
La vida Zíngara
En las estaciones de trenes sólo hay dos tipos de personas: las que van y las que vienen. Existe también otro grupo muy especial, y en ese precisamente estoy yo. Los que no sabemos si vamos o venimos.
Nuestro hogar es el mundo y a veces hasta eso se nos queda pequeño. Ser nómadas es un estigma del que no podemos escapar. Lo llevamos todo a cuestas, y no vamos ni venimos: simplemente transitamos.
Y lo malo de llevar el hogar a cuestas es que resulta complicadísimo huir del mismo. Todo lo que somos y tenemos lo llevamos encima: lo bueno y lo menos bueno.
Pero esta especie de tribu a la que pertenezco posee un don muy especial. O más bien una capacidad en la que sobresalimos al resto de los mortales…. nuestra capacidad de soñar despiertos. Algo así como una puerta de escape trasera, por donde fugarnos de nosotros mismos y salir a respirar un poco de aire fresco.
Sin duda en este grupo nos encontramos los mayores soñadores: debemos serlo para sobrevivir.
Haciendo todas estas elucubraciones y alguna otra de carácter más superficial, me hallaba yo, una calurosa noche de agosto, esperando un tren en una estación en la frontera entre Segovia y Madrid. Éste habría de llevarme a una de las tantas camas distintas en las que había dormido en poco más de cinco semanas.
Muchos cambios en los últimos meses que habían propiciado que fuera una sin hogar, al amparo tan sólo del techo de algún amigo diseminado por la geografía europea.
Y pese a que pueda sonar fascinante para algún espíritu aventurero, esa noche en particular no me sentía especialmente encantada con mi vida de nómada del viento. Hacía unos meses había decidido, por fin, estabilizarme de manera permanente y tratar de echar raíces, pero una vez más algo se interpuso en mis planes. Lo que me hace preguntarme si es posible que alguien desde allá arriba escriba nuestros destinos. Si es así, el que se encargó del mío se debió correr una buena juerga antes de ponerse a ello.
Aunque con el paso de los años me he ido convenciendo de que mi destino no lo decide ni Dios, ni el azar, ni las misteriosas fuerzas de la naturaleza. Lo deciden más bien esos pequeños y estúpidos accidentes que lo cambian todo. Y este último accidente en concreto sacudió los cimientos de mi vida como un terremoto de grado ocho en la escala Richter.
Debe ser verdad que el tiempo se encarga de convertirlo todo en anécdota porque rememorarlo desde esta desierta estación de tren me hace sonreír…
… Mis recuerdos me llevan a Francia. Y más precisamente a una carretera secundaria, donde el coche que ha de trasladarme de vuelta a Holanda desde España decide declararse en huelga y dejarme tirada. Y me deja, cargada hasta las cejas . Ironías de la vida, una semana atrás había tomado la decisión de mudar definitivamente al norte de Holanda el resto de lo que después de tanto viaje me iba quedando y así iniciar una larga y feliz existencia con mi nuevo novio. En escasos cuatro días llevaba recorrido unos tres mil kilómetros entre la ida y parte de la vuelta, y mi nivel de energía se encontraba bajo mínimos. Con lo que mi primera reacción fue de pánico al verme en aquel remoto lugar, con toda mi vida apilada en una lata con ruedas y sin medios para continuar mi viaje.
En ese momento decidí hacer lo único que las circunstancias me permitían: llorar.
Pero tras el primer berrinche me di cuenta de no estar solucionando la situación y mucho menos sintiéndome mejor, con lo que intenté pensar en lo que haría una súper heroína de cómic en semejante circunstancia. Estúpido, sin duda, porque una súper heroína de cómic, entre otras cosas no tendría semejante patata de coche y aún en el caso de tenerlo sólo para ocultar su identidad secreta, nunca lo tendría en las condiciones tan lamentables en las que lo tenía yo. Además, ¿no se supone que los superhéroes vuelan?
Al final, en un acto desesperado, caminé medio kilómetro hasta un teléfono y llamé a mi todavía novio para ver si a él le habían crecido alas y podía venir a buscarme desde Holanda.
Cuando al final logré localizarlo, me tranquilizó restándole importancia al problema.
¡Hay que ver qué sangre fría la de estos holandeses!
Pero surtió efecto. Me relajé por completo con el nuevo plan: él intentaría localizar a una grúa desde allí que debería recoger mi coche y llevarlo a un taller para devolverlo a la vida.
Así que volví al coche y me puse en modo espera. Una hora. Otra. Otra más. El cielo iba oscureciendo y mis esperanzas de ser salvada, desvaneciéndose. Puse la radio para amenizar la aburrida tarde hasta que la batería del coche también me abandonó. Y justo en el momento en que las lágrimas volvían a asomar, vi una sombra negra en el horizonte que me devolvió la fe en el género humano y mi novio, todo sea dicho. La grúa.
El hombre que la conducía se bajó, me gruñó a modo de saludo y abrió el capó. Tras un escáner rápido, intentó arrancar el coche. Yo lo miraba trabajar con toda la atención de la que era capaz, como si estuviese a punto de operar a corazón abierto y mi tarea fuese la de enfermera asistente. Al darse cuenta que me había gastado toda la batería, me dirigió una mirada de reprobación que me devolvió, de los quince años en los que me sentía, a los ocho. Lo volvió a intentar tras recargar la batería. Yo agudicé mis oídos. Él puso los suyos cerca del motor. Y entonces un insoportable pitido empezó a sonar como si fuesen los estertores de un moribundo. Él, que seguro perdió algo de su capacidad auditiva, dio un respingo hacia atrás de lo más garboso sin modificar su cara de póquer.
De repente el ruido paró y supimos que era el fin. Guardamos un respetuoso minuto de silencio. Me miró sacudiendo la cabeza: no había nada que hacer. A duras penas le entendí cuando me explicó lo que me iba a costar tan obvio diagnostico. Era más de la mitad del dinero que tenía y ni siquiera incluía llevarse el coche de allí. No habría funeral.
Se me ocurrió entonces, en un momento de inspiración, que podría alquilar un coche gastándome mis últimos ahorros. Así que le pedí al pequeño estafador de la grúa que me acercase al pueblo. Pero no contaba con que la globalización (para una vez que se la necesita) no había llegado a esa parte del planeta. Las dos compañías de alquiler de coches de la zona no me proporcionarían ningún vehículo para salir de Francia. Volví al coche. Ya era noche cerrada y en ese momento me dieron ganas de dejar el coche con todo dentro y coger el primer autobús que pasase. Pero es que desprenderme de las pocas cosas que me quedaban en el mundo me producía un desasosiego que no me dejaba respirar. Me puse a pensar en que opciones tenía:
A) Darme a la bebida y esperar al día siguiente para tomar una decisión.
B) Instalarme a vivir allí para siempre.
C) Empezar a creer en Dios y rezar (vía religiosa).
D) Cruzar los dedos (vía supersticiosa).
Así que después de caminar hasta el bar más cercano, recé y crucé los dedos, entre copa y copa de vino.
Cuando estuve más tranquila – y dopada– volví a llamar a mi sufrido novio como si él tuviese la respuesta a todos los problemas de mi vida. Cuando le conté lo de la grúa se sorprendió de mi suerte, ya que él no había logrado hacerse entender con su francés y se había dado por vencido confiando en que yo consiguiese una desde allí. Recordando el estado de mi cartera, no estaba tan segura de que hubiera sido una suerte. Una vez más mi novio utilizó su flemático tono para sugerirme que tratase de encontrar un lugar donde dormir y que al día siguiente cogiese un autobús hacia la casa de Harold, un amigo que vivía a cuatrocientos kilómetros de allí y que por lo visto me cogía de paso. Entre mi nivel de vino en la sangre y su exagerada despreocupación me dieron ganas de colgarle el teléfono pero me contuve porque sabía que en el fondo él no tenía la culpa de mis desgracias. Sencillamente no podía solucionarlas. Por cierto que donde él utilizó la palabra “amigo” para referirse a Harold, debería haber utilizado la de “ex”. Y es que mi novio tuvo un fascinante pasado sentimental que a veces me encantaría no recordar.
El personaje en cuestión era un hombre de casi sesenta años, holandés y descendiente de una familia de la antigua burguesía belga. Una familia con vocación aristocrática donde ni su padre ni él habían tenido que trabajar. El que sí lo había hecho, y bien, era su abuelo que amasó una increíble fortuna a finales del siglo veinte, que permitiría a las siguientes generaciones vivir sin dar ni un palo al agua. Por supuesto, a estas alturas del siglo, todo lo que quedaba era un palacete en decadencia y la seguridad de que ya no habría descendencia que continuara la dilapidación.
Así que este hombre vivió sus años dorados deslumbrando a jóvenes efebos con sus aires aristocráticos y los restos de una vida de lujo rancio que se estaba desintegrando. Queda resuelto el misterio de cómo conoció una década atrás a mi novio.
A mí la idea de pernoctar en su casa me apetecía tanto como que me apalearan en una plaza pública.
Aunque de momento mi primer problema era dónde dormir esa noche. Además debía tomar la decisión de qué hacer con mis cosas. ¿Queda mal decir que por tercera vez empecé a llorar? Pues lo hice. Todo el camino de vuelta al coche intentando acordarme de dónde estaba. Y esas fueron las últimas lagrimas, algo etílicas eso sí, que derramé a modo de catarsis. Cuando por fin lo encontré, ya tenía decidido qué hacer. Iba a meter en una mochila y un bolso todo lo que cupiese y lo demás quedaría a merced de ladrones y curiosos.
No iba a ser tarea fácil escoger lo insustituible de entre tantos recuerdos. Empecé la selección con toda la parsimonia de la que era capaz. Lo hice dentro del coche debido al frío, y en un punto el caos que me rodeaba era tan monumental que quedé literalmente enterrada entre mis propias cosas. Y así me dormí. Con un edredón hecho de libros, adornos y muñecas de trapo. Esa noche, pese al cansancio y la tristeza, soñé en colores…
… Un amigo me pedía que hiciese en un papel una lista de los momentos que por una razón u otra más huella habían dejado en mi memoria, y yo recordé mi primer beso, donde perdí la noción del tiempo y el espacio. Y la vez que gané una cámara de fotos en el concurso del colegio, y decidí que iba a ser una reportera intrépida. El sabor de la sandía cada comienzo del verano. El día que vi el mar después de muchos años y fui corriendo por la arena como una loca para tocar el agua helada con los pies. La sonrisa de mi abuela en el hospital minutos antes de morir. Los nervios de la primera y última obra de teatro en la que participé. La alegría de mi perro cuando llegaba a casa del colegio. La sensación de infinito al estar debajo del agua unos segundos. El olor de su piel cuando nuestros cuerpos estaban juntos…
Y entonces me desperté porque se me acabó el papel donde escribir.
Me sentía ligera. Daba igual lo que llevase conmigo, lo mejor lo tenía dentro. Mis mejores pertenencias eran mis recuerdos y experiencias. Aún así me tomó más de una hora terminar de llenar la mochila. Porque sólo me lleve una mochila, en la que metí mi diario, unas fotos, la muñeca con la que dormía de pequeña y algo de ropa. Todo lo demás se tendría que quedar en esa carreterita comarcal cercana a Burdeos. Me alejé con todo el cuerpo oxidado por la noche en coche-cama y lo hice sin mirar atrás. Era la única forma de irme. Y finalmente, después de mucho caminar, encontré un autobús. No es que tuviera claro hacia dónde se dirigía pero sabía que era al norte y con eso me bastaba.
Al tercer autobús me dio por recordar las cosas que dejé en el coche que debieron haber estado en la categoría de absolutamente insustituibles. Se ve que el cansancio estaba haciendo mella en mi optimismo y emborronaba el mensaje de mi último sueño. Pero no tuve tiempo de lamentarme demasiado porque algo me distrajo. Acababa de cruzar la frontera con Bélgica y, casualmente, el autobús paraba en la ciudad del amigo de mi novio. Miré el reloj y ya eran casi las nueve de la noche. Llevaba en el cuerpo unas diez horas de peregrinaje y necesitaba parar. He de decir que si mi monedero no hubiese estado tan lleno de telarañas me hubiese planteado ir a una pensión, o hubiese viajado en avión o tren que era más rápido. Pero las cosas estaban así y tenía que tragarme mi orgullo, entre otras cosas por el bien de mi dolorido cuerpo. Así que me bajé del autobús y dirigí mis cansados pasos al palacete.
En este punto conviene aclarar que Harold sólo hablaba holandés y que mis nociones del mismo me daban como para pedir un café o dar las gracias por lo que fuese aunque no tuviese muy claro de qué se trataba. Así que pese a sus amables intentos de hablar conmigo de vez en cuando no le captaba ni las intenciones.
A la media hora de gesticulaciones y sudores ambos nos rendimos e hicimos lo que cualquier persona sensata haría en esas circunstancias: poner la tele. Gracias al cielo a media noche llegó uno de sus querubines y ambos se retiraron dejándome sola.
Apagué la tele, o debería decir la incomprensible sucesión de imágenes en holandés, con cierto alivio y me acerqué a la biblioteca. Sólo había un ejemplar que no estuviese escrito en holandés y lo cogí con avidez. Estaba cansada pero necesitaba relajarme un poco antes de dormir. Y el libro en el que confiaba para lograrlo y único candidato era una recopilación de poesía francesa. Total, que antes de que las poesías de Verlaine, Rimbaud y Baudelaire me llevaran al suicidio, decidí que ya era hora de irme a la cama. ¿Pero a cuál?
Probablemente había unas doce habitaciones en esa casa pero al anfitrión se le había olvidado decirme cuál era la mía. ¿O me lo dijo y no le entendí? Sea como fuere yo cogí mis cosas y me adentré por los pasillos más largos y tétricos por los que he tenido el gusto de caminar, dispuesta a encontrar una cama al precio que fuera. Como era de esperar el precio fue alto: la primera puerta que abrí era el cuarto de Harold y seguía con compañía. Estupendo. Acababa de cantar bingo completo poniendo la guinda a una semana perfecta.
Me disculpé en francés, todavía influenciada por las poesías y el shock de lo que acababa de ver y cerré la puerta con delicadeza. No daba crédito. Lo que presencié en ese cuarto no sería capaz de reproducirlo con palabras, así que lo dejaré como una foto fija en mi memoria que confío se borre con el tiempo. Después, inexplicablemente, me puse a correr como una loca por los pasillos hasta el otro lado de la casa. Sin pensar abrí la puerta de un dormitorio y me metí en la primera cama que encontré. Con ropa. La misma con la que había dormido el día anterior, por cierto.
En cuanto fui capaz de recobrar el aliento me dio tal ataque de risa que casi me caigo de la cama rodando.
Esa noche dormí como un bebé. También soñé, aunque esta vez sólo fue una imagen. O un cuadro. Algo así como un cruce entre “El jardín de las delicias” del Bosco y “Perros jugando al póquer”. Sobra decir de qué humor me levanté. Raro, raro. Por suerte acababa de amanecer y en el otro lado de la mansión seguirían durmiendo. La palabra fuga estaba escrita en el aire. No me quería quedar en aquella casa ni un minuto más. Tampoco quería parecer una maleducada así que escribí una nota de agradecimiento y me inventé una excusa creíble. Algo así como que perdía el autobús. Sólo espero que no se supiese la frecuencia de los mismos porque me tocó esperar más de tres horas en la estación. No veía el momento de llegar a los brazos de mi novio para sentirme a salvo. Con lo que no contaba era con encontrar una casa desierta al llegar. Sólo había una nota diciendo que se había ido a un festival de música en el norte y que no volvería hasta el día siguiente. También comentó algo acerca de unos huevos en la nevera, pero yo ya no leía. Sí que tenía una idea de qué hacerle a unos huevos, todo sea dicho, pero estos no eran comestibles. Sabía perfectamente a qué festival de música se refería ya que estaba previsto que fuésemos juntos. Lo que no estaba previsto era mi “pequeño accidente” de Francia… ¡Tantos días esperando llegar, imaginándome cómo sería mi bienvenida, llena de besos y abrazos! Ese día por tercera vez dormí con la misma ropa. Se me estaba empezando a pegar como una segunda piel. Y lo peor es que me acercaba peligrosamente a lo que algunos denominarían una depresión. No me sentía en absoluto como en casa. Nada a mí alrededor me transmitía esa sensación. Sólo su olor en las sabanas. Y el olor no bastaba. No podía establecer los cimientos de una vida sobre un olor. Había recorrido media Europa de arriba a abajo y de abajo a arriba. Acababa de perder mis últimos bienes materiales y casi todos mis ahorros (que tampoco eran muchos). Había pasado un par de días de auténtica locura. Y todo para estar al lado de alguien que había preferido irse a unos conciertos de música antes que estar conmigo.
Una vez más sentí que me despertaba de un sueño. No una pesadilla, no. Más bien un sueño difuso y letárgico. Entonces una idea me vino a la cabeza con una claridad cristalina: en lo tocante al amor quien decidía por mí eran un conjunto de órganos unidos en un extraño hermanamiento para ejercer de dictadores en mi cerebro. En fin, que no existía la lógica y menos la inteligencia en mis decisiones sentimentales. Y yo podía estar enamorada hasta la médula pero ya se me había pasado la edad del pavo. Sin duda teníamos que aclarar algunos temas cuando él volviese a casa. ¡Por fin iba a reaccionar y hablar las cosas como la adulta que era!
Bueno, pues ironías de la vida, para una vez que reaccionaba no tuve la oportunidad de demostrarlo. Esa conversación nunca tuvo lugar. Dos días más tarde, cuando yo ya estaba al borde de un ataque de nervios, me llamó por teléfono para decirme que ya no estaba enamorado de mí. Que me quería, sí, pero al estar solo en el festival se había dado cuenta de que lo que le apetecía era ser libre. Hacer lo que quisiese, con quién quisiese. Y que ya se pasaría a recoger sus cosas.
Nunca escribí al libro Guinness de los récords para contarles como yo, Tara Munt, una común mortal, había logrado algo que desafiaba todos los postulados de la medicina. Y es que durante el espacio de varios minutos había conseguido parar los latidos de mi corazón.

1 Comentario
Feed de los comentarios de este artículo
23 Junio 2009 a 22:42
maxi
GENIAL, y diria que muy adictivo, ¡quiero más!
bravo!