde una semiconciencia de oscuridad y almohadas si mi nerviosismo pudiera deberse a que en los últimos tiempos mi contacto con miembros del sexo opuesto era tan habitual como mis reuniones con seres de otros planetas, osease nulas. O para ser más exacta: difícilmente se cruzaba en mi camino un hombre que fuera capaz de hacer reaccionar a mis dormidas hormonas.

Y es que mi contador de hombres raritos y fracasos estrepitosos en el mundo sentimental había alcanzado su límite.

Los había conocido de todos los tipos posibles. Los que me querían pero no querían comprometerse. Los que se querían comprometer pero yo no tenía claro que me quisieran. Los que me querían tanto que no querían compartirme con el mundo. Los que necesitaban más y una sola mujer –yo en este caso– no era suficiente. Los que pese a quererme y querer comprometerse eran como ese hermano que siempre quise tener. Los que sin quererte o comprometerse producían tanto fuego que arrasaban todo por dentro. Los que se querían tanto a sí mismos que les quedaba muy poco espacio adentro para querer a otras personas. Los que necesitaban espacio. Los que arrastraban un trauma de la infancia. Los que te querían sólo por el sexo. Los que te querían sólo como amiga. Los no te querían en absoluto. Y la lista podría seguir…

He dejado y he sido dejada. Casi siempre por motivos diferentes tanto en un caso como en el otro. Pero con cada historia quedó una cicatriz interna imborrable que fue tornando la piel en un escudo protector. Algunas de ellas tan profundas como para hacerme perder la fe en ese amor con A mayúscula que nos intentan vender en las novelas románticas.

Y cuando por fin comienzas a comprender que ese tipo de sensaciones sólo existe en la imaginación, un desconocido en un tren irrumpe en tu vida y vuelves a sentirte como una adolescente en celo. Cerré los ojos por un instante, saboreando esa sensación olvidada y entonces su voz me devolvió a la Tara del sueño.

–Su vino, señorita.

Los abrí y allí estaba él, mirándome con curiosidad. Doble salto mortal de mi estomago.

–Gracias, caballero­–, dije, intentando volver a parecer una mujer adulta.

El vino estaba condenadamente bueno. ¿Cómo era posible que en aquel tren tuvieran un vino así?

–Me tienes que decir qué te debo…–, ¡Yo sí que sé empezar una conversación!

–No te preocupes, es cortesía de la casa. Cada tanto regalan una botella de vino a dos extraños que se encuentran en un tren.

–¿En serio?

¡Dios mío! ¡Cómo podía ser tan boba! Al darme cuenta de lo obvio de la broma, sonreí para que no pareciese que acababa de salir por primera vez del pueblo.

–En realidad sólo he pedido dos copas en el bar. La botella ya la llevaba en el bolso de viaje.

¡Dios santo! ¡Era alcohólico!

–Ahá…–, intenté articular, sintiendo que mi excitación inicial empezaba a volatilizarse.

Él debió de intuirlo, porque se apresuró a decir:

–No es que viaje por el mundo con botellas de vino encima. Esta noche me habían invitado a una fiesta y les llevaba esta botella de vino que compré hace unos meses en Nueva York cómo obsequio.

¡¡¡Gracias a Dios no era alcohólico!!! (Decididamente aquella noche estaba tomando un cariz casi religioso). Entonces eso explicaba por qué el vino era de lo mejorcito que había probado en mi vida.

Mi curiosidad iba en aumento pero no sabía cómo salir de la ronda de “Aaahhs” y “Ahás”.

–¿Es la primera vez que vas a Madrid?–, me animé finalmente a preguntar.

Decididamente no estaba en absoluto inspirada para mantener una conversación interesante y adulta. Era más que obvio que no era la primera vez que iba a Madrid. No sabía qué era peor: que pensase que tenía una lesión cerebral o que mi atracción hacia él fuese tan evidente que atribuyese a ésta mis frases poco acertadas.

–La verdad es que nunca he cogido el tren para ir. Normalmente voy en coche, pero esta noche tuve el impulso de cambiar de método de transporte y lanzarme a la aventura. Como te dije antes, debe ser la luna.

Y me sonrió como si fuese la primera vez que me veía.

¡Bendita luna! Pensé yo.

–Por cierto, ¿qué vas a llevar ahora a la cena?–, dije dando otro sorbito a aquel elixir de los dioses.

–Improvisaré. Te podría llevar a ti si no tienes planes.

Los tambores internos volvieron. Tum-tum, tum-tum. Y esta vez presagiando batalla interior.

–Pues no sé. Tendría que pensarlo. Además, no nos conocemos…

¡Tonta, di que sí! Decía la mitad inferior de mi cuerpo, incluyendo corazón. Pero la parte superior tenía ciertos problemas para dejarse llevar.

–Bueno, todavía te queda un rato para conocerme y decidirte–, dijo con timbre de voz optimista.

–Ahá.

Ya estaban de vuelta los ahás. Comodín perfecto para mi falta de inspiración.

–Entonces, brindemos: ¡Por los desconocidos que empiezan a conocerse! –, y levantó la copa por encima de sus ojos.

–Por las noches de luna llena–, dije sonriendo tímidamente.

Abrí los ojos y todo estaba oscuro. Podía oír las olas golpear contra las piedras, y todavía sentía su olor a mí alrededor.

Afortunadamente, ninguna cucaracha a la vista que rompiese el encanto.