Hogar alternativo

Hogar alternativo

A la mañana siguiente me desperté de un humor de perros tras una noche demasiado movida para mi gusto. Estaba soñando una vez más con el palo de madera, el pájaro y el domador de circo. Pero esta vez era el pájaro, quien sosteniendo el palo entre sus alas golpeaba al domador en la cabeza. Entonces me incorporé de golpe al notar algo que se movía cerca de mi cabeza. Cuando encendí la luz vi una cucaracha gigante, descendiente de alguna especie prehistórica, que se paseaba por mi almohada con un desparpajo increíble. Eran cerca de las tres de la mañana… ¿Estaría todavía soñando?

Mientras el pánico me dominaba de forma irracional, múltiples preguntas se agolpaban en mi cabeza: ¿Qué diría el manual de los jóvenes castores de semejante situación? ¿Había peligro real de ataque? ¿Debía gritar o salir corriendo?

Conservé la suficiente sangre fría como para coger una percha, estirarla para que hubiese la mayor distancia posible entre el bicho y mi cuerpo, para finalmente, como jugando al golf, lanzarlo lo mas lejos posible de mi cama. Entonces cogí el primer objeto que pude y la aplasté. ¡Después de todo Khalil Gibrán me estaba siendo muy útil! Tras el incidente me quedé sentada en el medio de la cama, percha todavía en mano, mirando en todas direcciones. Estuve una eternidad en estado de shock esperando que otras cucarachas mutantes aparecieran pero esa fue la última por esa noche. Cuando al filo del amanecer logré dormirme, seguía viendo en mis sueños monstruos del cretácico que se subían a mi cabeza.

Sobra decir que casi no pegué ojo.

Esa mañana me costó mucho salir de mi habitación. Oía ruidos de actividad fuera, pero no sabía cómo enfrentarme con ese nuevo mundo que me esperaba tras la puerta. Tuvo que ser mi reloj fisiológico el que me obligara a enfrentarme a mi nueva vida de camino al baño.

Como era la hora del desayuno, respiré hondo y me acerqué tímidamente con mi café a una de las mesas, esperando tener más suerte que el día anterior. La gente dejó de hablar y me miró con curiosidad. Yo traté de parecer natural y saludé como si desayunase allí todos los días. Pareció funcionar porque varios me saludaron y me preguntaron qué tal mi llegada. Por supuesto mentí y dije que bien. Y tras eso siguieron hablando entre sí, ignorándome completamente.

Siempre me había gustado pasar inadvertida, pero de ahí a invisible había un desastroso viaje para mi ego. Intenté recordarme a mí misma que los sin hogar no tenemos muchas opciones y vamos donde nos acogen. Pero ese pensamiento no mejoró mi estado anímico. Al menos disfruté de uno de los mejores desayunos de mi vida: muchísimas frutas tropicales que hasta ese momento siempre había considerado un lujo fuera de mis posibilidades y un sinfín de opciones que me hicieron perder toda timidez, acercándome al buffet varias veces. Vamos, que una alegría para mis descontrolados michelines…

Tras el desayuno, por fin alguien que yo asumí como uno de los jefes se me acercó y me ofreció un tour por la comunidad-hotel. Estaba claro que no era la primera vez porque fue como si alguien apretase el interruptor de la visita guiada de un robot. Muchos de los sitios ya los había visto la tarde anterior en mi secreta expedición pero me alegré al observar cuánto más no había descubierto. El sitio era sin duda uno de los más bellos en los que había estado, y al recorrerlo no pude evitar sentirme una niña mimada por haber pensado en huir la noche anterior tras el incidente con la cucaracha. Al final del tour me comentó que, en principio, iba a trabajar en la lavandería.

La lavandería en concreto, para que nadie se haga ideas equivocadas, no era más que un cuartito diminuto con cuatro lavadoras apiladas de dos en dos y estanterías de pared a techo rebosantes de ropa.

Fuera de la lavandería, entre árboles, arbustos y flores diseminadas de forma caótica, estaban las cuerdas de tender. El rincón me conquistó nada más verlo. Me sentía una privilegiada por poder trabajar rodeada de tanta belleza y paz. Ya podía verme: yo, Khalil Gibrán (después de haberlo limpiado) y el relajante traqueteo de fondo de la lavadora. La combinación de suavizante y hierbas aromáticas me tenía hipnotizada.

Mi guía se fue y me quedé sola en la lavandería. Empezaría a trabajar al día siguiente a las nueve de la mañana. Bueno, eso me dejaba todo un día por delante para ir acostumbrándome a mi nuevo lugar en el mundo. Por el camino de vuelta a mi habitación me fui cruzando con varias personas y fui saludándolas con la esperanza de que alguien se parara a hablar, pero no hubo suerte. No tenía muy claro si eran clientes o empleados como yo. Pero me extrañaba que entre tanta gente no hubiese nadie interesado en la recién llegada y única española del grupo.

Al final terminé en mi mini-casita una vez más sin saber muy bien qué hacer o dónde ir. Me senté en mi mini-silla, apoyando los pies en mi mini-mesa intentando reflexionar sobre lo que hacía allí. Esperaba que la vida no me hiciese pagar el haber tomado una decisión tan importante en tan poco tiempo. ¡A quién se le ocurre pensar en la creación del mundo como modelo a seguir! No hay más que ver como está el mundo…

Llegó la hora de la comida sin ningún acontecimiento reseñable y yo me acerqué con la misma naturalidad que la última vez a otra mesa diferente por probar con gente nueva. Me dije a mí misma que ya no era una niña pequeña y que tenía que enfrentarme a la situación como la adulta que se suponía que era, porque si ellos no tenían curiosidad, yo sí. Me puse a preguntar cosas acerca del lugar, pero tras alguna escueta respuesta volvieron a ignorarme y yo me sentí una vez más fuera de lugar. Y así transcurrió el resto de mi día: sintiéndome invisible y aislada. Y la noche no mejoró. Según encendí la luz de mi habitación, tras volver de la cena, encontré una de esas cucarachas gigantes del submundo dándome la bienvenida.

“¡No haberte molestado!”, pensé, mientras buscaba un objeto contundente para acabar con el único ser vivo interesado en mis cosas en aquel sitio.

Es increíble lo rápido que uno se acostumbra a todo en esta vida. Cuando hace años vivía en la ciudad y por la noche al entrar en la cocina veía una cucarachita minúscula, primero gritaba y acto seguido salía a buscar a alguien para que la matase. Si estaba sola era un drama. Llegaba a extremos de construir toda una parafernalia que me permitiese aniquilar al bicho sin acercar mi cuerpo a menos de tres metros. Pues sí, como decía, a todo se acostumbra uno en esta vida y a lo malo antes.

Tras matar –previos veinte zapatillazos– a la criaturita del señor, me coloqué una nota mental para ir al día siguiente al pueblo a comprar insecticida de a kilo. Después me quedé sentada en la cama, con la mirada perdida y una fuerte sensación de vacío en mi interior. ¿Qué se puede hacer cuando la sensación de fracaso te arrolla de esa manera? Pues llorar. Llorar como un bebé que quiere que lo cojan en brazos y lo acunen. Necesitaba que alguien me dijese que no me preocupase, que esto pasaría y quedaría una vez más en una anécdota de la que me iba a reír. Pero aún sabiéndolo, a veces se necesita a alguien de fuera que te lo confirme.

Dicen que lo que no te mata te hace más fuerte. Yo creo haber muerto ya varias veces porque definitivamente no me siento más fuerte. Eso sí: he aprendido a reírme de los golpes de la vida. Y este humor negro me ha servido como un arma sustituta a la falta optimismo. Reírme de mí misma en más de una ocasión había sido también el mejor antídoto para la depresión.

Y al despertarme esa segunda mañana con los ojos hinchados de tanto llorar, decidí reírme de todo. Me planté una sonrisa como un escudo protector ante el mundo. Había una pequeña voz interior que me decía que si sonreía nadie podría hacerme daño y lograría sobrevivir a esta nueva experiencia. Y así salí temprano rumbo a la lavandería, sonriendo como si me acabasen de contar un chiste.

Quien sabe si al cabo de unos días me olvidaría de que sonreía por prescripción propia y una parte de mi se convencería de que era feliz.